Blanca, Constanza y el complot universal
Viernes 28 de agosto de 2026. Lectura: 4'
Si algo quedó claro en una recorrida de Blanca Rodríguez y Constanza Moreira por un comité de base es que los problemas del Frente Amplio tienen una explicación reconfortante: casi siempre la culpa es de otro. La oposición está enojada, los medios manipulan, los militantes sufren y hasta la esclavitud ha hecho una inesperada reaparición en el Uruguay del siglo XXI.
Hay días en que la política nacional abandona la prosa y se interna decididamente en el género del sainete. Joaquín Silva contó este jueves en El País una de esas pequeñas maravillas: Blanca Rodríguez y Constanza Moreira hablando ante militantes frenteamplistas, explicándoles por qué están enojados ellos, por qué está enojada la oposición y, de paso, quiénes deberían cargar con buena parte de la responsabilidad por tanta desazón.
El panorama es estremecedor.
La derecha, explicó Blanca Rodríguez, está enojada porque perdió las elecciones, porque el Frente Amplio avanzó con denuncias por el caso Cardama y porque el gobierno consiguió dos votos de Cabildo Abierto. Parece que una parte importante de la política uruguaya puede interpretarse ahora mediante una especie de psicología de jardín de infantes: los otros están rabiosos porque perdieron.
No discrepan: patalean.
No cuestionan: tienen una rabieta.
No votan con el gobierno: todavía no elaboraron el duelo de noviembre.
Pero la verdadera joya llegó cuando ambas senadoras dirigieron la mirada hacia ese enemigo formidable de todos los gobiernos cuando las noticias dejan de gustarles: la prensa.
Moreira confesó que lee titulares y se quiere matar. Rodríguez fue mucho más precisa. Se quejó de que la conferencia de prensa que el Frente Amplio había realizado sobre Cardama no hubiera sido portada “ni de La Diaria”, mientras sí había recibido destaque la conferencia de la Coalición Republicana y la denuncia contra la ministra Sandra Lazo.
Hay que detenerse un instante para disfrutar de la escena.
Blanca Rodríguez.
La misma Blanca Rodríguez que durante décadas ocupó uno de los lugares de mayor responsabilidad periodística del país, seleccionando, presentando y jerarquizando información en Subrayado, descubre ahora, desde una banca del Senado, que no todo aquello que un partido considera importantísimo tiene obligación de convertirse en la principal noticia del día.
Debe de ser durísimo.
Tras tantos años del otro lado del mostrador, Rodríguez parece haberse topado con una revelación formidable: los medios tienen editores. Y esos editores incluso pueden cometer el sacrilegio de considerar que la conferencia de prensa del Frente Amplio merece menos destaque que el Frente Amplio quisiera.
Constanza Moreira, menos contenida, directamente pidió tener “ojo con la gran manipulación” y sostuvo que los medios cumplen un papel importante en el enojo de los militantes.
El cuadro ya quedaba completo: si un frenteamplista se irrita con su gobierno, tal vez no sea porque el gobierno hizo algo que lo irritó. Puede haber sido un titular.
Si se decepciona, cuidado: quizá haya leído el diario.
Si protesta, antes de preguntarle qué salió mal conviene revisar qué noticiero estuvo mirando.
Por fortuna, una militante cometió allí mismo la impertinencia de introducir realidad en la conversación. Recordó que no podía echarse “la culpa de todo a todo el universo exterior” y señaló que la famosa definición de que las bases padecían una “carencia anímica” no había sido inventada ni por El País ni por El Observador: había salido del propio Frente Amplio.
Debe reconocérsele coraje.
Porque la victimización ya venía en formato mayorista.
Moreira había descrito además algunas posiciones de la oposición sobre las transferencias sociales como expresión de una concepción “tan cercana al esclavismo” que dijo no haber visto algo semejante en pleno siglo XXI.
Es difícil competir con semejante despliegue retórico.
De discutir acerca de cómo instrumentar políticas sociales pasamos al esclavismo.
De discrepar con una Rendición de Cuentas pasamos a condenarse a la “irrelevancia política”.
De que los diarios elijan una portada distinta a la deseada pasamos a la “gran manipulación”.
Y del malhumor de una militancia que reclama más resultados pasamos a buscar responsables en el sistema solar exterior al Frente Amplio.
Todo en una sola tarde.
Tal vez el gobierno y sus legisladores deberían considerar una hipótesis bastante menos sofisticada: que los medios a veces publican noticias incómodas porque las noticias incómodas existen; que la oposición se opone porque para eso la votaron; y que los propios militantes pueden estar molestos, sencillamente, porque esperaban más de un gobierno al que ayudaron a llegar al poder.
No hay conspiración indispensable.
No hace falta invocar esclavistas, manipuladores, derrotados resentidos ni fuerzas oscuras.
A veces una portada es apenas una portada.
Y un enojo, aunque resulte menos consolador, puede ser simplemente un enojo con los de casa.
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