Edición Nº 1096 - Viernes 4 de setiembre de 2026

Cuando la guerra empieza a pesar en casa

Viernes 4 de setiembre de 2026. Lectura: 10'

Después de más de cuatro años de invasión a Ucrania, Rusia empieza a mostrar signos visibles de fatiga social, dificultades económicas e inquietud dentro de sectores de su propia élite. Nada indica todavía una rebelión contra Vladimir Putin. Pero allí aparece una paradoja inquietante: cuanto más vulnerable pueda sentirse el presidente ruso, mayores pueden ser sus incentivos para escalar antes que aceptar un desenlace que parezca una derrota y termine poniendo en cuestión su propio poder.

La guerra contra Ucrania está dejando de ser para muchos rusos aquel conflicto lejano que durante sus primeros años podía seguirse por televisión sin alterar demasiado la vida cotidiana. Los muertos se acumulan, la economía pierde dinamismo, los ataques ucranianos llegan cada vez más profundamente al territorio ruso y las consecuencias del conflicto empiezan a sentirse en cuestiones tan concretas como el precio de los alimentos, el crédito, los aeropuertos o el abastecimiento de combustible.

Pero sería equivocado concluir que Rusia está al borde de una revuelta contra la guerra o contra Vladimir Putin.

Los datos disponibles muestran algo bastante más complejo: crece el deseo de que la guerra termine, pero sin que Rusia aparezca derrotada.

El Centro Levada, una de las pocas organizaciones independientes que todavía realizan encuestas dentro de Rusia, constató en julio que el 62% de los consultados consideraba que había llegado el momento de pasar a negociaciones de paz, frente a sólo un 28% que quería continuar las operaciones militares. Entre los menores de 25 años, los partidarios de negociar llegaban al 76%.

Sin embargo, la misma encuesta comprobaba que el 66% seguía apoyando las acciones de las Fuerzas Armadas rusas en Ucrania y sólo una cuarta parte estaba dispuesta a realizar concesiones a Kiev y Occidente para alcanzar la paz. Más de la mitad, incluso, apoyaba intensificar los ataques.

La contradicción es sólo aparente.

Lo que esos números describen no es una sociedad que se haya vuelto pacifista, sino una sociedad cansada. Quiere que la guerra termine, pero una parte importante de ella pretende que termine en condiciones que puedan presentarse como favorables a Rusia.

Y allí comienza el problema de Putin.

Después de años de presentar la invasión no sólo como una disputa territorial con Ucrania, sino como una confrontación histórica con Occidente y una lucha por la supervivencia de Rusia, cualquier acuerdo debe poder ser vendido internamente como una victoria.

Una guerra que ya se siente en Rusia

Hay otros síntomas de desgaste. En julio, apenas la mitad de los entrevistados por Levada consideraba que la llamada “operación militar especial” avanzaba exitosamente. Un año antes lo pensaba el 69%.

La aprobación de Putin continúa siendo elevada, pero también ha sufrido una erosión: después de alcanzar el 84% en enero, cayó al 74% en junio y julio, para recuperarse parcialmente hasta el 76% en agosto.

No hay allí una crisis del régimen. Sí el final de una parte del extraordinario impulso político que la guerra proporcionó al Kremlin durante sus primeros años.

A ello se suma algo mucho más tangible: Ucrania ha conseguido trasladar progresivamente parte del conflicto al interior de Rusia.

Los ataques contra refinerías, depósitos petroleros, fábricas, aeródromos y otras instalaciones han aumentado en profundidad y frecuencia. A fines de agosto, según Reuters, la producción rusa de gasolina había caído hasta cubrir aproximadamente el 70% de la demanda interna como consecuencia de los ataques contra refinerías, obligando a Moscú a aumentar importaciones y establecer restricciones.

Para una población habituada a que la guerra ocurriera lejos de Moscú y San Petersburgo, los cierres de aeropuertos, los problemas de combustible y las noticias sobre drones que penetran cientos de kilómetros dentro del territorio ruso modifican inevitablemente la percepción del conflicto.

La cuestión deja de ser solamente cuánto territorio puede conquistar Rusia. Empieza a ser también hasta qué punto Putin sigue siendo capaz de garantizar aquello que constituyó durante décadas una de las bases de su legitimidad: orden, estabilidad y seguridad.

El malestar llega a la élite

Más difícil es medir lo que ocurre dentro de las capas superiores del régimen.

