Con la brisa en la cara
Viernes 18 de setiembre de 2026. Lectura: 2'
Por Susana Toricez
La vida cotidiana corre el riesgo de quedar relegada detrás de las pantallas. Recuperar el silencio, la naturaleza, la conversación y el tiempo sin tecnología es también una forma de volver a educarnos para lo esencial.
Me preocupa ver a una multitud en una plaza, rodeada de árboles y bajo la luz dorada del atardecer, pero con la vista clavada en la pantalla de un celular.
Hemos cambiado el viento en el rostro por el brillo artificial de una pantalla.
Y uno no puede evitar preguntarse, con esa mezcla de perplejidad y nostalgia que da la observación atenta: ¿cuándo fue que empezamos a preferir un reflejo a la vida misma?
El deseo de regresar a lo esencial no es un capricho romántico; es una necesidad urgente para nuestra salud mental y espiritual.
Volver a escuchar el canto de los pájaros al amanecer, sentarse a la sombra y ver pasar las horas sin la tiranía de una notificación, percibir el olor a tierra mojada o saborear un tomate cultivado en la quinta del fondo, no requiere grandes fortunas.
Por eso resulta tan determinante el dilema: no se trata de algo técnicamente imposible. Es, en el fondo, una crisis de voluntad y un profundo déficit educativo.
Nos han adiestrado para la inmediatez y el consumo continuo.
Las pantallas son como anestésicos contra el silencio y el aburrimiento, justamente los terrenos donde deberían brotar el pensamiento crítico, la contemplación y la empatía verdadera.
Si queremos ofrecer a las generaciones futuras un horizonte mentalmente más saludable, el camino no pasa por la prohibición ciega, sino por reeducarnos en el uso de la tecnología.
Para devolverle el sentido a lo cotidiano, valdría la pena considerar algunas decisiones fundamentales:
Educar a los niños (y a nosotros mismos) en el arte de no hacer nada, porque el silencio y el tiempo desocupado no son vacíos que hay que llenar, sino espacios para imaginar y crear.
Garantizar una infancia que vuelva a estar marcada por el barro en los zapatos, el cuidado y el amor por los animales y el asombro ante el crecimiento de una planta. Quien aprende a amar de verdad la vida natural difícilmente la sustituya por completo por una vida virtual.
Establecer como prioridad el tiempo en el hogar y dedicar zonas y momentos sagrados libres de tecnología (como las comidas compartidas o las caminatas al aire libre) para recuperar la conversación pausada y el afecto cercano.
Priorizar lo real sobre lo virtual para recordar que la afectividad se nutre del abrazo, de mirarse a los ojos y de la presencia física, dimensiones que ninguna tecnología podrá jamás suplantar.
Vivir una vida real no tendría por qué ser algo inalcanzable. Es, simplemente, una cuestión de elección.
Basta con levantar la cabeza, apagar el artefacto y dejar que la brisa en la cara nos recuerde que, afortunadamente, estamos vivos.
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