Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026

De Gran Hermano al gran complot

Viernes 18 de setiembre de 2026. Lectura: 5'

Jean Wyllys, ganador de Big Brother Brasil antes de convertirse en diputado, vuelve a buscar una banca y ofrece una explicación bastante completa de por qué Lula podría perder: la derecha, los grandes medios, las big techs y hasta aquello que las encuestas no consiguen captar. En la lista, curiosamente, casi no aparecen los problemas que el propio gobierno lleva puestos.

Jean Wyllys sabe algo de ganar elecciones. En 2005 se convirtió en campeón de la quinta edición de Big Brother Brasil, llevándose el entonces extraordinario premio de un millón de reales después de obtener 55% de los votos. Años después trasladó su popularidad desde la casa más vigilada de Brasil a la Cámara de Diputados, donde fue elegido tres veces por Río de Janeiro. Ahora vuelve al ruedo, esta vez como candidato a diputado federal por San Pablo y por el Partido de los Trabajadores.

En una entrevista con Paren el mundo, de la diaria Radio, Wyllys trazó un panorama brasileño donde las amenazas parecen venir casi todas desde fuera del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva. Según el exdiputado, existe una alianza entre los grandes medios de comunicación y las big techs destinada a impedir la reelección del presidente. En otra entrevista concedida este año llegó a sostener que la llamada “prensa hereditaria” se había colocado del lado de Flávio Bolsonaro y que una modificación de los algoritmos de las redes sociales podría terminar produciendo una elección “fraudada”.

Es una explicación cómoda, aunque incompleta.

Porque resulta difícil atribuir exclusivamente a conspiraciones mediáticas el hecho de que una elección que hace algunos meses parecía bastante más confortable para Lula se haya estrechado. Las encuestas, lejos de coincidir entre sí para fabricar un relato único, muestran diferencias apreciables: CNT/MDA colocó esta semana a Lula diez puntos por encima de Flávio Bolsonaro en primera vuelta y 47,3% a 40% en una eventual segunda; Quaest, en cambio, registró 42% para Bolsonaro y 40% para Lula en el balotaje; y BTG/Nexus dio 47% a Lula y 46% a Bolsonaro. En todos estos últimos escenarios de segunda vuelta, las diferencias son pequeñas o directamente están dentro del margen de error.

Es decir: más que una gigantesca máquina de encuestadores empeñados en favorecer a la derecha, lo que aparece es un electorado brasileño profundamente dividido y mediciones que, según metodología y momento, producen fotografías diferentes.

Wyllys también afirmó a la diaria que Lula está poniendo “un freno a la política neocolonialista de Donald Trump en América Latina”. La frase suena contundente. Los acontecimientos, algo menos.

El 3 de enero, fuerzas estadounidenses atacaron Venezuela y capturaron a Nicolás Maduro y a Cilia Flores, trasladándolos a Estados Unidos. Lula condenó la operación, afirmó que Washington había atravesado “una línea inaceptable” y denunció una violación de la soberanía venezolana. Pero la condena brasileña no impidió la operación ni revirtió sus consecuencias: Maduro continúa fuera del poder y bajo jurisdicción estadounidense, mientras Washington mantiene una influencia decisiva sobre la transición venezolana encabezada por Delcy Rodríguez.

De modo que, si Lula está frenando a Trump, el freno no parece haber funcionado demasiado bien en Caracas.

Pero hay además factores bastante más domésticos que ayudan a comprender por qué la disputa electoral brasileña se ha vuelto tan competitiva.

El Supremo Tribunal Federal atraviesa una crisis institucional sin precedentes, con sus propios ministros enfrentados y con Alexandre de Moraes en el centro de una controversia sobre su relación con Daniel Vorcaro, exdueño del Banco Master. El STF acaba de postergar una decisión sobre la eventual apertura de una investigación, mientras Moraes rechaza cualquier irregularidad y sostiene que existe una motivación político-electoral detrás de las acusaciones. Sea cual sea el desenlace judicial, el episodio ya forma parte del debate público brasileño en plena campaña.

Algo parecido ocurre mucho más cerca de Lula. Su hijo mayor, Fábio Luís Lula da Silva —“Lulinha”— es objeto de investigaciones por presunto tráfico de influencias vinculadas, entre otros asuntos, a negocios relacionados con Dataprev y el Ministerio de Salud. Lula sostiene que hasta ahora existen solamente “ilaciones”, declara estar convencido de la inocencia de su hijo y afirma que deberá responder ante la Justicia si se comprobara algún delito. Pero, nuevamente, una campaña electoral no transcurre en un tribunal: las controversias tienen existencia política bastante antes de que exista una sentencia.

Y después está esa prosaica costumbre de los ciudadanos de mirar también el bolsillo.

Wyllys describió recientemente un Brasil económicamente estable, con crecimiento y buenos índices de empleo. La fotografía contiene datos ciertos, pero necesita algunos retoques. El PIB todavía crece y se encuentra en niveles históricamente altos, pero el avance se desaceleró de 1,1% en el primer trimestre a 0,5% en el segundo. El consumo de los hogares cayó 0,4%; industria y servicios perdieron dinamismo; la tasa Selic permanece en niveles muy elevados y el propio Ministerio de Hacienda reconoció un sesgo a la baja en su previsión de crecimiento para 2026. Este miércoles, además, el índice de actividad del Banco Central mostró una caída mensual de 0,2% en julio, mayor que la esperada por los economistas.

No significa que Brasil esté atravesando una catástrofe económica. Tampoco que los problemas de Lula expliquen por sí solos el crecimiento de Flávio Bolsonaro. Significa algo bastante menos espectacular: hay razones políticas, institucionales y económicas internas por las que una parte sustancial del electorado puede estar descontenta con el gobierno.

Jean Wyllys pasó alguna vez casi tres meses encerrado en una casa donde para sobrevivir había que identificar alianzas, adversarios y conspiraciones. Veintiún años después, el mecanismo de interpretación parece conservar algo de aquella familiaridad: por un lado están Lula y sus logros; por el otro, los grandes medios, los algoritmos, las big techs, la derecha y las fuerzas que conspiran para impedir su victoria.

El problema es que Brasil no es la casa de Gran Hermano.

Y afuera de la casa también votan los que miran el STF, leen las noticias sobre “Lulinha”, pagan intereses de dos dígitos y recuerdan que el supuesto freno latinoamericano a Donald Trump no evitó que Nicolás Maduro terminara esposado en Estados Unidos.



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