No puede afirmarse seriamente que la mayoría de la élite rusa se haya vuelto contra la guerra. En un sistema autoritario es imposible conocer con precisión qué piensan oligarcas, altos funcionarios, militares o integrantes de los servicios de seguridad.

Sí existen, en cambio, señales cada vez más visibles de malestar.

En el Foro Económico de San Petersburgo de junio, algunos de los empresarios más poderosos del país realizaron críticas inusualmente abiertas sobre la situación económica. Roman Trotsenko habló de una “trampa” provocada por las elevadas tasas de interés. Alexei Mordashov señaló que la demanda interna de acero había caído alrededor de 30% en tres años. German Gref, presidente de Sberbank y figura histórica de la política económica rusa, consideró casi un “milagro” que el país todavía consiguiera registrar algún crecimiento.

En agosto, Andrei Klepach, economista jefe del banco estatal VEB, dejó su cargo después de advertir que Rusia estaba perdiendo la competencia económica y tecnológica con Occidente y China y que tampoco estaba ganando la “guerra de desgaste”. También alertó sobre el riesgo de una futura crisis social.

No son opositores liberales hablando desde el exilio.

Son hombres del propio sistema.

La investigadora Alexandra Prokopenko, del Carnegie Russia Eurasia Center y antigua funcionaria del Banco Central ruso, ha señalado una característica esencial del régimen: la élite posee riqueza, privilegios y acceso al poder, pero ha perdido en gran medida su capacidad política autónoma.

Puede discrepar. Puede considerar equivocada la guerra. Puede temer por sus negocios. Pero carece de mecanismos para transformar ese desacuerdo en una alternativa al presidente.

El Centro de Estudios Orientales de Varsovia llegó recientemente a una conclusión semejante: existen crecientes tensiones económicas y políticas dentro de la élite, pero no hay evidencia de que una rebelión sea inminente.

Ese punto es fundamental.

Un régimen autoritario no necesita que todos sus integrantes estén satisfechos.

Necesita que ninguno crea que puede sobrevivir siendo el primero en desafiar al jefe.

La lección de Prigozhin

Putin, además, dispone de un antecedente que difícilmente haya olvidado: la rebelión de Yevgeny Prigozhin y el Grupo Wagner, en junio de 2023.

Prigozhin no era un opositor. Era una criatura del sistema.

Empresario de San Petersburgo enriquecido gracias a contratos con el Estado y conocido durante años como “el cocinero de Putin”, terminó convirtiéndose en la figura central del Grupo Wagner, una organización militar privada utilizada por Moscú en Ucrania, Siria, Libia y varios países africanos.

Con la invasión de Ucrania, Wagner adquirió una importancia mucho mayor. Reclutó decenas de miles de combatientes, incluidos presos rusos, y desempeñó un papel decisivo en la sangrienta conquista de Bajmut.

El éxito incrementó el poder de Prigozhin y agravó su enfrentamiento con el ministro de Defensa, Sergei Shoigu, y el jefe del Estado Mayor, Valery Gerasimov, a quienes acusaba públicamente de incompetencia y de negar municiones a sus hombres.

Detrás de aquella disputa había una cuestión decisiva: el Ministerio de Defensa pretendía colocar a Wagner bajo su control directo. Para Prigozhin, eso significaba perder su principal fuente de poder.

El 23 de junio de 2023 anunció una “marcha por la justicia”. Miles de hombres de Wagner entraron en territorio ruso, ocuparon prácticamente sin resistencia Rostov del Don —sede del comando militar que dirigía buena parte de la guerra— y una columna comenzó a avanzar hacia Moscú.

Durante horas recorrió cientos de kilómetros.

Putin apareció por televisión, calificó la acción como una “traición” y evocó incluso el peligro de una guerra civil.

Pero no hubo batalla final: el presidente bielorruso Alexander Lukashenko intervino como mediador. Prigozhin detuvo la columna y el Kremlin anunció que no sería procesado y que podría trasladarse a Bielorrusia.

La historia, sin embargo, no terminó allí. Poco después Prigozhin volvió a aparecer en Rusia y el propio Kremlin reconoció que Putin lo había recibido junto con varios comandantes de Wagner después de la rebelión.

Putin puede invitar a cenar a quien lo desafió; otra cosa es que lo haya perdonado.

