Cuba y Orsi: la voz de la “barra” en la ONU
Edición Nº 1099 - Viernes 25 de setiembre de 2026. Lectura: 4'
Yamandú Orsi denunció ante las Naciones Unidas el bloqueo económico estadounidense, pero omitió reclamar libertad para los cubanos sometidos desde hace más de seis décadas a una dictadura estalinista. La coincidencia entre su discurso y la “preocupación número uno” del Frente Amplio revela una subordinación de la política exterior del país a las demandas emocionales e ideológicas de su sector más militante.
En su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente Yamandú Orsi sostuvo que la comunidad internacional no podía permanecer indiferente ante “la represión que surge de la tiranía” ni ante el “férreo bloqueo económico como el que sufre el pueblo cubano”. La tiranía quedó sin nombre. Cuba, en cambio, fue mencionada expresamente únicamente como víctima de Estados Unidos.
No se trata de negar que las sanciones estadounidenses agravan las privaciones de la población cubana. Se trata de advertir la deliberada unilateralidad de la formulación presidencial. Orsi podía cuestionar esas sanciones y, al mismo tiempo, exigir elecciones libres, pluralismo político, libertad de expresión y la liberación de los presos de conciencia. No hizo lo segundo.
La alusión genérica a “la represión que surge de la tiranía” no corrige la omisión. Si el presidente pretendía referirse al régimen cubano, bastaba con decirlo. Por el contrario, la construcción elegida separó ambas cosas: la tiranía apareció como una abstracción, mientras que el sufrimiento de los cubanos fue atribuido concretamente al bloqueo.
La realidad que Orsi evitó mencionar no admite eufemismos. La propia Constitución cubana declara al Partido Comunista —único, marxista y leninista— “fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”. No existe alternancia, competencia electoral ni prensa libre. El gobierno reprime la disidencia, controla los medios de comunicación y mantiene encarcelados a cientos de opositores y participantes en las protestas de julio de 2021.
Ese sistema no fue impuesto hace unos meses como consecuencia de una medida de Donald Trump. Lleva más de seis décadas negándoles a los cubanos el derecho a elegir gobernantes, organizar partidos, publicar medios independientes y protestar sin arriesgar la cárcel. Las sanciones pueden empeorar una crisis, pero no crearon el partido único, la censura, los tribunales subordinados al poder ni las prisiones políticas. Human Rights Watch señala, además, que el régimen utiliza el embargo estadounidense como pretexto para justificar sus abusos.
Las críticas de la oposición fueron, por eso, enteramente pertinentes. El diputado nacionalista Pablo Abdala afirmó que Orsi terminó siendo “más vocero del régimen de Cuba que de su propio gobierno” y recordó que no dijo una palabra concreta sobre la represión. Juan Martín Rodríguez señaló, por su parte, que el sufrimiento cubano no puede separarse de décadas de opresión dictatorial.
La omisión es todavía más grave porque Orsi había sido advertido. Antes del viaje, Álvaro Delgado le pidió expresamente que reclamara ante la ONU una reapertura democrática en Cuba. No le solicitó que respaldara una intervención militar ni que adhiriera a cada decisión de Washington, sino que defendiera algo mucho más elemental y acorde con la tradición democrática uruguaya: que los cubanos puedan elegir libremente su gobierno.
El presidente prefirió ignorar ese planteo y atender otro. Fernando Pereira había declarado, luego de reunirse con Orsi, que la situación provocada por el bloqueo era “la preocupación número uno del Frente Amplio” en materia internacional. Su formulación resulta asombrosa: por encima de las guerras, el terrorismo, las dictaduras, los desplazamientos forzados y las crisis humanitarias que sacuden al mundo, la principal preocupación geopolítica de la fuerza gobernante era la defensa de Cuba frente a Estados Unidos.
A la luz de ese antecedente, el pasaje del discurso presidencial adquiere su verdadero sentido. Orsi habló menos como jefe de Estado que como representante de la “barra” frenteamplista, esa militancia que conserva hacia el régimen cubano una adhesión sentimental impermeable a seis décadas de fracaso, represión y exilio.
La política exterior de Uruguay no puede organizarse para obtener aplausos en los comités de base. El presidente representa al país entero y debe actuar de acuerdo con sus intereses permanentes. Eso exige independencia, pero también prudencia. Uruguay no tiene por qué acompañar todas las decisiones de la administración Trump, pero tampoco debe colocarse gratuitamente en rumbo de colisión con ella para satisfacer un capricho emocional e ideológico de la “barra”.
Trump había afirmado dos días antes, desde la misma tribuna, que el comunismo cubano caería y que la libertad llegaría a la isla. Orsi no estaba obligado a compartir su tono, sus métodos ni su estrategia. Sí estaba obligado, como presidente de una democracia, a dejar claro que la libertad de los cubanos también importa.
Podía condenar las sanciones y la dictadura. Podía reclamar ayuda humanitaria y libertad política. Podía diferenciar la defensa del pueblo cubano de la defensa de quienes lo gobiernan sin haberle permitido elegir durante más de sesenta años. Eligió no hacerlo.
Para decir únicamente que Cuba sufre por culpa del bloqueo, sin dedicar una sola palabra inequívoca a los cubanos sometidos por la dictadura, mejor habría sido no decir nada.
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