Por Alicia Quagliata
La revitalización no puede reducirse a escenografía urbana mientras la seguridad, los servicios y la actividad económica continúan deteriorándose.
El Intendente Mario Bergara ha presentado recientemente un plan para la Ciudad Vieja con un diagnóstico que, aunque califica la situación de "lamentable", me resulta técnicamente audaz. Presentar hoy una hoja de ruta de revitalización como si fuera un descubrimiento reciente, siendo parte de una estructura que ha gestionado Montevideo por 35 años, no es planificación; es la admisión de un fracaso acumulado.
La Ciudad de Escenografía
La gestión de la Ing. Carolina Cosse nos dejó una "Ciudad Escenografía". Se priorizó el impacto visual —peatonales de diseño y mobiliario para la foto—, descuidando los servicios básicos que sostienen la vida real. Hoy, el intendente anuncia planes de movilidad mientras el territorio muestra un déficit alarmante. Es el caso de las paradas de ómnibus: muchas fueron retiradas y jamás repuestas, y otras tantas, sencillamente, no existieron nunca tras los cambios de rutas del transporte público. Esta descoordinación deja al trabajador o al adulto mayor a la intemperie total, esperando un servicio en puntos donde la infraestructura no acompañó al trazado.
A esto se suma la contradicción de la movilidad: mientras se eliminaron espacios de circulación, se aumentó la extensión del estacionamiento tarifado, especialmente en la rambla tras las modificaciones por la ciclovía. Lo que antes era una doble vía de libre estacionamiento hoy es una senda tarifada que asfixia al vecino, al comerciante y, sobre todo, al trabajador. Aquel que no puede costear la tarifa diaria es empujado a estacionar cada vez más lejos de su destino. No existe "vanguardia urbana" si no se garantiza lo mínimo. ¿Cómo pretenden atraer inversores si no pueden asegurar siquiera un refugio digno o higiene básica en las calles?
Gentrificación: El enfoque social ausente
Se propone el desarrollo inmobiliario de lujo como motor de cambio, pero este enfoque ignora deliberadamente la dimensión social y nos enfrenta a un proceso de gentrificación de manual. ¿A dónde irán las familias cuando el mercado las expulse por el aumento de costos generado por este nuevo "brillo" inmobiliario?
Parece que el plan busca sustituir a la población en lugar de integrarla. La seguridad y la convivencia no pueden ser una externalidad que "llegará" con el lujo; son una obligación del Estado para con quienes ya están allí. Apostar todo a la inversión privada sin un plan de contención para el habitante actual es, sencillamente, vaciar el barrio de su gente para convertirlo en un producto de mercado.
Dos visiones, la misma parálisis
A este escenario se suma la postura de Gonzalo Civila, quien admite que la crisis social de la gente en calle "superó la realidad". Es una fractura evidente: mientras un sector reconoce el desborde social, el otro propone fideicomisos para viviendas premium. Esta contradicción mantiene al barrio en un "parate" crónico. El Estado actúa como el "perro del hortelano": ni resuelve la emergencia social con operativos de fondo, ni permite que el pequeño propietario respire bajo una burocracia patrimonial asfixiante que protege el papel, pero abandona el ladrillo.
Inversión real vs. Dependencia crediticia
Se habla de "articulación de recursos", una narrativa que históricamente ha encubierto la dependencia de préstamos internacionales para financiar diagnósticos en lugar de obras estructurales. Sus dichos omiten la falta de mecanismos de crédito directo para que el vecino real intervenga su propiedad.
La realidad es que, mientras se diseñan maquetas, el barrio se desangra: grandes empresas hoy se retiran de la Ciudad Vieja, dejando oficinas vacías para buscar ubicaciones que ofrezcan facilidades de acceso reales para sus clientes y trabajadores. El mercado corporativo no espera a los fideicomisos; huye de la parálisis y la falta de servicios.
Conclusión: el alma no se licita
No se arregla un asado cuando la carne ya se quemó. La inercia de décadas no se revierte con acciones mediáticas ni instalando tótems tecnológicos en la Plaza Matriz, mientras a pocas cuadras el descuido de las luces y el vacío de las calles generan una atmósfera de total desprotección.
Es un error pensar que debemos elegir entre el vecino y el visitante. El turismo es el gran motor desaprovechado de nuestra historia; pero un turista busca un barrio que lata. ¿Cómo pretendemos que el visitante se enamore de nuestras calles si después de las 18:00 h el entorno es tan hostil que expulsa hasta a sus propios habitantes? La seguridad no es un "plus" para el inversor, es el derecho básico de quien camina la vereda.
La Ciudad Vieja no es una maqueta para experimentos electorales. Es el lugar donde nació Montevideo y donde hoy, tristemente, se nos muere un poco cada día entre promesas de lujo y realidades de abandono. Cada vez que una parada no se repone, que una empresa se marcha o que un vecino cierra su puerta por última vez, el barrio pierde un pedazo de verdad.
No se puede permitir que la "revitalización" sea solo el nombre elegante para una ciudad de fachadas iluminadas y calles vacías. La prioridad debe ser recuperar la luz en los ojos del que vive allí y la tranquilidad del que abre su negocio. Porque una ciudad que no sabe cuidar a los suyos jamás tendrá nada real que ofrecer a los demás. Y el alma de un barrio, una vez que se pierde, no hay fideicomiso en el mundo que pueda comprarla de vuelta.