Cuba: la calle vuelve a hablar
Viernes 13 de marzo de 2026. Lectura: 6'
Cuba vuelve a estremecerse. En medio de apagones interminables, escasez de alimentos, hospitales sin insumos y una economía al borde del colapso, miles de ciudadanos han salido nuevamente a las calles para gritar «libertad» y exigir el fin de la dictadura. Las protestas que se extienden por distintas ciudades de la isla son la expresión de un hartazgo acumulado tras décadas de promesas incumplidas, frente a un régimen que, incapaz de ofrecer soluciones, responde como siempre: con represión, censura y propaganda.
Cuba atraviesa una de las crisis más profundas de su historia reciente. En los últimos días, diversas ciudades de la isla han vuelto a ser escenario de protestas populares contra la dictadura comunista. Los gritos de “libertad”, “abajo el comunismo” y “corriente y comida” se han escuchado en barrios de La Habana y otras localidades, en medio de un deterioro económico, energético y sanitario que ya resulta insoportable para millones de cubanos.
Las manifestaciones no son un fenómeno aislado. Son la consecuencia de un colapso estructural que afecta todos los aspectos de la vida cotidiana. La inflación, la escasez de alimentos, el deterioro del transporte, la falta de medicamentos y los interminables apagones han generado un clima de desesperación social. La economía cubana vive una crisis comparable a la del llamado “Período Especial” de los años noventa, pero sin el margen político ni económico que el régimen tenía entonces.
Un país que se apaga
La crisis energética ha sido el detonante inmediato de las nuevas protestas. En amplias zonas del país los apagones superan las diez horas diarias. El sistema eléctrico cubano depende de infraestructuras envejecidas y centrales termoeléctricas deterioradas, agravadas por la escasez de combustible y el pésimo mantenimiento.
Las consecuencias son devastadoras. Los cortes de electricidad paralizan la actividad económica, impiden conservar alimentos y afectan gravemente hospitales y centros de salud. La falta de combustible ha interrumpido el transporte, la recolección de basura y la distribución de alimentos, agravando aún más la crisis humanitaria.
En ese contexto, el malestar social se ha convertido en indignación abierta. Videos difundidos en redes sociales muestran cacerolazos y protestas en distintos barrios donde ciudadanos gritan consignas contra el régimen. El patrón se repite: manifestaciones espontáneas, surgidas en barrios populares donde el deterioro material ya no permite sostener el silencio.
La respuesta del régimen: represión y propaganda
Frente a esta realidad, la respuesta del régimen cubano ha sido la habitual: represión policial, detenciones y propaganda política. Las autoridades han advertido que las protestas no serán toleradas y que los manifestantes serán procesados “rigurosamente” bajo la legislación revolucionaria.
Al mismo tiempo, el aparato mediático estatal intenta presentar las manifestaciones como operaciones de “contrarrevolucionarios” o conspiraciones externas. Esta narrativa no es nueva: ya fue utilizada durante las protestas masivas de 2021, cuando el régimen atribuyó las movilizaciones al embargo estadounidense y a supuestos agitadores financiados desde el exterior.
Sin embargo, esa explicación resulta cada vez más difícil de sostener frente a una población que vive diariamente la escasez, los apagones y la inflación.
El escándalo de la ayuda humanitaria
A la crisis interna se ha sumado en los últimos días un escándalo que ha provocado indignación internacional. Un reportaje del canal mexicano TV Azteca denunció que parte de la ayuda humanitaria enviada por México a Cuba estaría siendo vendida en tiendas estatales que operan en dólares o en moneda convertible.
Según la investigación periodística, alimentos destinados a aliviar la crisis —como frijoles y otros productos básicos— terminarían comercializándose en establecimientos controlados por el Estado, muchos de ellos vinculados al conglomerado militar que domina buena parte de la economía cubana.
De acuerdo con el reportaje, lo que salió de México como ayuda humanitaria “terminó convertido en mercancía en tiendas que venden exclusivamente en dólares”, lejos de la distribución gratuita prometida a la población.
Las acusaciones han generado un fuerte debate internacional. Algunos legisladores y analistas han señalado que este tipo de prácticas no sería nuevo y que, durante años, parte de la ayuda internacional enviada a la isla habría terminado en circuitos controlados por el propio régimen.
Las negaciones del régimen
Las autoridades cubanas han reaccionado con rapidez negando las acusaciones. El embajador de Cuba en México afirmó que los productos que aparecen en tiendas no provienen de donaciones, sino de importaciones comerciales realizadas por el Estado.
El diplomático incluso acusó a TV Azteca de difundir “desinformación” y sostuvo que la ayuda sí está destinada al pueblo cubano.
Sin embargo, las explicaciones oficiales han dejado más dudas que certezas. El propio canal mexicano respondió que su investigación fue realizada sobre el terreno y documentada con imágenes que muestran productos donados siendo comercializados en tiendas en divisas.
En un país donde el Estado controla prácticamente todo el comercio mayorista y minorista, resulta difícil imaginar que mercancías circulen en grandes cantidades sin conocimiento de las autoridades. Esa realidad alimenta el escepticismo frente a los desmentidos oficiales.
Un modelo agotado
Más allá de este episodio puntual, la polémica revela algo más profundo: la crisis del modelo económico cubano. Durante décadas, la economía centralizada, la falta de libertades económicas y el control estatal absoluto han generado un sistema incapaz de producir riqueza suficiente para sostener a su población.
El país depende cada vez más de subsidios externos, remesas y ayuda internacional. Pero incluso esos recursos parecen diluirse dentro de un aparato estatal dominado por empresas militares y estructuras burocráticas opacas.
Mientras tanto, la emigración masiva continúa vaciando el país. En los últimos años cientos de miles de cubanos han abandonado la isla buscando oportunidades que su propio país les niega.
Un régimen sin respuestas
Las protestas recientes confirman que el descontento social en Cuba es profundo y transversal. Ya no se trata solo de opositores políticos. Son ciudadanos comunes, agotados por la escasez y el deterioro de las condiciones de vida.
El problema para la dictadura es que el deterioro material ya no puede ocultarse. Cuando faltan alimentos, electricidad y medicamentos, la propaganda pierde eficacia.
Y cuando incluso la ayuda humanitaria se convierte en objeto de sospecha, el discurso oficial se vuelve aún más difícil de sostener.
Cuba vive hoy bajo una combinación explosiva: crisis económica, apagones generalizados, colapso sanitario y una población cada vez más desesperada. Frente a ese panorama, el régimen parece tener una sola respuesta: más control, más represión y más propaganda.
Pero la historia demuestra que cuando un país entero vive en la oscuridad —literal y políticamente— la calle termina convirtiéndose en el último lugar donde aún puede escucharse la palabra prohibida: libertad.
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