Contra los nuevos aquelarres: el debido proceso como escudo de la libertad
Viernes 1 de agosto de 2025. Lectura: 4'
Por Elena Grauert
La historia de las brujas de Salem no es solo una fábula oscura del siglo XVII. Es, en realidad, un espejo inquietante de los momentos en que la sociedad renuncia a las garantías del debido proceso, seducida por el miedo, la superstición o el dogma.
Hoy, cuando los discursos inquisitorios resurgen en nuevos ropajes, en formato redes sociales, conviene volver a leer “Las brujas de Salem”, la obra de Arthur Miller que convirtió en teatro aquella tragedia colectiva.
Abigail Williams, personaje central de la pieza, encarna la tentación totalitaria: disfrazar el deseo de venganza o poder bajo la máscara de la virtud.
En nombre de Dios, de la moral, del bien común, Abigail denuncia a inocentes, manipula al sistema y convierte la justicia en un espectáculo. Los juicios se vacían de pruebas y se llenan de histeria. Cualquier coincidencia con la realidad no es casual.
Lamentablemante , la adaptación hecha y presentanda en el Teatro Solís de las Brujas de Salem, por la Comedia Nacional, no escapa a esa visión maniquea de la sociedad actual, poniendo a los inquisidores en un solo lado, y olvidando,todos los asesinatos que se hicieron en nombre del pueblo, por los que en su nombre dicen defendernos.
Para quienes no la vieron la obra, la misma es una adaptación de la original, hecha por Andrés Lima Director español, con un discurso político, donde los comunistas son perseguidos, basándose en que cuando fue escrita por Arthur Miller, fue el auge del macartismo en EEUU y la guerra fría. Lo cual es una visión reduccionista del plateo de Arthur Miller y el significado del hecho histórico.
En este mundo, está claro que los inquisidores son varios y de diferentes sesgos ideológicos (izquierda y derecha), que forman parte del club de los autoritarios, con infinidad de versiones.
Cabe recordar esto especialmente a un año del fraude del dictador Maduro en Venezuela, sus desmanes represivos o las actuales persecuciones en Cuba, o las amenazas de Trump en utilizar el comercio internacional y la suba de aranceles como arma de subyugación contra los otros, o el mal léxico de Milei cuando denuesta, amenaza o grita. Son parte de ese mundo que con las redes sociales se ha incentivado, a juzgar sin garantías , por el grito y el miedo, donde triunfan los más fuertes, los que gritan, de un lado y de otro. No las actitudes de moderación y diálogo.
La falta de interlocutor o intermediarios en las redes sociales, la falta de respeto por los procesos, la verdad y la razón, son parte de los peligros que estamos sufriendo quienes nos resistimos a entrar en ese juego, dándole valor a las instituciones.
Basta una consigna, un tuit, para que la cultura de la mera acusación destruya las garantías y el debido proceso visto como una pérdida de tiempo, como una molestia. En nombre de causas legítimas, muchas veces se habilita la caza. Y cuando los valores del Estado de Derecho se relativizan, nadie está a salvo.
Los inquisidores de Salem invocaban a Dios. Hoy se invocan nuevos “dioses”: la corrección política, la pureza ideológica, el interés público mal entendido, defensa de los pobres contra ricos.
Si algo enseña Salem es que el fanatismo siempre encuentra excusas y que el derecho debe ser su límite.
Quien defiende las garantías del debido proceso, no protege a culpables, sino que impide que el poder ?sea político, mediático o social? actúe sin freno. El proceso no es un obstáculo a la verdad, es su único camino legítimo.
No es casual que muchas veces al grito de derechos justos y persecusión de objetivos loables, se armen comisiones e incluso se aprueben normas que muchas veces debilitan las garantías. Esas prácticas provienen siempre de aquellos que luego no soportan las contradicciones, los debates y atribuyen segundas intenciones a quienes legítimamente discrepamos.
Renunciar a las garantías en nombre del resultado puede saciar la sed de venganza, pero alimenta monstruos.
Los monstruos o las brujas qué hoy enfrentamos son la desinformación, la tergiversando, el imponer rumores, miedos, que llevan muchas veces al linchamiento, no a la defensa de las causas justas.
Por eso Arthur Miller nos recuerda los valores de justicia, muy alejados del mensaje que se da en la obra presentada, que contribuye a todo lo contrario.
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