El 23 de agosto de 2023, exactamente dos meses después del motín, el avión privado en el que viajaban Prigozhin, el comandante militar de Wagner Dmitry Utkin y otros dirigentes del grupo cayó cerca de Moscú. Todos murieron.

Nunca se estableció de manera independiente que Putin hubiera ordenado su eliminación. Pero políticamente el resultado fue inequívoco: Wagner dejó de constituir un centro autónomo de poder y sus estructuras terminaron desmanteladas o absorbidas por el Estado.

Para Putin, sin embargo, la enseñanza más inquietante posiblemente no haya sido que un antiguo aliado pudiera rebelarse.

Fue comprobar qué hizo el resto del sistema mientras se rebelaba.

Durante aquellas horas, una fuerza armada ocupó una ciudad estratégica y avanzó hacia Moscú sin que apareciera una movilización visible de gobernadores, empresarios, altos funcionarios o sectores sociales dispuestos a defender personalmente al presidente.

El aparato permaneció finalmente leal.

Pero muchos parecieron limitarse a esperar.

Prigozhin mostró así algo particularmente peligroso para cualquier régimen personalista: la distancia que existe entre obediencia y lealtad.

Cuando retroceder también es peligroso

Ese antecedente ayuda a entender por qué una eventual debilidad interna podría llevar a Putin no a moderarse, sino a escalar.

No existe forma responsable de afirmar que conocemos sus intenciones personales. Pero la lógica política del régimen hace plausible esa posibilidad.

Putin construyó durante más de dos décadas su autoridad sobre la idea de que sólo él podía garantizar estabilidad, impedir el caos, reconstruir el Estado y devolver a Rusia su condición de gran potencia.

Una derrota militar dañaría cada uno de esos pilares.

Y después de Prigozhin sabe que perder la imagen de invulnerabilidad puede tener consecuencias imprevisibles dentro del propio sistema.

Una paz que pueda presentarse como victoria podría consolidarlo.

Una paz percibida como capitulación podría provocar exactamente la pregunta que el régimen necesita evitar: si Putin ya no garantiza victoria, seguridad ni prosperidad, ¿por qué continuar pagando el costo de sostenerlo?

Allí aparece la paradoja.

Cuanto más incómodo resulte continuar la guerra, más peligroso puede parecerle terminarla en condiciones desfavorables.

Y cuanto mayor sea el temor a exhibir debilidad, mayor puede ser la tentación de redoblar la apuesta.

La escalada no necesita significar un ataque directo contra la OTAN. Puede adoptar formas más graduales: campañas aéreas todavía más intensas contra Ucrania, nuevas movilizaciones, ataques contra infraestructura energética, ciberataques, sabotajes en Europa o provocaciones cuidadosamente calculadas para mantenerse por debajo del umbral de una respuesta militar directa occidental.

Nada permite afirmar que Putin haya decidido avanzar en esa dirección para resolver sus problemas internos.

Pero tampoco está actuando como un dirigente que considere urgente disminuir la presión militar.

El verdadero riesgo

Sería prematuro imaginar un Kremlin próximo al colapso.

Putin conserva el control de los servicios de seguridad, de las Fuerzas Armadas y de los principales mecanismos del Estado. No existe una oposición organizada capaz de disputarle el poder. La mayoría de los rusos continúa aprobando su gestión. Y los empresarios, funcionarios y tecnócratas que expresan malestar siguen obedeciendo.

El fenómeno es otro.

La guerra empieza a costarle más política, económica y socialmente que antes.

La población quiere crecientemente que termine. Menos rusos creen que las operaciones avanzan exitosamente. Los ataques ucranianos demuestran que el Kremlin ya no puede mantener el conflicto completamente fuera de su territorio. Sectores importantes del empresariado y la tecnocracia comienzan a advertir que el modelo económico se deteriora.

Y Prigozhin dejó una enseñanza difícil de olvidar: un régimen aparentemente sólido puede pasar en pocas horas de la obediencia absoluta a una situación en la que muchos comienzan simplemente a observar quién ganará.

Putin necesita terminar la guerra algún día.

Pero necesita todavía más terminarla sin parecer derrotado.

Y allí reside quizá el mayor peligro de esta etapa del conflicto: el momento en que Putin comience a sentirse menos seguro no tiene por qué ser el momento en que Rusia se vuelva menos agresiva. Puede ser exactamente lo contrario.



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