Cuando la violencia deja de sorprender
Viernes 22 de mayo de 2026. Lectura: 3'
Por Angelina Rios
Homicidios, rapiñas violentas, ataques y cuerpos baleados ocupan diariamente las pantallas y conversaciones de los uruguayos. El desafío ya no es solo combatir la inseguridad, sino evitar que la violencia termine siendo aceptada como parte normal de la vida cotidiana.
Abrimos un portal de noticias y en una misma pantalla aparecen homicidios, robos violentos, personas baleadas, ataques y cuerpos semicalcinados. Todo junto. Uno al lado del otro. Como si cada hecho tuviera apenas unos segundos para impactarnos antes de ser reemplazado por el siguiente.
La escena ya casi no sorprende. Y tal vez ahí esté el problema más profundo.
Nuestro país atraviesa un proceso silencioso, pero peligroso, que es la naturalización de la violencia cotidiana. No se trata solamente de las cifras, de los operativos o de las discusiones políticas sobre seguridad. Se trata también de algo más difícil de medir, que es el acostumbramiento social.
Cada día nos levantamos con noticias de asesinatos, ajustes de cuentas, rapiñas violentas o personas heridas a balazos. Lo vemos en televisión, en redes sociales, en los portales de noticias y hasta en conversaciones cotidianas. Y seguimos adelante. Como si el horror empezara lentamente a formar parte del paisaje.
El riesgo de una sociedad no aparece únicamente cuando aumenta la violencia. También aparece cuando deja de conmoverse frente a ella.
Porque detrás de cada titular hay personas. Hay familias destruidas, barrios atrapados por el miedo, niños creciendo entre relatos de narcotráfico y muertes violentas, comerciantes que viven detrás de rejas y ciudadanos que modifican hábitos, horarios y rutinas por temor.
Y mientras tanto, la violencia empieza a ocupar todos los espacios. Ya no distingue barrios, edades ni horarios. Se instala en la vida diaria y genera una sensación colectiva de desgaste emocional. Como si la sociedad estuviera permanentemente expuesta a un clima de tensión del que nunca logra salir completamente.
A eso se suma otro fenómeno igual de preocupante: la velocidad con la que consumimos estas noticias. Un homicidio desplaza al otro. Una tragedia tapa la anterior. No hay tiempo para procesar, reflexionar ni dimensionar lo que está ocurriendo. Apenas alcanzamos a indignarnos antes de pasar al siguiente caso.
La inseguridad, entonces, deja de ser solamente un problema policial. Se transforma en un fenómeno social, cultural y hasta emocional. Porque modifica la forma en que convivimos, cómo miramos al otro y cómo percibimos nuestro entorno.
Los ciudadanos de este país necesitamos discutir el tema “seguridad” con firmeza, pero también con profundidad. Hablar de prevención, de educación, de salud mental, de adicciones, de fractura social y de recuperación de la convivencia. Porque ninguna sociedad puede sostenerse sanamente cuando vivir con miedo empieza a considerarse normal.
A su vez, en paralelo, el gobierno intenta avanzar en nuevas estrategias de intervención territorial y convivencia en barrios especialmente golpeados por la violencia y el narcotráfico. La seguridad no se construye únicamente desde la reacción policial. También depende de programas como Más Barrio, que apuntan justamente a recuperar presencia comunitaria allí donde muchas veces el miedo, el abandono y la fragmentación social terminaron ganando espacio.
Sin embargo, mientras esos procesos comienzan a desarrollarse, la sensación cotidiana de inseguridad sigue ocupando el centro de la vida de miles de uruguayos.
Y aquí nos cuestionamos que tal vez el mayor riesgo no sea únicamente el crecimiento de la violencia, sino acostumbrarnos a ella. Porque cuando una sociedad deja de conmoverse, lentamente comienza a resignarse. Y una sociedad resignada siempre queda más indefensa que una sociedad alarmada.
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