Cuando la realidad desmiente al relato
Viernes 31 de julio de 2026. Lectura: 4'
Por Santiago Torres
La sucesión de hechos ocurridos en los últimos días en distintas ciudades de Occidente difícilmente pueda despacharse como una mera coincidencia. En apenas cuatro jornadas, tres episodios de extrema violencia volvieron a colocar sobre la mesa una realidad incómoda: el terrorismo y la violencia inspirados por el islamismo radical siguen representando un desafío serio para las democracias occidentales, pese a los reiterados intentos de minimizar o relativizar el problema.
La secuencia resulta elocuente:
- Viernes 24: un hombre musulmán apuñala a dos personas en Nueva York mientras grita “Allahu Akbar”.
- Sábado 25: un hombre musulmán embiste con un automóvil el desfile del Orgullo en Berlín.
- Lunes 27: un hombre musulmán apuñala a tres mujeres en París, entre ellas una embarazada, y al ser detenido expresó: “Alá me lo ordenó”.
Cada uno de estos hechos posee características propias y debe ser investigado individualmente. Pero, observados en conjunto, se insertan en un fenómeno mucho más amplio que Europa viene padeciendo desde hace más de una década: la persistencia de atentados y ataques cometidos por individuos y/o grupos radicalizados en nombre de una interpretación extremista del islam.
El caso de Berlín resulta especialmente revelador. Según trascendió, el atacante ya era conocido por las autoridades por sus antecedentes vinculados al extremismo islamista. La pregunta que comenzó a dominar el debate político alemán fue inevitable: ¿por qué no se actuó antes? ¿Cómo es posible que una persona considerada potencialmente peligrosa pudiera concretar un ataque de semejante magnitud?
Pero tan preocupante como los propios atentados es la reacción que generan en determinados sectores políticos y culturales. Durante años, una parte del progresismo occidental ha preferido abordar el fenómeno con una cautela extrema, cuando no con un incómodo silencio. El temor a ser acusado de fomentar la xenofobia o la islamofobia ha llevado a evitar una discusión franca sobre el crecimiento del islamismo radical en el llamado “Primer Mundo”.
El resultado ha sido un extraño mecanismo de negación. En lugar de afrontar el problema, se procura cambiar el eje del debate, contextualizar hasta el infinito o desplazar inmediatamente la atención hacia otras formas de extremismo, como si reconocer una amenaza implicara necesariamente minimizar las demás.
En ese contexto adquirió enorme repercusión un video difundido en redes sociales, en el que una activista lamenta que el autor del ataque de Berlín no hubiera sido un hombre blanco y cristiano. Es la expresión caricaturesca de una lógica preocupante: la tentación de acomodar la realidad a un relato ideológico, en lugar de revisar el relato a la luz de la realidad.
Los partidos tradicionales tampoco parecen haber encontrado una respuesta adecuada. Atrapados entre el temor a alimentar a la extrema derecha y el miedo a ser acusados de discriminación, muchas veces terminan transmitiendo una imagen de vacilación e impotencia. Esa actitud no tranquiliza a la ciudadanía; por el contrario, alimenta la sensación de que existe un problema sobre el cual nadie quiere hablar con claridad.
Y es precisamente allí donde aparecen los movimientos nacionalistas y antiinmigración. Su crecimiento electoral no puede explicarse únicamente por sus discursos o por eventuales campañas de desinformación. También encuentra combustible en los errores de quienes se niegan a reconocer problemas evidentes. Cuando una parte importante de la población percibe que las élites políticas y culturales minimizan amenazas que afectan su seguridad cotidiana, termina buscando respuestas en quienes prometen enfrentarlas sin matices.
Europa y buena parte del mundo occidental atraviesan una crisis política que trasciende la inmigración o la seguridad. Es, sobre todo, una crisis de credibilidad. Cuando el discurso oficial parece entrar en conflicto con hechos que la ciudadanía observa una y otra vez, ese discurso pierde legitimidad. Y cuando quienes gobiernan parecen más preocupados por preservar determinados marcos ideológicos que por enfrentar los problemas reales, dejan un espacio que inevitablemente será ocupado por opciones más radicales.
La paradoja es evidente. Quienes pretenden frenar el avance de la extrema derecha evitando hablar del islamismo radical terminan fortaleciéndola porque logran convencer a una parte creciente de la sociedad de que son los únicos dispuestos a nombrar un problema cuya existencia resulta cada vez más difícil de negar.
Las democracias liberales no deberían verse obligadas a elegir entre negar una amenaza o estigmatizar a comunidades enteras. Su fortaleza consiste, precisamente, en poder hacer ambas cosas al mismo tiempo: combatir con firmeza el extremismo islamista y defender, sin vacilaciones, los derechos de quienes profesan, pacíficamente y sin imponerse por la fuerza, cualquier opción religiosa.
Ignorar la realidad nunca ha sido una estrategia eficaz. Mucho menos cuando esa realidad, una y otra vez, termina irrumpiendo con la violencia de los hechos.
|
|
 |
La escalada que nadie necesita
|
¿Nos olvidamos del electorado fatigado? Julio María Sanguinetti
|
El general Paz volvió a escena en una velada dedicada a la historia rioplatense
|
La historia de los caminos del Uruguay llega al centro del debate
|
La desaceleración exige respuestas
|
Un mercado laboral que dejó de avanzar
|
FNC y el límite de un modelo
|
La omisión del MGAP que cerró Europa a los caballos uruguayos
|
Los fiscales Luis Hierro López
|
Briozzo y la revolución de los epítetos Santiago Torres
|
Chicotazo y la Liga Federal de Acción Ruralista, movimiento político antibatllista Tomás Laguna
|
El Balance Estratégico de Talento: una nueva forma de mirar el desarrollo Fitzgerald Cantero Piali
|
Mi amigo Chicotazo Eduardo Irigoyen
|
Más de 50 disparos Angelina Rios
|
Barreras invisibles: cuando la regulación de la movilidad frena la inclusión Marcela Pérez Pascual
|
La inercia del ministro Negro Juan Carlos Nogueira
|
Antes del permiso Alicia Quagliata
|
Mercosur-UE: la clave está en las cuotas Alvaro Valverde Urrutia
|
La palabra libre Susana Toricez
|
Avigdor Liberman: “El problema en Israel es la utilización política de la religión, no seremos un estado teocrático como Irán o Arabia Saudita” Eduardo Zalovich
|
Ceuta: una crisis migratoria con demasiadas preguntas y pocas respuestas
|
La intervención de Estados Unidos para apuntalar el yen: por qué ocurrió, quién ganó, quién perdió y si puede repetirse
|
El proyecto de Milei que suma el respaldo de Cavallo
|
Frases Célebres 1092
|
Así si, Así no
|
ENTRE DICHOS
|
|