Edición Nº 1069 - Viernes 20 de febrero de 2026

Bergoglio y Milei, entre teocracia y democracia

Viernes 1 de noviembre de 2024. Lectura: 5'

Mientras Cristina y Kicillof se pelean por la “izquierda” peronista, en el Gobierno se pelean por la “derecha”. De ahí el intenso trajín entre Buenos Aires y Roma, entre Argentina y el Papa, asegura el hisotriador Loris Zanatta en una interesante columna para Clarín que compartimos.

Él todo blanco, ella toda negra, como una vieja postal, Papa Francisco y Victoria Villarruel resucitaron un fantasma: él mandó saludos a Isabel Perón, ella le dedicó un busto en el Senado.

¡Era el Día de la Lealtad! ¿Se sentía la necesidad? Mientras Cristina y Kiciloff se pelean por la “izquierda” peronista, en el Gobierno se pelean por la “derecha”: el Presidente se inclina ante Menem, la Vice ante la Viuda del Jefe. Vaya gobierno liberal: el peronismo ha muerto, el peronismo está en todas partes.

De ahí el intenso trajín entre Buenos Aires y Roma, entre Argentina y el Papa. Francisco ataca a la ministra de Seguridad, recibe a la CGT, acoge a los dirigentes “populares”, los obispos alzan la voz, la ministra de “Capital Humano” corre a explicar, la vicepresidenta a darle su versión: ¡todo a la vez y de golpe! De gran ausente, Bergoglio vuelve a ser omnipresente. ¿Qué sucede?

Lo primero que llama la atención es la desproporción: ¿por qué ensañarse con su propio país después de balbucear sobre Venezuela, donde el Gobierno mata y tortura? Con China ni siquiera protesta si queman iglesias, en Irán deplora la pena de muerte pero guarda silencio sobre sus motivos religiosos.

Nunca menciona a Putin, ¡que inició una guerra! En Cuba ni siquiera recibió a disidentes. En los países del Golfo y en otros lugares ha estrechado manos incómodas. No me escandaliza, todos los Papas hacen política, Bergoglio más que otros: heredero de la cristiandad hispana, le parece normal fundir Iglesia y mundo. Pero precisamente porque hace política, es legítimo preguntarse qué política hace.

Nada nuevo, en realidad. Francisco hace lo que la Iglesia argentina siempre ha hecho y considera su derecho y deber hacer: defender al “pueblo”, proteger a “los pobres”. Suena bien, pero para hacerlo se erige en contrapoder, disputa el “pueblo” a las instituciones republicanas. Quiera o no, el poder eclesiástico se alimenta de su desgaste, su impopularidad beneficia la popularidad de la Iglesia. La cual goza de una ventaja insalvable: no debe rendir cuentas a los electores.

Puede vetar medidas y denunciar plagas sin proponer alternativas, recoger los honores sin soportar las cargas. No es casualidad que la democracia moderna naciera con la autonomía de la esfera temporal respecto de la espiritual. Y no es casualidad que allí donde, como en Argentina, esta autonomía es limitada, la democracia sea tan frágil.

Esto explica que la Iglesia haya entrado tarde o temprano en conflicto con todos los gobiernos democráticos, que haya intentado siempre perimetrarles la cancha: en nombre del “pueblo de Dios”, su pueblo, juzga al “pueblo de la Constitución”, a todo el pueblo que, para bien o para mal, los ha elegido.

Así lo hizo con Alfonsín, acusado de “laicismo”, así con Menem, acusado de “neoliberalismo”, así con los Kirchner, acusados de “progresismo adolescente”, así con Macri, un “cipayo”. Ahora es el turno de Milei.

Al hacerlo, Bergoglio recita un guión que ha recitado innumerables veces: no hay alta política sin rosca. Por un lado presiona para unir al campo “nacional-popular”, guardián histórico de Dios, Patria y pueblo, en torno a sindicatos y movimientos sociales.

Por otro lado, juega la interna oficialista, cortejando a los “nacionales” contra los “liberales”. Si el juego ha tenido muchas veces éxito es porque goza de una gran audiencia, agrada a la opinión pública y a la clase dirigente, insensibles al principio de laicidad.

Todos están siempre dispuestos a esgrimir contra su adversario político el arma religiosa que éste esgrimirá contra ellos, a reconocer así a la Iglesia la influencia que ésta utilizará contra ellos cuando estén en el poder.

Los que celebraron las ofensivas eclesiásticas contra Alfonsín las lamentaron contra y De la Rúa, los que las rechazaron contra los Kirchner las aplaudieron contra Macri antes y contra Milei ahora. Y viceversa.

No se trata, pues, de si el Papa tiene o no razón al criticar las políticas de Milei: su opinión vale la nuestra, algunos estarán de acuerdo, otros no. La cuestión es que al intervenir tan brutalmente en temas tan discutibles, una autoridad religiosa de su calibre llevará a muchos a deducir que unas políticas son conformes con la fe y otras no, unas legítimas y otras ilegítimas: cosas de la teocracia, no de la democracia.

Es el mismo humus maniqueo que nutre a los Kirchner y a los Milei, que transforma la política argentina en una perpetua guerra entre credos, que socava la calidad institucional sin la cual, no se ilusionen, ningún milagro económico estabilizará al país. Convendría un poco más de prudencia y coherencia, que el Papa pacifique, no polarice.

Sospecho que es por eso, porque muchos argentinos consideran a la Iglesia una corporación política, que no goza en Argentina del alto nivel de consenso del que goza en otros lugares, por lo que el Papa argentino es tan poco profeta en su patria.

Hubo una vez un obispo cáustico y punzante que maldecía la tentación política de la Iglesia: “no conozco las causas de las crisis y no tengo soluciones”, decía, pero “me enojo como un loco” con los obispos que dicen conocerlas. Siempre se quedó aislado.



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