Edición Nº 1069 - Viernes 20 de febrero de 2026

CONAPROLE y su enfermiza relación con un sindicato irracionalmente combativo

Viernes 20 de febrero de 2026. Lectura: 6'

Por Tomás Laguna

Una vez más, y van…. La intemperancia de un sindicato que actúa al borde del sabotaje pone en riesgo a nuestra principal industria láctea y, con ella, a la sacrificada familia tambera de nuestro país.

En CONAPROLE la relación habitual entre sindicato y empresa es el conflicto. Lo extraordinario, lo anómalo en este vínculo, es la concordia, la estabilidad en el cumplimiento de la jornada laboral. La situación ya es posible definirla como patológica, y cuando esto ocurre las responsabilidades no son unilaterales. ¿Cuáles fueron las circunstancias que permitieron que el desvarío sindical creciera para terminar imponiéndose en las decisiones empresariales mediante la prepotencia, a través de conflictos irracionales, muchos al borde del sabotaje empresarial? Lo cierto es que hoy, en plena zafra estival de venta de productos lácteos, las ventas de la empresa se ven severamente afectadas por las medidas sindicales, con las enormes pérdidas económicas consecuentes. Esta vez, ya por todos conocidos, el origen es a partir de la decisión empresarial de cerrar una planta que daba pérdidas operativas, Rivera, aun despreciando el sindicato las propuestas de la cooperativa por minimizar daños a los funcionarios empleados en aquella.


Por estos días, luego de que el presidente de CONAPROLE regresara al país tras acompañar la expedición gubernamental a China, se precipitó una decisión prevista para fin de mes. La otrora planta industrial riverense había dado lugar a una sede de distribución como salida negociada al conflicto original. En una decisión no exenta de fuerte irritación por parte de la empresa ante el persistente desencuentro y necedad del sindicato, el nuevo emprendimiento sustituto fue cerrado casi de forma intempestiva semanas previas a un cierre ya anunciado.

Si repasamos la historia de los conflictos sindicales en CONAPROLE podemos llegar a comprender el hartazgo de la dirección de la cooperativa.

En una oportunidad la empresa quiso implementar un sistema de incentivos, premiando al personal con responsabilidades jerárquicas en función de los mejores logros obtenidos; el sindicato se declaró en conflicto exigiendo que tal gratificación se extendiera a todos los funcionarios, anulando de esa forma toda posibilidad de dar incentivos para aumentar la productividad laboral.

También merece recordarse el reclamo para mantener en sus puestos a funcionarios que debían ser despedidos tras comprobar que robaban en la planta, o cuando se exigió la continuación de la relación laboral con zafrales aun cuando su contrato estaba ya finalizado.

En el 2013 el conflicto se dio ante el reclamo por mejoras salariales basadas en un ocasional mayor precio de la leche en los mercados externos, lo que hubiera sido suicida para la empresa apenas años más tarde.

En el 2018 el conflicto obedeció a la falta de acuerdo en una serie de reclamos referidos al régimen de antigüedad, descansos, recategorizaciones y, por supuesto, la reducción de la jornada laboral, circunstancias en que los productores debían afrontar una reducción en el precio recibido por la leche remitida.

Por entonces se reclamó también la reposición obligatoria de cualquier vacante que se produjera en la planta industrial, incluso ante la jubilación de un funcionario, enfrentando de esa manera cualquier decisión de invertir en mejoras tecnológicas que implicaran menor empleo y, en consecuencia, menores costos operativos.

En 2019 hubo un nuevo conflicto como respuesta a la decisión del directorio de cerrar la planta de San Carlos por razones de mejor gestión.

Hubo casos tan absurdos como el rechazo sindical a la sustitución de bancos largos por asientos individuales en la planta de “Villa Rodríguez”, medida implementada durante la pandemia.

En el 2022, justificándose en falta de avances en los Consejos de Salarios, AOEC determinó paros parciales, trabajo a reglamento y otras medidas con el objetivo de distorsionar la operativa industrial, incluso amenazando parar las exportaciones y generar desabastecimiento de productos lácteos en todo el país.

Un año más tarde la intemperancia sindical declaró un nuevo conflicto como medida de rechazo a la inversión de la empresa en maquinaria que triplicaba la capacidad de envasado de leche UHT en caja frente al usado hasta entonces, lo que implicaba menor ocupación de personal.

Seguramente se nos quedan olvidados otros muchos conflictos; no están enumeradas las permanentes distorsiones laborales ante situaciones menores, por casos puntuales en las relaciones humanas entre empresa y obreros.

¿Con quién se enfrenta este sindicalismo tan combativo e irracional? CONAPROLE es una cooperativa de productores lecheros, de tamberos, no de industriales asociados y/o inversores extranjeros dispuestos a esquilmar trabajadores. La cooperativa es propiedad de los productores remitentes, todos los que dependen para su viabilidad de la buena gestión de la empresa, de modo de lograr un valor competitivo por la leche remitida, producto de una sacrificada labor que no se compadece de horarios ni días de descanso. Mucho menos licencias como sí lo tiene por derecho cada funcionario de CONAPROLE. En los últimos 20 años muchos productores remitentes debieron abandonar la actividad; fueron más del 30% de la matrícula. Preocupante situación que persiste hoy. Quienes se van son los más pequeños, los de menos escala. Situación que perdura año tras año ante la falta de resultados que alienten a la gente joven a continuar en el rubro. En buen romance, la lucha de los sindicalistas de la industria láctea no es contra la plusvalía de un ambicioso empresario o inversor; su iracundia irracional está dirigida contra la familia tambera y la posibilidad de que se mantengan en la producción.

¿Será esta la batalla final? Por lo pronto la Asociación Nacional de Productores de Leche, gremial tambera de alcance nacional, ya hizo pública su postura de vender la planta industrial de CONAPROLE, fuente de todos los conflictos, para pasar a tercerizar la industrialización, procurando de esa manera extirpar el tumor que tienen metido adentro… ¡¡Entre los productores ya se hace carne un sentir de “¡¡NO VA MÁS!!”. La pulseada resulta difícil de predecir en sus resultados.

Para peor estamos en tiempos en que se eligió al zorro para cuidar el gallinero: un ex presidente de la central sindical, ex secretario general del Partido Comunista, ha sido la persona designada al frente de la Secretaría de Estado con responsabilidades en las relaciones laborales. Ante el anuncio del presidente de CONAPROLE de cortar grueso y cerrar definitivamente la planta motivo del conflicto, el ministro de Trabajo ha procurado mostrarse conciliador y preocupado. Por cierto, mantiene un vínculo directo con sus pares históricos del sindicato de CONAPROLE, mientras que sabemos que pretende hacer lo propio con las gremiales lecheras de alcance regional en un intento por seducirlas con un lenguaje sosegado. “Mala tos le siento al gato —dijo el perro— y lo tenía arriba’el lomo…”.

Qué derrotero seguirá este conflicto es difícil de predecir, pero aun llegando a algún acuerdo, por el momento impensado, lo cierto es que, de una buena vez y por el bien de la cadena productiva lechera, en particular sus productores, se hace impostergable terminar con esta historia de conflictos desmelenados y saboteadores. Tal vez sea el momento de plantearse si CONAPROLE reúne las condiciones para gestionar una industria láctea a partir de un directorio de productores lecheros. Por la misma familia tambera sería oportuno un sinceramiento en ese sentido. No en vano ANPL ya propone la tercerización industrial.

El ejemplo de SANCOR en Argentina, fundida por la intemperancia de su sindicato, es la mejor evidencia de cuál es el horizonte al que se expone CONAPROLE y la lechería uruguaya.



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