Edición Nº 1095 - Viernes 28 de agosto de 2026

China, poder, mercado y futuro

Viernes 28 de agosto de 2026. Lectura: 8'

Por Elena Grauert

Una mirada a la China contemporánea permite advertir una combinación tan poderosa como contradictoria: desarrollo económico, innovación tecnológica y competencia feroz conviven con un sistema político que mantiene un estrecho control sobre la sociedad. El progreso, al mismo tiempo, genera nuevas aspiraciones y tensiones que pueden terminar desafiando el modelo que lo hizo posible.

La idea de este artículo es hacer una crónica de un viaje a la China comunista, con el fin de compartir experiencias, ideas y percepciones sobre realidades tan diferentes pero tan cercanas, tan iguales y tan diversas, en un mundo que se achica y, a la vez, se agranda, y que debemos cuidar.

China no cabe en una postal de rascacielos ni en una consigna ideológica; es una forma diversa de concebir el mundo en cuanto al trabajo, el mercado y las creencias, así como las contradicciones que trae consigo el futuro.

Describir el paisaje del este de China es hablar de un bosque de rascacielos, con algunos edificios tan monumentales que son verdaderas obras de arte del neofuturismo. El movimiento de sus estructuras, los espejos, las formas, el juego de luces en la noche y su altura representan una ruptura con un pasado tradicional, donde la exaltación de la belleza y la tecnología impactan.

Sin perjuicio de ello, esas pagodas gigantes, muy antiguas, de madera dura, estirándose hacia el cielo con formas sumamente peculiares, parecerían ser las predecesoras de los actuales rascacielos, por su obstinación en alcanzar el infinito.

Ir en tren y ver ciudades inmensas, una tras otra, relativamente cercanas entre sí, donde se elevan miles de edificios de gran altura uno al lado del otro, así como ramblas o autopistas flanqueadas por rascacielos enormes, deja muy por detrás a Nueva York, aquella ciudad icónica caracterizada por sus “buildings”, que representaba la modernidad y también su poderío. Hoy, Shanghai, Hong Kong, Beijing, Xi’an o Hangzhou tienen construcciones arquitectónicas que simbolizan, justamente, ese avance del mundo de hoy, con la tecnología en el centro.

La China pobre y campesina quedó atrás, y todas esas ciudades son las que impulsan el cambio: sacaron a China de la pobreza y cambiaron el paradigma comunista por un capitalismo de competencia feroz, donde no hay separación de poderes y, como en todo régimen autoritario, las personas solo pueden hacer lo que está habilitado por el gobierno.

Las telecomunicaciones y la infraestructura son del Estado. El teléfono celular se introdujo en todas las capas sociales; los medios de pago se realizan mayoritariamente mediante dos aplicaciones, y estas son controladas por el Estado. Cada pago digital deja huellas muy detalladas y centralizadas en plataformas, bancos y organismos reguladores, lo que genera una enorme capacidad estatal de supervisión financiera y social.

Tanto en China como en el resto del mundo, la capacidad de la IA aplicada al control y al análisis de datos genera una potencialidad coercitiva que va mucho más allá de las regulaciones de protección de datos personales. Ya se están provocando cambios sociales y culturales, algunos impredecibles, y muchos atentan contra los márgenes de libertad de los individuos frente al poder del Estado; pero también se generan contrapoderes no estatales, encarnados en empresas o corporaciones mucho más poderosas que los Estados.

La tecnología también incide en la seguridad urbana. El uso masivo de celulares para pagar redujo la circulación del efectivo. Si bien esto solo no eliminó los hurtos o las estafas, la policía, además, cuenta con extensas redes de cámaras de seguridad y de tránsito, sistemas de reconocimiento facial, drones y, en algunas ciudades, robots de patrullaje.

Todo esto ha contribuido a que la delincuencia violenta y los hurtos callejeros sean muy bajos. Debe tenerse presente, además, que eso solo no alcanza: hay una enorme y muy fuerte presencia estatal, un sistema penal muy severo y un gran control de todos los espacios públicos que también inciden en la seguridad. Claramente, en un Estado totalitario, todo esto hace que la privacidad, los derechos individuales y las libertades cedan terreno frente al poder del Estado sobre el individuo.

El paradigma es que el gobierno premia a quienes contribuyen al crecimiento del país, invierten, trabajan y no protestan. El incentivo es poder llegar a generar fortunas; un valor importante es hacer dinero. En la nueva China, gran parte de la sociedad persigue eso, no la equidad ni el reparto del antiguo sistema comunista.

Pero en este mundo absolutamente globalizado también han permeado en China las costumbres, modas y formas de vida de los jóvenes. Por ejemplo, luego de vivir bajo la prohibición de tener más de un hijo, que fue derogada, en las ciudades modernas los jóvenes, al igual que los occidentales, ya no priorizan tener hijos.

