Briozzo y la revolución de los epítetos
Viernes 7 de agosto de 2026. Lectura: 6'
Por Santiago Torres
Presentado como un intento por renovar el pensamiento de la izquierda latinoamericana, el ensayo de Leonel Briozzo recicla viejos dogmas, relativiza experiencias autoritarias y reemplaza el rigor conceptual por un lenguaje diseñado para galvanizar a los convencidos. Una batalla cultural librada con consignas difícilmente pueda producir ideas nuevas.
Una de las mayores dificultades que enfrenta hoy la izquierda latinoamericana es la pérdida de un relato capaz de convencer más allá de sus propias filas. Leonel Briozzo parece advertir ese problema en Rebeldía desde el sur. Cómo enfrentar a la ultraderecha y construir un futuro de izquierda en América Latina. Sin embargo, el camino que propone para resolverlo no consiste en reconstruir un edificio intelectual sólido, sino en sustituir los argumentos por un lenguaje destinado a movilizar emociones.
Paradójicamente, el libro incurre en el mismo recurso que atribuye a la ultraderecha.
A lo largo de sus páginas —según surge de la entrevista concedida a la diaria— el capitalismo deja de ser un sistema económico susceptible de análisis para convertirse en un “cáncer planetario”; los empresarios pasan a ser “psicópatas del lucro”; los adversarios políticos son “tecnoligarcas” o exponentes de una “violenta ultraderecha”; Estados Unidos pretende convertir a América Latina en una “zona de vasallaje”.
La acumulación de calificativos —puro branding para marcar territorio— no reemplaza una demostración: apenas intenta predisponer emocionalmente al lector antes de que éste examine la evidencia.
No es casual. Ese tipo de lenguaje conecta mucho mejor con la indignación del militante que con el intelecto del ciudadano. Cuando las categorías analíticas escasean, aparecen los epítetos. Cuando los conceptos pierden fuerza, sobreviven los eslóganes.
No deja de ser llamativo que un libro que denuncia el supuesto empobrecimiento del debate público termine reproduciendo exactamente aquello que critica.
Briozzo propone rescatar palabras como “socialismo” y “revolución”, aunque rápidamente aclara que se trataría de “nuevos socialismos, diversos, democráticos, feministas, ecológicos y latinoamericanos”.
La fórmula suena novedosa únicamente para quien no haya leído cuatro décadas de literatura política de la izquierda latinoamericana. Desde finales de los años ochenta abundan referencias al socialismo democrático, al socialismo del siglo XXI, al ecosocialismo, al feminismo socialista, al socialismo latinoamericano o al socialismo participativo.
El problema no es el adjetivo. El problema es la ausencia del sustantivo.
¿Qué instituciones concretas diferenciarían ese “nuevo socialismo” de las economías mixtas que ya existen? ¿Cómo funcionaría el sistema de precios? ¿Qué papel tendrían la propiedad privada, la inversión o la competencia? ¿Cómo se evitaría la concentración de poder político? El libro, al menos según lo expuesto, ofrece más consignas que respuestas. Los adjetivos reemplazan a las definiciones.
Otro ejemplo aparece cuando Briozzo reivindica los plebiscitos como instrumentos para que determinadas políticas trasciendan los gobiernos y, al mismo tiempo, advierte —correctamente— que sin respeto por las reglas del juego democrático los proyectos terminan deteriorándose.
Es difícil discrepar con esa afirmación. Pero precisamente por eso llama la atención la omisión de una experiencia muy cercana.
En Uruguay acabamos de vivir el plebiscito sobre la reforma de la seguridad social en 2024. La ciudadanía rechazó la propuesta. En una democracia constitucional madura, el punto final de ese proceso debería ser precisamente el respeto por el pronunciamiento popular, aun cuando el resultado no agrade a quienes promovieron la iniciativa.
Los plebiscitos sólo fortalecen la democracia cuando todos aceptan que el pueblo puede decidir en un sentido distinto del que uno desea. De lo contrario, dejan de ser un mecanismo de participación para convertirse en una herramienta válida únicamente cuando confirma las propias convicciones.
Sin embargo, el gobierno que Briozzo integra legitimó el “Diálogo Social” que se proponía desconocer el resultado de aquél plebiscito.
Hay una segunda omisión, todavía más significativa. Briozzo afirma que el caso venezolano demuestra que sin democracia sólida y sin respeto por las reglas del juego los procesos de cambio terminan desgastándose.
La reflexión sería irreprochable si no proviniera de un espacio político que durante años miró con indulgencia —cuando no con abierta simpatía— la progresiva demolición de la democracia venezolana. El Movimiento de Participación Popular, como buena parte de la izquierda latinoamericana, acompañó durante demasiado tiempo un proceso que fue vaciando de contenido las instituciones republicanas, concentrando el poder, persiguiendo opositores y desnaturalizando las elecciones.
Resulta saludable que hoy se reconozca la importancia de la democracia. Lo que cuesta aceptar es que esa conclusión aparezca como una novedad después de décadas de justificaciones, silencios o explicaciones complacientes frente a uno de los mayores fracasos políticos de la izquierda latinoamericana contemporánea.
