Edición Nº 1076 - Viernes 10 de abril de 2026

Como cada año, jineteadas y tradición vs. animalismo e ideología

Viernes 10 de abril de 2026. Lectura: 4'

Por Tomás Laguna

Una vez más, como cada año, en ocasión de las jineteadas, mal llamadas domas por los puebleros que poco entienden, se suceden las reivindicaciones animalistas con una trascendencia mediática propia de los tiempos que corren.

Por cierto que en la actualidad rural hay temas más trascendentes que este que nos ocupa hoy. Basta mencionar que aún no ha sido posible superar las consecuencias de la crisis hídrica sufrida desde el inicio del verano, en tanto los costos de producción, guerras de por medio, amenazan la ya de por sí vapuleada competitividad de nuestra agroindustria de exportación. Pero el paréntesis se hace necesario para no pasar por alto la reiterada, y no por eso absurda, proclama animalista y su consecuente reclamo, que se repite año tras año, utilizando para ello el escenario de las Criollas en la Rural del Prado. Lugar en que logran una repercusión mediática que no tendrían en el Uruguay profundo. Hace exactamente dos años, en este mismo espacio, nos referíamos al mismo tema. Citas que resulta inevitable reiterar.

La primera referencia conocida en la reivindicación moral de los animales nos retrotrae a la obra del Dr. Albert Schweitzer, médico, filósofo, teólogo y músico francoalemán, misionero médico en África y Premio Nobel de la Paz en 1952, padre de la ética ambientalista y autor de la expresión “reverencia por la vida”. Si bien el origen del movimiento se ubica en la década de los ‘60, siendo su referente principal el psicólogo y filósofo británico Richard Ryder. Recién fue en 1978 cuando se logró el reconocimiento mundial del respeto a la vida animal a través de la Declaración Universal de los Derechos de los Animales, aprobada en Naciones Unidas. Desde entonces, incorporado por la Organización Mundial de Sanidad Animal, el concepto de bienestar animal se ha impuesto como condición excluyente para los distintos sistemas de producción. Hoy es posible afirmar que, en Occidente judeocristiano, el respeto a la vida animal ha quedado definitivamente incorporado como un valor más en la construcción de una mejor condición que enaltece al ser humano. Enhorabuena.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con las tradicionales “jineteadas”, una actividad dirigida a reconocer y resaltar una de las destrezas más respetadas de nuestra gente de campo, incluidas entre las tradiciones que más construyen identidad en la sociología del medio rural? Identidad territorial según los distintos “pagos”, a través de la cual la gran familia rural se autorreconoce a sí misma en sus diferencias con el mundo urbano, siempre tan distante y ajeno; identidad generacional, y como tal familiar; identidad como nación, en tanto surge de estas tradiciones una cultura propia arraigada desde el fondo de nuestra historia.

Decíamos desde estas mismas páginas, hace ya dos años, que para el hombre de campo la relación con los animales se construye a partir de un vínculo natural, en una relación de convivencia hombre-animal que surge casi con el despertar a la vida misma y se consolida a través de su discurrir. Una relación que para nuestros paisanos fluctúa entre el utilitarismo y los sentimientos, en particular con el caballo, su “flete” e instrumento de trabajo, su compañero de todas las horas desde la misma niñez. Decíamos entonces que nadie es capaz de comprender y respetar más la naturaleza que quien está supeditado a convivir y depender de ella.

Una referencia adicional al fenómeno de las jineteadas. Ninguno de los ejemplares utilizados para estas es pasible de ser domado y, consecuentemente, utilizado para las tareas de campo. Son animales de carácter indómito por naturaleza, y como tal la única razón de criarlos es para servir en estas competencias camperas que distinguen al jinete capaz de aguantar arriba del lomo los violentos corcovos del potro. Tan es así que, de no haber jineteadas, todos estos ejemplares terminarían engordados para frigorífico, no habiendo otro uso alternativo para ellos. Por el contrario, se los cría en tropillas donde son muy bien cuidados a lo largo de todo el año.

Pero ninguna de estas consideraciones es válida para el animalista posmoderno, donde la ignorancia —por un lado— y el fundamentalismo ideológico —por otro— los vuelven torpes reivindicadores de causas inconducentes en el ejercicio del culto a una de las tantas microideologías surgidas desde inicios de este siglo. Hay autores que sostienen que la ideología procura adecuar la realidad social a principios inamovibles, que no necesariamente se compadecen de la naturaleza humana, y donde la imposición de sus preceptos requiere de una buena cuota de fundamentalismo totalitario, no exento de acciones violentas. Basta recordar las agresivas manifestaciones de estos grupos en Criollas anteriores y en la propia exposición ganadera que anualmente se realiza en el histórico predio del Prado. Hoy, al menos, se abstienen de estas y se dedican a juntar firmas de algún incauto pueblero.

Seguramente estos reclamos serán de reiteración anual. En tanto sean proclamas de mero objetivo mediático, no pasarán de ser parte del pintoresquismo de una movilización más entre las tantas microideologías posmodernas. Por lo pronto, que no muera nunca la tradición...



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