Edición Nº 1096 - Viernes 4 de setiembre de 2026

Cómo perder una elección teniendo más votos: cuando el enemigo está en la propia Coalición

Edición Nº 1096 - Viernes 4 de setiembre de 2026. Lectura: 6'

Por Juan Carlos Nogueira

Juan Carlos Nogueira analiza las condiciones que debería reunir la Coalición Republicana para transformar su caudal electoral en una mayoría política efectiva. A partir de la experiencia de 2024 y de algunos conceptos de la teoría de juegos, advierte sobre los riesgos de la fragmentación, los intereses partidarios y la falta de una estrategia común de cara a 2029.

Napoleón Bonaparte supo hacer algo extraordinariamente bien: derrotar a sus enemigos atacándolos por separado.

Mientras las potencias europeas combatían cada una por su cuenta, Napoleón podía concentrar sus corps d’armée contra una de ellas, derrotarla y luego dirigirse contra la siguiente. La respuesta de sus adversarios fue entender que necesitaban actuar como una coalición coordinada. La Séptima Coalición lo derrotó definitivamente en Waterloo, el 18 de junio de 1815.

Uruguay enfrenta hoy, en otro escenario, un problema estratégicamente parecido.

La oposición puede seguir siendo una suma de partidos o convertirse en una fuerza política real. De esa decisión dependerá, en buena medida, su capacidad para disputar el gobierno en 2029.

El primer problema de la Coalición Republicana no es electoral. Es político: el egoísmo de sus propios integrantes.

Cada partido tiene razones lícitas para defender su identidad, sus dirigentes y su espacio. Pero el problema aparece cuando esa defensa de los intereses propios termina haciendo imposible la cooperación.

La teoría de juegos describe este problema como el dilema del prisionero: incluso cuando cooperar beneficia a ambos, cada jugador tiene incentivos para desconfiar del otro.

Cada líder debería preguntarse de qué sirve que su partido gane una pequeña ventaja si, para conseguirla, hace perder la elección a toda la coalición. Esto requiere grandeza política. Ninguna arquitectura institucional será suficiente si los dirigentes no están dispuestos a subordinar sus intereses particulares a un objetivo mayor. Ganar una pequeña batalla partidaria y perder el gobierno es, en definitiva, una forma sofisticada y mezquina de derrota.

La cooperación debe ser franca y leal. Los dirigentes tendrán que aceptar que ganar juntos exige, algunas veces, ceder. Esa renuncia es precisamente lo que distingue el liderazgo del cálculo partidario.

La cooperación tampoco puede depender de la buena voluntad. Necesita reglas claras para resolver candidaturas, representación, programa y conflictos. La Coalición debe preservar la identidad de sus integrantes, pero también dejar claro que ningún interés partidario puede estar por encima de la victoria del conjunto.

En octubre de 2024, el Partido Nacional, el Partido Colorado, Cabildo Abierto, el Partido Independiente y el Partido Constitucional Ambientalista sumaron unos 90.000 votos más que el Frente Amplio. Un mes después, el candidato del Frente Amplio derrotó al candidato apoyado por la Coalición por unos 93.000 votos.

La Coalición tenía en octubre una base electoral potencialmente mayor que el Frente Amplio, pero no consiguió convertirla en una fuerza suficientemente cohesionada para ganar el balotaje.

¿Por qué ocurrió? Porque los votos separados no producen necesariamente el mismo resultado que los votos coordinados. La fragmentación tiene su precio.

La teoría de juegos ofrece aquí otro concepto útil: la coalición ganadora. No importa cuánto pesa cada jugador, sino si la combinación alcanza el umbral necesario para ganar. Y existe además el concepto de jugador pivote, aquel cuya incorporación puede transformar una coalición perdedora en ganadora.