Da la impresión de que ciertos sectores progresistas siempre están anunciando que han aprendido las lecciones de la historia, pero cuando llega el momento decisivo vuelven a tropezar con las mismas fascinaciones ideológicas. Pasó con la Unión Soviética, pasó con Venezuela, pasó con Cuba...
Las izquierdas repiten una y otra vez, en plan de autocrítica flagelante, que “hay que aprender de los errores” pero al final del día resulta que no aprenden absolutamente nada. Con la precisión de un relojito suizo, siempre vuelven a su fascinación fetichista por los despotismos.
Y hablando de despotismos, donde las contradicciones alcanzan su máxima expresión es en el tratamiento que el subsecretario da a China.
Briozzo sostiene que el gigante asiático constituye una demostración de que un modelo socialista puede combinar equidad, crecimiento económico y desarrollo tecnológico de punta.
La realidad resulta bastante más incómoda para esa tesis.
China redujo la pobreza de manera extraordinaria. Nadie serio lo discute. Pero lo hizo después de abandonar la economía maoísta e introducir propiedad privada, inversión extranjera, competencia internacional, zonas económicas especiales, apertura comercial y una vigorosa acumulación de capital privado. Hoy alberga algunas de las mayores empresas tecnológicas del mundo y cientos de multimillonarios. Difícilmente pueda describirse ese entramado como una refutación del capitalismo.
Más llamativa todavía resulta su afirmación de que la idea según la cual no existe libertad sin democracia representativa constituye una “construcción básicamente occidental” y que no se siente capacitado para criticar el autoritarismo chino porque hacerlo supondría incurrir en un “maniqueísmo occidental”.
Ese argumento tiene una larga historia.
Es el viejo relativismo cultural utilizado durante décadas para justificar que determinados pueblos tendrían concepciones diferentes sobre la libertad, los derechos humanos o la democracia y que, por tanto, Occidente no debería formular críticas.
El inconveniente es que semejante razonamiento termina invisibilizando precisamente a las víctimas de esos regímenes. Los perseguidos políticos, los periodistas censurados, los abogados encarcelados, los activistas desaparecidos o las minorías reprimidas dejan de ser personas titulares de derechos universales para convertirse en una simple particularidad cultural.
Si los derechos humanos dependen de la geografía o de la “dimensión cultural”, dejan de ser derechos humanos. Terminan siendo concesiones del poder.
Briozzo sostiene que pretende reconstruir un marco conceptual para librar la batalla cultural contra el sentido común capitalista.
El resultado, sin embargo, parece bastante más básico.
Lejos de ofrecer una renovación del pensamiento socialista, el libro recurre a un repertorio de lugares comunes que la izquierda viene repitiendo desde hace décadas, apenas actualizado con nuevas etiquetas. Su principal herramienta no es la elaboración conceptual, sino la movilización emocional; no la discusión rigurosa, sino la acumulación de calificativos.
Quizás eso alcance para galvanizar a una militancia necesitada de reafirmar sus convicciones.
Difícilmente alcance para convencer a quienes todavía esperan encontrar, detrás de tanta retórica, una verdadera idea nueva.
|
|
 |
La escalada que nadie necesita
|
¿Nos olvidamos del electorado fatigado? Julio María Sanguinetti
|
El general Paz volvió a escena en una velada dedicada a la historia rioplatense
|
La historia de los caminos del Uruguay llega al centro del debate
|
La desaceleración exige respuestas
|
Un mercado laboral que dejó de avanzar
|
FNC y el límite de un modelo
|
La omisión del MGAP que cerró Europa a los caballos uruguayos
|
Los fiscales Luis Hierro López
|
Briozzo y la revolución de los epítetos Santiago Torres
|
Chicotazo y la Liga Federal de Acción Ruralista, movimiento político antibatllista Tomás Laguna
|
El Balance Estratégico de Talento: una nueva forma de mirar el desarrollo Fitzgerald Cantero Piali
|
Mi amigo Chicotazo Eduardo Irigoyen
|
Más de 50 disparos Angelina Rios
|
Barreras invisibles: cuando la regulación de la movilidad frena la inclusión Marcela Pérez Pascual
|
La inercia del ministro Negro Juan Carlos Nogueira
|
Antes del permiso Alicia Quagliata
|
Mercosur-UE: la clave está en las cuotas Alvaro Valverde Urrutia
|
La palabra libre Susana Toricez
|
Avigdor Liberman: “El problema en Israel es la utilización política de la religión, no seremos un estado teocrático como Irán o Arabia Saudita” Eduardo Zalovich
|
Ceuta: una crisis migratoria con demasiadas preguntas y pocas respuestas
|
La intervención de Estados Unidos para apuntalar el yen: por qué ocurrió, quién ganó, quién perdió y si puede repetirse
|
El proyecto de Milei que suma el respaldo de Cavallo
|
Frases Célebres 1092
|
Así si, Así no
|
ENTRE DICHOS
|
|