Corea del Norte, el aliado que sostiene la guerra rusa
Edición Nº 1095 - Viernes 28 de agosto de 2026. Lectura: 7'
La relación entre Moscú y Pyongyang dejó de ser una convergencia diplomática entre dos regímenes enfrentados con Occidente. Corea del Norte suministra municiones, misiles y soldados para el esfuerzo bélico ruso, mientras obtiene recursos, experiencia militar y la posibilidad de acceder a tecnología que puede modificar el equilibrio estratégico en Asia. La guerra de Ucrania está produciendo así consecuencias mucho más allá de Europa.
Durante buena parte de la guerra de Ucrania se habló de Rusia como una potencia obligada a buscar proveedores externos para compensar el extraordinario consumo de municiones impuesto por un conflicto de desgaste. Irán apareció tempranamente como suministrador de drones y otros sistemas. Pero ningún país ha llegado tan lejos como Corea del Norte.
Lo que comenzó como un intercambio discreto de armamento terminó transformándose en una cooperación militar abierta. Pyongyang ha enviado a Rusia millones de proyectiles de artillería y mortero, misiles balísticos, sistemas de lanzamiento múltiple y piezas de artillería de largo alcance. Entre setiembre de 2023 y marzo de 2025, una investigación basada en movimientos marítimos identificó 64 viajes de buques rusos desde el puerto norcoreano de Rajin transportando cerca de 16.000 contenedores vinculados al suministro militar. Fuentes ucranianas estiman que el material norcoreano llegó a representar aproximadamente la mitad de las municiones utilizadas por Rusia en algunos sectores del frente.
Las estimaciones varían según la metodología utilizada. La inteligencia militar surcoreana llegó a calcular en 2025 que Corea del Norte había proporcionado a Rusia el equivalente de unos 12 millones de proyectiles de artillería. Más allá de la precisión del número, la magnitud es suficientemente grande para comprender su importancia: sin los arsenales norcoreanos, Moscú habría tenido muchas más dificultades para mantener durante años el ritmo de fuego propio de una guerra de desgaste.
También hubo misiles. Para comienzos de 2025, la inteligencia ucraniana calculaba que Pyongyang había entregado al menos 148 misiles balísticos KN-23 y KN-24. Algunos fueron utilizados contra ciudades ucranianas. En abril de ese año, un KN-23 norcoreano fue identificado por las autoridades ucranianas como el proyectil que impactó contra un edificio residencial de Kiev y provocó doce muertos. Y este año los misiles norcoreanos reaparecieron en los ataques rusos.
La cooperación ha avanzado todavía más. Según la inteligencia militar ucraniana, una unidad norcoreana especializada en misiles comenzó este mes a desplegarse en territorio ruso y podría disponer de hasta 120 misiles balísticos y seis lanzadores. Washington conoce esos informes, aunque ni Moscú ni Pyongyang han confirmado públicamente todos sus detalles.
Pero la transformación decisiva se produjo cuando Corea del Norte dejó de enviar solamente armas y comenzó a enviar hombres.
Alrededor de 14.000 soldados norcoreanos fueron desplegados desde 2024 en la región rusa de Kursk para combatir a las fuerzas ucranianas que habían penetrado en territorio ruso. Moscú y Pyongyang terminaron reconociendo públicamente esa participación. Fue la intervención militar exterior más importante de Corea del Norte desde la Guerra de Corea. Muchos de esos soldados murieron, pero quienes sobrevivieron adquirieron algo que ningún ejercicio militar puede proporcionar: experiencia real contra un ejército equipado con tecnología occidental y en un campo de batalla dominado por drones, guerra electrónica, artillería de precisión y vigilancia permanente.
Ahora existe una controversia adicional. El presidente ucraniano Volodímir Zelenski afirmó que Rusia podría recibir hasta 50.000 nuevos soldados norcoreanos. Kim Yo Jong, hermana del dictador Kim Jong Un y una de las figuras más poderosas del régimen, negó esta semana que semejante despliegue esté previsto. Conviene por tanto no presentar esa cifra como un hecho consumado. Pero lo importante ya ocurrió: tropas norcoreanas combatieron junto al ejército ruso y ambos gobiernos reivindican esa experiencia como parte de su alianza.
La pregunta evidente es qué recibe Kim Jong Un a cambio.
Corea del Norte posee grandes arsenales convencionales heredados de la lógica militar de la Guerra Fría, pero necesita energía, alimentos, divisas, materias primas y tecnología. Rusia puede proporcionarle todo eso. Más importante todavía, puede facilitar conocimientos relevantes para sus programas de misiles, satélites, defensa aérea, submarinos y eventualmente otros sistemas estratégicos. No existe información pública suficiente para determinar hasta dónde ha llegado esa transferencia tecnológica y corresponde evitar afirmaciones que no pueden comprobarse. Pero el solo hecho de que esa posibilidad exista provoca una profunda preocupación en Seúl, Tokio y Washington.
