Edición Nº 1092 - Viernes 7 de agosto de 2026

Crecer entre disparos

Viernes 31 de julio de 2026. Lectura: 3'

Por Angelina Rios

La violencia armada deja una huella mucho más profunda que las cifras de homicidios. La autora advierte sobre el impacto que las balaceras tienen en niñas, niños y adolescentes, y plantea que proteger a esas víctimas invisibles también debe ser una prioridad de las políticas de seguridad.

Las balaceras no solo dejan muertos y heridos. También dejan niñas, niños y adolescentes que aprenden a convivir con el miedo, modifican su vida cotidiana y cargan con secuelas que rara vez aparecen en las estadísticas. Pensar la seguridad también implica proteger a esas víctimas invisibles.

Cada homicidio de un niño o de un adolescente conmueve al país. Durante algunos días ocupa titulares, genera indignación y abre debates sobre la seguridad. Pero, con el paso del tiempo, la noticia desaparece y la sociedad continúa su marcha. Quedan, sin embargo, familias atravesadas por el dolor y comunidades enteras marcadas para siempre.

Las cifras oficiales muestran una realidad que no admite indiferencia. En 2025 fueron asesinados 19 menores de 18 años en Uruguay. En lo que va de 2026, hasta el pasado 24 de julio, la cifra ya asciende a 10. Detrás de cada número hay una historia, un proyecto de vida interrumpido y un entorno que difícilmente vuelva a ser el mismo.



Sin embargo, los homicidios representan apenas la parte más visible del problema. La violencia armada deja además decenas de niñas, niños y adolescentes que sobreviven con heridas físicas, secuelas psicológicas o el recuerdo imborrable de haber presenciado una balacera, perdido a un familiar o visto transformado para siempre el barrio donde crecieron.

El informe 2025 de la Plataforma Infancias y Adolescencias aporta una dimensión que muchas veces queda fuera del debate público. Durante ese año fueron 66 las niñas, niños y adolescentes afectados por armas de fuego, de los cuales 49 resultaron heridos. Son cifras que recuerdan que el impacto de la violencia no se mide únicamente por la cantidad de vidas perdidas, sino también por quienes sobreviven cargando consecuencias que pueden acompañarlos durante años.

Cuando se habla de seguridad, el análisis suele concentrarse en los delitos, los procedimientos policiales o la evolución de los indicadores. Todo eso es necesario. Pero existe otra dimensión que merece la misma atención, que es la de las infancias que crecen naturalizando el sonido de los disparos, aprendiendo qué hacer durante una balacera o modificando sus rutinas por miedo.

Cada episodio de violencia deja una huella que trasciende a la víctima directa. Afecta a hermanos, compañeros de escuela, docentes, vecinos y familias enteras. También erosiona el sentido de comunidad y alimenta la percepción de que determinados territorios quedan condenados a convivir con la violencia como si fuera parte de la vida cotidiana.

La discusión sobre seguridad no puede limitarse a la cantidad de procedimientos, al número de detenidos o a la comparación anual de las estadísticas. También debería preguntarse cuántas niñas y niños crecieron este año con miedo, cuántos dejaron de jugar en la calle, cuántos cambiaron de escuela por temor o cuántos necesitarán años para superar el trauma de haber visto morir a alguien.

Proteger a la infancia no es únicamente una responsabilidad de las familias, de la escuela o de los servicios de salud. Es, también, una política de seguridad. Porque una sociedad que permite que sus niños y adolescentes convivan con la violencia cotidiana no solo pierde vidas, sino también pierde confianza, oportunidades y futuro.

Las cifras son imprescindibles para comprender la magnitud del problema. Pero nunca deberían hacernos olvidar que detrás de cada una hay un nombre, una historia y una infancia que ya no volverá a ser la misma. Tal vez esas sean, precisamente, las víctimas que no vemos.



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