Ya no alcanza con saber cuánto pesa electoralmente cada partido, sino qué capacidad tiene para modificar el resultado del juego. Allí aparecen dos casos particulares: un partido que perdió buena parte de su caudal electoral y una corriente política todavía pequeña, pero con posibilidades de crecimiento. Cabildo Abierto y Eduardo Lust representan, por razones distintas, dos actores cuyo peso futuro puede ser diferente del que indica la última elección.

Cabildo Abierto muestra con claridad el problema. En 2019 obtuvo 11,46 % de los votos. En 2024 cayó a alrededor del 2,6 %. No estamos, por tanto, ante el mismo actor electoral.

Sería un error calcular el futuro de la Coalición sumando mecánicamente el caudal que Cabildo Abierto obtuvo en 2019.

Tampoco resulta relevante retener a Manini o a sus dos diputados. Los partidos pueden crecer, reducirse, transformarse o desaparecer. Los electores, en cambio, pueden cambiar de partido. Por eso la Coalición no debería obsesionarse con conservar determinadas estructuras partidarias. Su preocupación debería ser representar al electorado necesario para construir una mayoría. En el caso de Cabildo Abierto, el objetivo no es tanto conservar su estructura como recuperar a quienes alguna vez confiaron en ella.

El caso de Eduardo Lust es diferente. El Partido Constitucional Ambientalista obtuvo una votación pequeña en 2024. Pero medir su futuro exclusivamente por ese resultado sería ignorar el crecimiento de una audiencia que todavía no se ha convertido en votos.

Lust está construyendo una presencia propia a través de redes sociales, YouTube, entrevistas, reuniones y recorridas por el país. Lo que sí puede observarse es que está captando electores antes que estructura electoral. Si logra convertir esa audiencia en organización, podría convertirse en uno de los dirigentes con mayor capacidad para atraer votantes desencantados de distintos partidos.

Además, ha defendido la idea de que la Coalición Republicana debería competir bajo un lema común, preservando a los distintos partidos como sublemas. Si esa propuesta prosperara, Lust podría convertirse en un jugador pivote. Aunque su votación de 2024 haya sido pequeña, su capacidad para modificar el juego podría ser considerablemente mayor.

Una coalición política no tiene solamente magnitud; también tiene dirección. Por eso la mejor metáfora no es la suma aritmética, sino la suma de vectores. Si sus fuerzas apuntan en direcciones diferentes, pueden neutralizarse. Si convergen hacia un objetivo común, la fuerza resultante es mayor.

Esa es la diferencia entre una alianza electoral coyuntural y una alianza política perdurable. Porque si la Coalición llega al gobierno y los partidos vuelven inmediatamente a competir entre ellos, la victoria habrá sido solamente circunstancial. La verdadera victoria es sobrevivir a la victoria.

Quienes votamos para impedir que el Frente Amplio vuelva a gobernar estamos atentos.

Observamos qué hacen y qué están dispuestos a sacrificar los dirigentes de cada uno de los partidos que integran la Coalición Republicana. No les pedimos que renuncien a sus identidades ni a sus convicciones. Pero les exigimos que estén a la altura de las circunstancias. Ninguna ventaja partidaria, candidatura personal o cálculo de corto plazo puede justificar poner en riesgo la posibilidad de una mayoría.

Porque si la Coalición no se concreta, el problema no será solamente de sus dirigentes. Será de todos los que queremos una alternativa al Frente Amplio. Los votos que hoy parecen suficientes pueden volver a dispersarse y terminar, una vez más, en una derrota. Por eso la ciudadanía no debería limitarse a esperar: debe hacerles saber a sus representantes qué espera de ellos. Hay que llamarlos, escribirles, exigirles.

La elección de 2029 no empieza a disputarse el día de los comicios. Puede empezar a perderse mucho antes, cada vez que un dirigente anteponga su interés partidario a la construcción de una mayoría. Es ahora cuando debemos hacerles saber a quienes nos representan que la Coalición no es propiedad de sus dirigentes: también pertenece a los ciudadanos que vemos en ella la posibilidad de una mayoría.



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