DOS SIGLOS
Viernes 14 de agosto de 2026. Lectura: 6'
Por Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti recorre dos siglos de historia para rastrear los orígenes del Partido Colorado y reafirmar la continuidad de una identidad liberal, republicana y reformista nacida con Fructuoso Rivera.
Estamos transitando la celebración de los dos siglos del proceso de la independencia nacional y en paralelo aparecen, como es natural, los albores de la batalla de Carpintería (19 de septiembre de 1836) como un hito fundacional, por registrarse en esa ocasión, por vez primera, las divisas. Los blancos ya la tenían por decreto de Oribe, que había hecho obligatorio el uso de la divisa “Defensor de las Leyes”, como acto de autoridad oficial. Los colorados no, al punto que allí aparecen improvisadas divisas hechas de restos colorados de ponchos y chiripás. No obstante, había ya una larga identidad colorada, asentada en el liderazgo popular y liberal de Fructuoso Rivera. Si se llegaba a ese enfrentamiento era, justamente, por la existencia preexistente de esas dos colectividades orientales que competían por el poder, definiendo de modo embrionario lo que serían sus caracteres constitutivos.
Rivera, como Lavalleja, el santafecino Estanislao López o el entrerriano Francisco Ramírez, tenían clara la idea artiguista de la confederación. Por eso entre 1811 y 1815 llegan a configurar una Liga basada en la “soberanía particular de los pueblos”. En la batalla de Guayabos, en enero de 1815, la victoria de Rivera sobre Dorrego consolida el proyecto artiguista, frente a un Directorio porteño que intentaba imponer su hegemonía. Ante el impulso artiguista, en 1816 aparece la invasión portuguesa, promovida por Buenos Aires. Ya muchos sectores ganaderos y comerciantes comenzaban a reclamar paz y orden, fatigados por el expolio de la guerra. Cae Rivera en India Muerta, Latorre en Catalán. El 20 de enero de 1817, entra Lecor a Montevideo. La lucha seguirá sacrificadamente en la campaña. En ese contexto, los Oribe y Bauzá chocan con Artigas, desconociendo su autoridad. Él le ha dado el mayor mando militar del ejército del Sur a Rivera, que coincide con el jefe en su visión confederativa. Los disidentes pactan con Lecor para pasar a Buenos Aires y lo hacen con su regimiento, debilitando así la fuerza militar oriental. Por supuesto, podemos ver ya diferencias personales, pero sobre todo de concepción sobre el modo de organizar el país y la región, con los Oribe siempre cercanos a Buenos Aires. Los bandos ya se definen.
Vienen entonces tres años tremendos. Se suceden las derrotas y la prisión en Río de Janeiro de Lavalleja, Bernabé Rivera y Otorgués. Se alejan los aliados provincianos, encabezados por Pancho Ramírez. Solo quedaba Rivera, con un poder “quimérico”, como dice Lecor. En marzo de 1820, después de la derrota de Tacuarembó, Artigas se aleja hacia el Paraguay y Rivera pacta. La resistencia ya es inútil. Promete paz al invasor, a cambio de preservar su fuerza armada, defender a los poseedores de la tierra y liberar a los jefes presos. Liberado, vuelve Lavalleja de segundo de Rivera en los Dragones. Se trata de “sacar partido de nuestra misma esclavitud para, en tiempo oportuno, darle al país la libertad perdida”. Esta ética de la responsabilidad, en el sentido weberiano del concepto, pasará a ser un elemento definitorio de la identidad colorada.
La dominación portuguesa se sacude cuando el 7 de setiembre de 1822 Brasil se declara independiente. En Montevideo, la guarnición a cargo del coronel Álvaro da Costa se declara fiel al rey Juan VI. Lecor, al nuevo emperador de Brasil, con apoyo de Rivera y Lavalleja. Oribe, que había retornado, se suma al bando portugués y choca con Rivera en Casavalle en marzo de 1823, curioso enfrentamiento entre orientales por cuenta de las causas lusitanas. En medio de estos episodios, el Cabildo promueve un intento de rebelión; Lavalleja se suma, pero el intento fracasa por falta de adhesión. Distinto será en 1825, cuando Lavalleja se lance a su Cruzada Libertadora y, una vez que se ganó el apoyo de Rivera, vinieron las victorias de Rincón y Sarandí, preludio de la Declaratoria de independencia del 25 de agosto. Recién entonces el Directorio acepta la incorporación a las Provincias Unidas, formándose el Ejército Nacional, cuando el Imperio declaró la guerra. De nuevo, don Frutos está en rebeldía, porque no acepta que sus Dragones queden subsumidos en el mando porteño. O sea, Rivera sigue en la misma línea artiguista: autonomía provincial, fuerza propia, unión condicionada a las Provincias Unidas. Es lo que Padrón Favre ha llamado “el artiguismo posible”.