Y, como no podía ser de otra forma, apareció el movimiento social y cultural, hoy extendido globalmente, del “lying flat” (conocido en chino como t?ng píng), que nació en China y consiste en una resistencia pasiva frente a la cultura del trabajo extenuante y las presiones sociales imposibles de satisfacer.

El movimiento surge frente a jornadas de trabajo extenuantes —12 horas al día y 6 días laborables—, con una hipercompetencia en el sistema educativo y laboral. Por eso aparece la resistencia civil de “tumbarse” o hacer el mínimo esfuerzo; proclaman vivir con lo mínimo. Se rechazan los empleos para los cuales están sobrecalificados y mal remunerados, así como las consecuencias del avance de la robotización y el desempleo.

Hoy, la sociedad, que se desarrolló exponencialmente, tiene los mismos problemas que en Occidente: costo de vida alto, vivienda, educación y salud, que no se han acompasado con los salarios ni con el paradigma del nivel de vida que se aspira a alcanzar.

Es importante saber que la escuela hasta los 15 años es gratuita, pero todo lo extracurricular se paga: extensión horaria —similar a las escuelas de tiempo completo de aquí—, comida y útiles. Los chinos gastan como mínimo unos 678 yuanes mensuales en educación, equivalentes hoy a unos US$100, pudiendo ser más, dependiendo de la ciudad o de si se trata de una zona rural.

Luego de esa edad, se paga matrícula y hay cupos por excelencia, sin perjuicio de que existen becas, ayudas y exoneraciones para determinados estudiantes. Los jóvenes eligen la universidad y la carrera o las carreras que aspiran a cursar, pero la posibilidad de acceder a ellas está limitada por el resultado del examen de ingreso, “gaokao”, y por los cupos asignados.

Esto ha producido una fractura con la imagen oficial de ascenso continuo o progreso lineal, y el gobierno dice que el descontento viene de la propaganda de Occidente.

El movimiento comenzó a mediados de 2021, cuando Luo Huazhong, un exobrero de fábrica, publicó un texto titulado “Tumbarse es la justicia”. Tras renunciar a su agotador empleo, anduvo en bicicleta miles de kilómetros y defendió un estilo de vida minimalista con ingresos mínimos. Esto se viralizó y se fueron sumando miles de miembros en pocas semanas.

El movimiento tiene un decálogo en el cual los jóvenes adoptaron consignas explícitas de “no cooperación autónoma”: no comprar propiedades, no comprar autos, no casarse, no tener hijos y reducir el consumo al mínimo. Esa es la protesta.

Con los años, el descontento, debido al desempleo juvenil en aumento, que llegó a superar el 21,3% en junio de 2023 y hoy se sitúa en 18,8%, dio pie a nuevas vertientes derivadas del tang ping, como el “bai lan”, que significa abandonar activamente el esfuerzo ante una situación que se percibe como totalmente perdida. También aparecieron los llamados “graduados tumbados”: se volvió viral que los universitarios compartieran fotos de graduación donde, en lugar de festejar solemnemente, posaban tirados en el suelo como cadáveres o “arrojados a la basura”, ironizando sobre la falta de futuro laboral.

El Partido Comunista se preocupó por este asunto y el propio presidente Xi Jinping ha intervenido de forma directa, exigiendo a los jóvenes que “aprendan a comer amargura” —soportar las dificultades— y que dejen de buscar una vida pacífica sin luchar. En un discurso efectuado en agosto de 2021, publicado en la revista oficial Qiushi, pidió crear un entorno que permitiera abandonar las ideas de la involución y de “tumbarse”.

Se restringieron los contenidos referentes al tang ping y se cerraron foros y cuentas que promovían el “derrotismo” o aconsejaban no tener hijos. Incluso se retiró de la plataforma una canción llamada Tang Ping Right, publicada por el músico Shang Xinmin, que la publicó bajo el seudónimo Xhang Busan el 3 de junio de 2021.

En abril de 2026, el Ministerio de Seguridad del Estado chino acusó a organizaciones extranjeras de financiar contenidos favorables a este tipo de conductas, tachando al movimiento “lying flat” de ser parte de una operación destinada a desalentar a la juventud y debilitar el desarrollo económico y social de China.

La realidad, mirada desde afuera, es que el crecimiento económico y el libre mercado traen cambios y aumentan las demandas de bienestar. Está ínsito en el ser humano que, cuanto más progreso hay, mayores son las demandas, sobre todo de mejoras económicas y condiciones laborales.

El ascenso social, que genera una clase media más amplia, educada y acomodada, implica que comiencen a aparecer mayores reclamos de libertad, calidad de vida e independencia. Por lo tanto, el gobierno chino tendrá que enfrentar y administrar tensiones y la propia contradicción que supone contar con una sociedad más desarrollada y un sistema político que limita la libertad individual y los derechos. Es el momento en que el propio mercado comienza a exigir mejores remuneraciones por una mayor calificación técnica y por más tiempo de trabajo. El futuro dirá cuáles serán las respuestas.



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