Cuando el discurso se convierte en cálculo
Viernes 29 de mayo de 2026. Lectura: 5'
Por Juan Carlos Nogueira
En esta columna, el autor señala que la moderación discursiva puede ampliar el alcance electoral y reducir rechazos, pero también erosionar identidad, credibilidad y capacidad de movilización. Entre el cálculo estratégico y el oportunismo percibido, la política enfrenta el riesgo de convertirse en un ejercicio de ambigüedad permanente.
Cada vez es más común ver dirigentes que corren su discurso hacia posiciones más “aceptables” para ampliar su base y, sobre todo, generar menos rechazo.
En debates parlamentarios recientes se constata el fenómeno. Se omiten aspectos históricamente controvertidos (como la responsabilidad individual de actores que optaron por la vía armada contra un régimen democrático), se soslayan decisiones colectivas expresadas en consultas populares (referéndums o plebiscitos que validaron la Ley de Caducidad), y se evitan deliberadamente cuestiones sensibles que podrían incomodar a ciertos públicos (desde cifras discutidas de desaparecidos hasta vínculos políticos polémicos con el oro robado a Mailhos por el MLN).
No parece un olvido. Es selección.
No es nada nuevo. La idea viene de la teoría del votante mediano de Anthony Downs: moverse hacia el centro para captar más votos.
En la práctica, eso se traduce en un discurso cada vez más calculado: qué decir, qué callar, a quién no incomodar.
El problema aparece cuando esto se vuelve automático, sobre todo en contextos de desconfianza. Ahí los costos empiezan a pesar.
La estrategia tiene lógica. En sistemas competitivos, captar al votante indeciso puede ser decisivo. La literatura en ciencia política ha mostrado que los partidos tienden a converger hacia posiciones centrales para maximizar votos, como planteó Anthony Downs. A su vez, investigaciones como las de Cas Mudde sugieren que, en contextos donde predominan demandas por igualdad o derechos sociales, alinearse discursivamente con esas preocupaciones mejora la resonancia electoral.
El problema es que la política no es solo sumar votos. También requiere construcción de identidad, credibilidad y conflicto.
El costo invisible: la erosión de la credibilidad
El primer costo es la credibilidad. Los votantes asocian a cada dirigente con ciertos temas —lo que John Petrocik llamó issue ownership—. Cuando alguien abandona ese terreno, pierde algo que llevó años construir.
Más aún, Timothy Besley ha señalado que la consistencia intertemporal es clave para la confianza: los votantes castigan las inconsistencias porque dificultan prever el comportamiento futuro del gobernante. En otras palabras, el problema no es el cambio en sí, sino su falta de coherencia narrativa.
La paradoja de la desmovilización
Otro problema, menos obvio, es que bajar el rechazo también puede enfriar el apoyo.
Estudios sobre comportamiento electoral —como los de Russell Dalton— muestran que la intensidad del apoyo es tan importante como su volumen. Un electorado tibio, aunque amplio, es menos eficaz en contextos de alta competencia.
Aquí emerge una paradoja central: al intentar agradar a todos, el político corre el riesgo de no movilizar a nadie. La moderación estratégica puede generar simpatía difusa, pero no necesariamente compromiso activo. Y, en ese proceso, perder a los votantes que antes lo apoyaron.
El error de la conversión automática
Otra hipótesis cuestionable es suponer que toda reducción de antipatía se traduce en apoyo. La evidencia empírica indica lo contrario. Investigaciones en psicología política, como las de Diana Mutz, sugieren que los votantes pueden dejar de rechazar a un candidato sin por ello elegirlo. La neutralidad no es equivalente al voto.
Esto introduce una asimetría clave: mientras la pérdida de identidad puede erosionar la base propia, la ganancia en sectores moderados es incierta y, muchas veces, marginal. La neutralidad no es voto.
Entre la evolución y el oportunismo
No todo cambio es oportunismo. Pero cuando el giro es brusco y coincide demasiado con la conveniencia electoral, la sospecha es inevitable.
Cuando el desplazamiento aparece como abrupto, táctico o instrumental, activa lo que en psicología política se conoce como “heurísticas de desconfianza”. Los votantes perciben esa inconsistencia y la interpretan como señal de falta de autenticidad.
El riesgo de perder antagonismo
La política, como señalan teóricos del conflicto como Chantal Mouffe, requiere antagonismos claros para organizar la competencia democrática. Un actor excesivamente orientado a reducir antipatías puede terminar desdibujando esas divisiones reales que estructuran la política y que los franceses llaman clivages.
El resultado es un liderazgo liviano: poco rechazo, pero también poca fuerza para ordenar, movilizar, imponer agenda y sostenerla.
La hipótesis de predominio del centro
La hipótesis de que la población está distribuida ideológicamente con predominio del centro es, por lo menos, discutible. Una encuesta de Equipos Consultores muestra que la población se identifica aproximadamente en tercios entre derecha, centro e izquierda, con el centro ligeramente superior. Hasta ahí, posicionarse al centro parece sensato.
Sin embargo, tan pronto se introducen ciertos temas, se ordenan posiciones en torno a polos más definidos. Una encuesta de El Observador y la Universidad de la República mostró que entre los temas más polarizantes se destacan: dictadura y derechos humanos, feminismo, pobreza, politización de UdelaR, personas en situación de calle y política impositiva.
Es difícil pensar que estos temas no estén presentes en la próxima campaña. Por lo tanto, en campañas dominadas por temas altamente polarizantes, el posicionamiento de centro puede perder tracción, porque los clivajes dominantes desplazan la dimensión izquierda-derecha clásica.
Conclusión
La moderación estratégica puede ser eficaz en el corto plazo, especialmente en contextos de alta fragmentación. Pero sus costos —pérdida de credibilidad, desmovilización, ambigüedad identitaria— tienden a manifestarse en el mediano y largo plazo.
Cuando el objetivo pasa a ser “caer menos mal”, el candidato deja de representar algo. Y cuando deja de representar, deja de importar.
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