Por eso Rivera no está en Ituzaingó y no puede entender que después de una victoria en el campo de batalla hayamos quedado inmovilizados. Nace allí su fulgurante campaña de las Misiones, que lleva la guerra al interior del Imperio y termina arrastrándolo al reconocimiento de nuestra independencia como prenda de paz. Así, en 1830, conforme a la nueva Constitución, llegará a la presidencia, sostenido por su incuestionable popularidad. Apoya a Oribe para sucederle, mientras él permanece como Comandante de la Campaña, nombrado por el anterior gobierno con la firma de Anaya y el propio Oribe. Al año, este suprime el cargo, luego lo reimplanta y nombra a su hermano Ignacio. Rivera, en la lógica de la época, se subleva frente a lo que ve como una traición personal. Finalmente, derrotado Rivera, renuncia Oribe y al término de su mandato es nuevamente nombrado Fructuoso Rivera para la tercera presidencia de la República.
Oribe una vez más marcha a Buenos Aires. Allí es manipulado por Rosas para desatar lo que se llamará Guerra Grande, entre 1839 y 1853, con nueve años de sitio a Montevideo, que son definitorios de las identidades ideológicas. De un lado estaban los liberales montevideanos y porteños, la intelectualidad, los unitarios argentinos y —entre otros— José Garibaldi, el emblema universal del republicanismo, en lucha contra la tiranía feudal de Rosas. Los sitiadores de Montevideo, bajo la égida de Rosas, se considerarán “americanistas” por su enfrentamiento a las potencias europeas, que cuando actuaron —siempre en nombre de su interés— lo hicieron contra el cepo de la Aduana de Buenos Aires. Como dice Eduardo Acevedo: “la Defensa de Montevideo salvó la civilización del Río de la Plata contra la barbarie militar de Rosas”. Más rotundo, Luis Alberto de Herrera: “Fue un gran error del presidente Oribe asociarse a la situación sombría presidida por Rosas y comprometer sus positivas glorias, convirtiéndose en instrumento de aquel tirano”. José Pedro Varela, el gran reformador: “mi cuna es el partido liberal que en los muros de Montevideo salvó el porvenir y la libertad”.
Este partido liberal, abierto, universalista, es el que recibirá el impulso reformista del batllismo. Su espíritu de justicia social, emancipación femenina, racionalismo, legislación humanista, solo podría tener acogida en ese Partido de Rivera, Garibaldi y Joaquín Suárez. Bajo el impulso de Batlle, entre 1903 y 1929 se construirá el Estado moderno y democrático que hasta hoy nos rige y acoge.
Desde 1817 hasta hoy, el Partido de Rivera se define por esos principios. Su obra habla por él.
|
|
 |
La propaganda terrorista no tiene lugar en la Universidad de la República
|
DOS SIGLOS Julio María Sanguinetti
|
La Semana
|
El Tratado del Río de la Plata y sus desafíos
|
Oddone tiene razón, pero falta una pieza decisiva
|
Un ómnibus secuestrado durante 40 minutos y una Policía que nunca llegó
|
Puerto de Montevideo entre los peores
|
Lo del puerto no da para más
|
CPA Ferrere pone en duda las proyecciones económicas del gobierno
|
Cipriani posterga el San Rafael: un duro golpe para Punta del Este
|
La viga en el ojo propio
|
Hay que hacerse cargo y victimizarse menos
|
Los partidos históricos Luis Hierro López
|
Jason Arday y el precio de convertir una causa en prestigio Santiago Torres
|
Movilidad sostenible 2.0: mucho más que cambiar el motor Fitzgerald Cantero Piali
|
De Chicotazo a Mujica: la tentación de venerar un personaje Juan Carlos Nogueira
|
Libertad para ser libres Eduardo Irigoyen
|
Volver no alcanza Angelina Rios
|
Sin sueldo no hay casa Alicia Quagliata
|
Ante una eventual ola migratoria Susana Toricez
|
Facundo Moyano: un apellido, una caja y el poder sindical
|
De la Espriella y una fortuna que exige explicaciones
|
Un nuevo eje de poder: Arabia Saudita, Turquía y Pakistán
|
Abdul El-Sayed, la nueva izquierda que desafía a los demócratas
|
Frases Célebres 1093
|
Así si, Así no
|
ENTRE DICHOS
|
|