Competitividad, divino tesoro
Viernes 20 de marzo de 2026. Lectura: 5'
Por Tomás Laguna
Oportunos, impostergables, necesarios, aun así no suficientes. Los anuncios del Ministro de Economía se pueden abordar desde dos consideraciones. En primer lugar, la manifiesta preocupación y consecuente intención del gobierno de atacar nuestra malherida competitividad; en segundo lugar, el propio contenido del anuncio y las intenciones a futuro.
La conferencia de prensa del pasado martes a la noche, donde el Presidente de la República y el Ministro de Economía hicieron manifiesta la preocupación del gobierno por atacar el creciente deterioro de la competitividad, pudo ser merecedora de una cadena nacional, dada la relevancia del tema central a difundir. Pero, a decir verdad, lo más rescatable fue el reconocimiento desde el Poder Ejecutivo de que nuestra economía está afectada en forma creciente en cuanto a las necesarias condiciones para el desarrollo de la actividad industrial y empresarial en general, en cualquiera de los rubros que se quiera mencionar. Ya lo hemos sostenido con alarma desde este espacio de opinión. La última vez, la semana pasada, refiriéndonos a la industria frigorífica. Los ejemplos se han ido encadenando uno tras otro con preocupante cadencia.
Hay una sabia reflexión que dice que los países con economías pequeñas están irremediablemente condenados a exportar, o bien exportan bienes y servicios o bien exportan gente. Una verdad de hierro por encima de cualquier consideración o creencia ideológica. Para que ocurra lo primero, y no la fatalidad de expulsar ciudadanos, se impone una condición inexorable. Esa condición se llama competitividad y su construcción es un aparato de relojería que depende tanto de las políticas macroeconómicas como de las micro. Estas últimas son medidas que, por sí solas, poco pueden significar, pero en su conjunto se vuelven relevantes.
Los anuncios del ministro Oddone se concentraron en cuatro medidas muy puntuales de mitigación burocrática dirigidas a facilitar el comercio exterior. En su conjunto, seguro ayudan, pero no son ni por asomo suficientes para revertir el creciente deterioro competitivo de nuestra economía. Seguramente sean de impacto para el consumo interno, facilitando el acceso a muchos bienes importados. El elevado costo que tiene hoy la pasta de dientes en nuestro país respecto de la región y el continente es el ejemplo más claro y, a la vez, absurdo de lo que pueden lograr ciertas regulaciones. Aunque también las cuatro medidas tendrán su razón de ser en insumos y bienes de capital importados para la producción.
El ministro Oddone descartó de plano medidas macroeconómicas que tendieran a abaratar el costo país. Fue enfático al afirmar: “No vamos a convertir a Uruguay en un país barato haciendo uso de instrumentos de naturaleza macroeconómica” (sic), refiriendo a medidas que pudieran afectar el ingreso de los ciudadanos. En este punto, vale hacer referencia a la columna del expresidente Julio Ma. Sanguinetti en la página editorial del diario El País del pasado domingo, dos días previos al anuncio del gobierno. En la misma, frente al desafío de ser competitivos, el expresidente Sanguinetti defendía la vigencia del Estado batllista, afirmando que “hoy el desafío no es imaginar novedosos paraísos, sino lograr la preservación de las seguridades de ese Estado, en lo político, en lo jurídico y en lo social” (sic). En sus reflexiones agregaba: “Europa sigue siendo lo nuestro. La idea siempre fue una sociedad como la francesa, la italiana o la tan soñada Suiza de América… Europa es cara. Muy parecido a lo nuestro… Su problema es cómo logra mantener su Estado liberal-social…”. Sin duda, es este último el desafío para nuestro país. Por cierto, muy en las antípodas de los exabruptos anarco-liberales de su pope máximo, el presidente argentino Javier Milei, cuando, en forma grotesca, entre insultos, espeta a los cuatro vientos que la justicia social es un robo. Surrealismo mágico rioplatense...
El ministro Oddone se mostró enfático en su objetivo de lograr la competitividad a partir de una mejora de la productividad, de la eficiencia del sector público y del sector no transable. Su pretensión es alcanzar tales objetivos plasmándolos en una ley consensuada con el sector político, empresarios, sindicatos y la academia. Habrá que ver cuál será el texto de semejante ordenanza que imponga, desde una ley, los condicionamientos para ser competitivos. Proceso no exento de escepticismo. Para tamaña propuesta no alcanza con enunciados bien intencionados.
Estamos ante un gigantesco desafío para el actual gobierno. Las principales hostilidades a su propuesta están dentro de la propia izquierda, siendo su brazo armado sindical el principal enemigo de cualquier intento en aquel sentido. Hay sindicatos que encuentran su razón de ser en la lucha contra el sistema de economía de mercado. La irracionalidad combativa del sindicato de CONAPROLE, así como el sindicato de la pesca, son sus mejores exponentes. Son saboteadores del sistema antes que defensores de los derechos de los trabajadores. Desde el PIT CNT se vuelve a asumir como gran objetivo la reducción de la jornada laboral, nada más absurdo en un país cuya competitividad está afectada por los costos y la falta de productividad laboral.
Mientras tanto, la guerra en Medio Oriente y las vicisitudes de nuestro clima imponen condicionamientos adversos que operan en contrario a cualquier intención en el sentido de la propuesta del Poder Ejecutivo. Como bien dice el expresidente Sanguinetti en sus reflexiones del pasado domingo, la guerra no cambia las prioridades, pero impone un esfuerzo adicional en el gasto público y la necesidad de mejorar los estímulos a la inversión. Decimos desde este espacio: demasiadas condicionantes para un gobierno de izquierda, siempre propenso al gasto antes que a la austeridad en la gestión de gobierno.
Ni ansiosos ni pesimistas, esperamos con creciente expectativa la gestión del texto que deberá constituir la ley de la competitividad, a la vez de las otras medidas sobre las que se trabaja, pero que, según el Ministro, no formarán parte de la misma —energía, logística, relaciones laborales—.
Mientras tanto, al menos podremos comprar la pasta de dientes más barata...
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