Edición Nº 1089 - Viernes 17 de julio de 2026

Cuando el problema no es la comunicación

Viernes 17 de julio de 2026. Lectura: 4'

La nueva encuesta de «Equipos» confirma una tendencia que ya no puede atribuirse a un episodio aislado ni a un simple problema de relato. Cuando la desaprobación crece de forma persistente, insistir en que el gobierno solo necesita “comunicar mejor” implica ignorar el verdadero mensaje de la ciudadanía.

Cada vez que aparece una encuesta desfavorable para el gobierno, emerge casi automáticamente la misma explicación desde filas oficialistas: el problema no sería la gestión, sino la comunicación. Habría que explicar mejor, mostrar más, instalar los logros, ordenar el relato. Como si la opinión pública fuera el resultado de una falla de marketing.

La última medición de Equipos Consultores, divulgada el miércoles 15, vuelve a poner en cuestión esa lectura. El estudio registra apenas un 26% de aprobación frente a un 53% de desaprobación, llevando el saldo neto del presidente Yamandú Orsi a -27, el peor desde que comenzó la serie y profundizando un deterioro que ya venía observándose en las mediciones anteriores.



Lo significativo no es únicamente el número. Es la tendencia.

En marzo, Equipos mostraba un saldo negativo de -7. En abril ese saldo descendía hasta -21. Ahora cae a -27. La aprobación, lejos de recuperarse, permanece estancada, mientras la desaprobación continúa creciendo. No se trata de un accidente estadístico ni del efecto pasajero de una controversia puntual. Es un proceso sostenido.

En política, cuando una tendencia se consolida durante varios meses, el análisis debe desplazarse desde la comunicación hacia las causas.

Porque las encuestas no generan los problemas: simplemente los reflejan.

Resulta llamativo que, frente a datos cada vez más preocupantes, buena parte de la discusión oficial siga girando alrededor de cómo comunicar mejor. Esa reacción contiene, además, un presupuesto bastante discutible: supone que los ciudadanos no están evaluando la realidad, sino que simplemente no han comprendido las explicaciones del gobierno.

Es una hipótesis difícil de sostener.

Los uruguayos forman su opinión conviviendo diariamente con la evolución de la economía familiar, la seguridad, el funcionamiento de los servicios públicos, las noticias políticas y las señales que transmite el propio gobierno. No necesitan una campaña de comunicación para advertir cuándo perciben incertidumbre, falta de rumbo o contradicciones.

Pensar que una caída persistente de la aprobación presidencial puede revertirse únicamente mejorando la narrativa equivale, en cierto modo, a considerar que el electorado es fácilmente manipulable mediante técnicas de comunicación. Es una explicación cómoda para quienes gobiernan, pero profundamente insuficiente para comprender el fenómeno político.

Más aún cuando el propio presidente había reconocido hace algunos meses, tras conocerse las primeras mediciones negativas, que “algo no está saliendo bien”. Aquella reacción parecía apuntar en la dirección correcta: identificar problemas de gestión antes que buscar culpables en la comunicación.

Sin embargo, esa autocrítica parece haber ido cediendo lugar nuevamente al diagnóstico más superficial.

Existe una diferencia importante entre comunicar una gestión y sustituir la gestión por comunicación.

La primera fortalece al gobierno. La segunda termina debilitándolo.

Los gobiernos suelen caer en esa tentación cuando las dificultades comienzan a acumularse. En lugar de preguntarse por qué determinadas decisiones generan rechazo, prefieren preguntarse cómo presentarlas mejor. En vez de revisar prioridades, revisan campañas publicitarias. En lugar de corregir políticas, corrigen discursos.

Pero la experiencia comparada demuestra que las estrategias de comunicación pueden amplificar una buena gestión o atenuar parcialmente una mala noticia, aunque difícilmente logren revertir durante mucho tiempo una percepción social construida sobre hechos concretos.

La comunicación puede administrar expectativas. No puede reemplazar resultados.

La encuesta de Equipos, además, aporta un dato políticamente sugestivo: la desaprobación resulta particularmente elevada en Montevideo, un territorio históricamente favorable al Frente Amplio. Ese fenómeno sugiere que el desgaste ya no se limita al electorado opositor y alcanza incluso espacios donde tradicionalmente el oficialismo encontraba su mayor respaldo.

Ese tipo de señales merecen un análisis político profundo, no un nuevo manual de comunicación.

La ciudadanía suele ser bastante más sofisticada de lo que muchas veces supone la dirigencia política. Puede aceptar errores cuando percibe capacidad de corregirlos. Puede tolerar dificultades cuando advierte liderazgo. Incluso puede acompañar medidas impopulares si entiende que responden a un rumbo claro.

Lo que resulta mucho más difícil es convencerla de que aquello que experimenta todos los días simplemente es producto de una mala explicación.

Las encuestas nunca gobiernan. Pero ignorarlas o interpretarlas únicamente como un problema de relato suele conducir exactamente al error que pretenden evitar.

Cuando los ciudadanos expresan reiteradamente su descontento, el mensaje no suele ser que el gobierno necesita hablar más.

Generalmente significa que necesita hacer algo diferente.



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