A cambio de municiones almacenadas durante décadas y soldados cuya pérdida tiene escaso costo político interno para una dictadura cerrada, Kim obtiene recursos económicos, protección diplomática y acceso privilegiado a una potencia nuclear y tecnológica. También obtiene un gigantesco laboratorio militar. Los misiles norcoreanos están siendo probados contra defensas occidentales; sus proyectiles de artillería pueden ser evaluados después de millones de disparos; sus soldados aprenden a combatir bajo drones y sus oficiales observan las tácticas de una guerra moderna.
Todo ese conocimiento volverá algún día a la península de Corea.
Por eso sería un error considerar la cooperación ruso-norcoreana exclusivamente desde la perspectiva de Ucrania. La experiencia adquirida hoy en Kursk o en los campos de batalla del Donbás puede incorporarse mañana a la doctrina del Ejército Popular de Corea. Y cualquier mejora obtenida por los misiles norcoreanos gracias a su utilización real no amenaza solamente a Ucrania: interesa directamente a Corea del Sur, Japón y las fuerzas estadounidenses desplegadas en el Pacífico.
Existe además una dimensión institucional particularmente reveladora. Rusia y Corea del Norte firmaron en junio de 2024 un Tratado de Asociación Estratégica Integral cuyo artículo 4 prevé asistencia militar inmediata si una de las partes es objeto de una agresión armada. En términos prácticos, Moscú y Pyongyang volvieron a establecer una alianza defensiva semejante a la que habían mantenido durante la Guerra Fría.
La paradoja es enorme. Las sanciones de las Naciones Unidas prohíben la transferencia de armas desde y hacia Corea del Norte, así como determinadas formas de cooperación y entrenamiento militar. Rusia no sólo conoce perfectamente ese régimen: participó en su creación y votó, junto con los demás integrantes del Consejo de Seguridad, varias de las resoluciones que lo establecieron y reforzaron. En 2017, por ejemplo, la Federación Rusa votó a favor de la resolución 2371 que endureció las sanciones contra Pyongyang. Hoy coopera militarmente con el mismo país al que había contribuido a sancionar.
No se trata únicamente de pragmatismo bélico. Sergei Lavrov acaba de decir que Rusia y Corea del Norte luchan por un “nuevo y justo orden mundial”. Detrás de la grandilocuencia diplomática existe una realidad bastante clara: dos gobiernos sometidos a distintos grados de aislamiento occidental descubrieron que pueden ayudarse mutuamente y reducir así la eficacia de las sanciones destinadas a presionarlos.
Eso explica también por qué esta relación puede sobrevivir incluso a una eventual terminación de la guerra de Ucrania. En abril, Kim Jong Un anunció que continuaría respaldando a Rusia, mientras autoridades militares de ambos países avanzaban en planes de cooperación de largo plazo para el período 2027-2031. El vínculo ya adquirió una lógica propia que supera las necesidades inmediatas del frente ucraniano.
La consecuencia geopolítica es inquietante. Europa y Asia están dejando de ser escenarios estratégicos completamente separados. Las municiones fabricadas en Corea del Norte matan en Ucrania; soldados asiáticos combaten en territorio ruso; militares norcoreanos aprenden técnicas desarrolladas durante la guerra europea y Rusia puede devolver esa cooperación mediante tecnología que fortalezca al régimen de Kim frente a Corea del Sur, Japón y Estados Unidos.
No significa necesariamente que exista un bloque monolítico integrado por Rusia, China y Corea del Norte. Pekín tiene sus propios intereses y no siempre coincide con las aventuras de Pyongyang. Pero sí significa que las potencias revisionistas disponen de posibilidades cada vez mayores para prestarse asistencia económica, militar y diplomática cuando alguna de ellas entra en conflicto con Occidente.
Corea del Norte era hasta hace pocos años un país extremadamente aislado, dependiente casi exclusivamente de China y sometido a un severo régimen de sanciones internacionales. Vladimir Putin le encontró una utilidad estratégica. Kim Jong Un encontró una oportunidad.
Rusia consiguió proyectiles, misiles y soldados para prolongar su guerra.
Corea del Norte consiguió algo potencialmente más valioso: dinero, influencia, experiencia militar y un poderoso socio dispuesto a desafiar junto con ella el sistema internacional que durante décadas intentó contenerla.
Y ésa puede terminar siendo una de las consecuencias más duraderas de la guerra de Ucrania.
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