Edición Nº 1099 - Viernes 25 de setiembre de 2026

Coraje en el Quebracho. Testimonios de los valientes.

Por Leonardo Vinci

Este 31 de marzo, recordaremos la gesta inmortal de los jóvenes revolucionarios- entre los que se encontraba José Batlle y Ordóñez- al cumplirse un año más de la batalla contra la tiranía de Santos en Palmares de Soto del Quebracho.

Así lo contaba uno de los protagonistas:

Llega la noche, oscura, fría, con truenos apagados, lejanos, y una lluvia incesante que azota nuestros cuerpos desnudos.

Muchos que durante el día han marchado con paso seguro, haciendo esfuerzos heroicos, se doblegan, se abandonan en la oscuridad.

Los labios, caídos, secos, agrietados, no tienen fuerza para moverse, ni aire los pulmones para hacer vibrar las cuerdas vocales, por lo que es bien inútil la orden que prohíbe hablar.

Si algunos labios se mueven, lo hacen para dar paso a un gemido sordo, o para articular una blasfemia. He oído varias veces esta frase pronunciada por diversos soldados: ¡Ah Santos, si pagarás todo esto!

Y en tanto, el ejército, semejante a un escuadrón fantástico arrastrando en la noche sus harapos y sus odios; llorando en silencio porque las piernas se doblegan y el cuerpo se encorva mientras la cívica virilidad sostiene el cerebro, marcha perseguido de cerca por un enemigo relativamente formidable, estando impotentes por lo tanto para hacer alto, dar vuelta la cara y disputar la victoria.

Disparos de fusil, lejanos todavía, resuenan en nuestra retaguardia.

Las detonaciones se repetían sin cesar, el humo subía nublando el horizonte, el combate con todo su horror estaba ante nosotros

Las balas silbaban de un modo espantoso, se oía el continuo y monótono pororó de la fusilería, interrumpido en intervalos regulares por las roncas detonaciones del cañón cuyos proyectiles pasaban sobre nuestras cabezas e iban a dar sobre una loma inmediata, levantando una nube de guijarros y de polvo.

Se escuchaba rugir el cañón como yaguareté que se siente ansioso de ultimar la presa.

Un denso humo negro se extendía sobre el llano y ascendía lentamente en pardas espirales hacia el cielo gris, donde también bullía la tormenta, pronta a estallar. Allá en el ocaso oscuro, el sol muriente dibujaba una línea roja, semejante a un relámpago inmóvil, durmiendo sobre las nubes negruzcas. La metralla enemiga tronó furiosa; una terrible descarga de fusilería resonó en el llano; la mitad de aquellos valientes cayeron.

El último heroísmo, ideado por los patricios, ejecutado por la juventud, dirigido por los caudillos y animado por los bardos, debía imponerse, debía triunfar.

Sin embargo, con sus jóvenes 17 años, Javier de Viana supo que la revolución había muerto.

La patria volvía a vestir de luto.

(Fragmentos de "Crónicas de la Revolución del Quebracho").




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