Comunistas en cubierta
Viernes 15 de mayo de 2026. Lectura: 4'
La visita de Yamandú Orsi al portaaviones estadounidense USS Nimitz desató una pequeña guerra fría doméstica dentro del Frente Amplio. Mientras el presidente defendió el gesto diplomático, el Partido Comunista reaccionó con visible incomodidad, cuestionó la “señal” política y terminó forzando la salida de un jerarca propio de la Intendencia de Canelones que había subido a bordo sin avisar al partido.
En el Frente Amplio hay discusiones ideológicas, diferencias estratégicas y matices históricos. Pero pocas veces una visita protocolar logró provocar semejante marejada interna como la excursión del presidente Yamandú Orsi al portaaviones estadounidense USS Nimitz. Lo que para Presidencia fue una señal diplomática razonable, para el Partido Comunista del Uruguay (PCU) terminó pareciendo una mezcla entre herejía geopolítica y motín disciplinario.
El episodio dejó imágenes curiosas: un gobierno frenteamplista recorriendo uno de los símbolos más reconocibles del poder militar estadounidense mientras dirigentes comunistas buscaban, casi desesperadamente, explicar que ellos no estaban ahí “en espíritu”. Porque si algo quedó claro es que el PCU puede tolerar muchas contradicciones de la política real, pero posar sonriente sobre un portaaviones nuclear parece cruzar una línea roja pintada con aerosol soviético.
El senador Óscar Andrade, actual secretario general del PCU, fue uno de los más duros con la visita. Con un tono que mezcló camaradería y reprimenda, insistió en que “la señal es equivocada” y calificó la visita como “inoportuna” en el actual contexto internacional. Según Andrade, “subirse a un portaviones militar se presta a una señal equivocada”, aunque aclaró que no interpreta que Orsi se haya alineado con la política “guerrerista” de Donald Trump.
La escena tuvo algo de tragicomedia ideológica. Mientras el presidente defendía la visita alegando que gobierna “pensando en lo que le conviene al Uruguay” y no representando a una fuerza política, desde el PCU se analizaba la situación casi como si un cuadro partidario hubiera aparecido usando una gorra de la OTAN en un comité de base.
Pero el verdadero cortocircuito no fue Orsi. Fue Diego Núñez.
El entonces prosecretario general de la Intendencia de Canelones e integrante del PCU integró la delegación que visitó el USS Nimitz. Y ahí empezó el problema serio para los comunistas. Porque una cosa es criticar diplomáticamente al compañero presidente y otra muy distinta descubrir que un dirigente propio andaba recorriendo portaaviones nucleares estadounidenses sin avisar al partido.
Andrade fue particularmente gráfico: “No voy a decir que nos parece un error del gobierno y un acierto de Diego Núñez; es más grave por no haberlo comunicado”.
La frase retrató perfectamente el drama interno del PCU: la visita al portaaviones ya era incómoda, pero enterarse por la prensa de que un militante comunista había subido a bordo elevó el episodio a categoría de crisis doméstica. En cuestión de horas, el partido pasó del malestar ideológico a la aplicación práctica del centralismo democrático.
El comité departamental comunista de Canelones escuchó las explicaciones de Núñez, consideró que había cometido un “grave error político” y le retiró la confianza. El jerarca terminó poniendo su cargo a disposición a pedido del PCU.
La situación tuvo incluso un detalle digno de sainete burocrático: el intendente Francisco Legnani anunció inicialmente que no pensaba aceptar la renuncia. Es decir, el PCU quería bajarlo del barco mientras la Intendencia todavía discutía si convenía mantenerlo a flote.
Toda la secuencia dejó al descubierto una vieja tensión del Frente Amplio que reaparece periódicamente: la distancia entre el ejercicio del gobierno y la liturgia ideológica de algunos sectores. Orsi actuó como jefe de Estado. El PCU reaccionó como custodio de una tradición antiimperialista que todavía mira a Washington con la misma simpatía con la que un vegano mira un asado de fin de año.
Y allí apareció la paradoja más interesante del episodio. Porque mientras el gobierno intenta mostrarse pragmático y diplomáticamente flexible, el Partido Comunista sigue necesitando demostrarle a su militancia que no se volvió “razonable”. La visita al USS Nimitz terminó funcionando como una inesperada prueba de pureza doctrinaria.
En definitiva, el gran portaaviones estadounidense logró algo improbable: tensar al oficialismo uruguayo sin disparar un solo misil. Bastó una escalera de embarque, algunas fotos oficiales y un comunista distraído recorriendo la cubierta para provocar una tormenta política Made in Uruguay.
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