Edición Nº 1104 - Viernes 30 de octubre de 2026

Barranca abajo y el país que se niega a terminar como Don Zoilo

Viernes 30 de octubre de 2026. Lectura: 8'

Por Eduardo Irigoyen García

La tragedia de Don Zoilo, imaginada por Florencio Sánchez hace más de un siglo, sirve como advertencia frente a los desafíos de la inteligencia artificial. Uruguay debe prepararse para una transformación que promete enormes oportunidades, pero también plantea riesgos para el trabajo, los derechos y la democracia.

Cuando era adolescente, vi en el Teatro Young de Fray Bentos al elenco de El Galpón representar Barranca abajo. Don Zoilo era interpretado por Villanueva Cosse, padre de una tal Carolina. Por entonces, nadie hablaba de inteligencia artificial, salvo algunos audaces novelistas de ciencia ficción.

La obra de Florencio Sánchez, estrenada en 1905, me quedó grabada como una advertencia que hoy cobra nueva vigencia.

Don Zoilo es un estanciero que pierde sus tierras entre engaños, maniobras legales y un orden cuyas reglas ya no comprende. Confía en códigos que dejaron de protegerlo y descubre demasiado tarde que la palabra empeñada sirve de poco cuando los demás juegan con otras reglas.

Su suicidio no es solamente la tragedia de un hombre estafado. También expresa su incapacidad para encontrar un lugar en el mundo que se le viene encima. La injusticia que sufre es real, pero su negativa a aceptar la nueva realidad le impide imaginar una salida. No hace falta convertirlo en un héroe romántico para reconocer la tragedia: cuando el mundo cambia y uno no logra comprenderlo, las consecuencias pueden ser devastadoras.

¿Corre Uruguay el riesgo de convertirse en otro Don Zoilo frente a la inteligencia artificial? ¿De aferrarse a procedimientos y certezas que alguna vez tuvieron sentido, pero que ya no alcanzan para afrontar lo que viene?

La falsa tranquilidad de creer que ya nos adaptaremos

Hay algo muy uruguayo en nuestra manera de mirar el futuro: nos gusta discutirlo, desconfiar de él y postergar las decisiones hasta que alguien nos demuestra que no queda más remedio que tomarlas. Valoramos nuestra estabilidad, y con razón. El problema empieza cuando confundimos prudencia con miedo al cambio e instituciones sólidas con procedimientos intocables.

Gonzalo Frasca, cuyas reflexiones sobre el futuro sigo con interés, plantea una idea que merece ser tomada en serio: la inteligencia artificial no es simplemente una herramienta más. Un martillo no decide qué construir y una calculadora no organiza por sí sola el trabajo de una empresa. Algunos sistemas de IA, en cambio, pueden generar alternativas, resolver problemas y ejecutar tareas con distintos grados de autonomía.

No significa que todas las IA funcionen igual ni que puedan sustituir cualquier capacidad humana. Significa que estamos ante una tecnología capaz de modificar no solo cómo trabajamos, sino también cómo aprendemos, producimos, investigamos y tomamos decisiones.

Hasta ahora, incorporamos nuevas tecnologías a estructuras que, en buena medida, siguieron funcionando como antes. ¿Será suficiente esta vez? ¿O tendremos que revisar también esas estructuras?

Un país que confunde estabilidad con inmovilidad

Uruguay tiene instituciones, capacidades educativas y una tradición republicana que pueden jugar a su favor. Pero esas fortalezas no garantizan nada si reaccionamos cuando las transformaciones ya están encima.

No alcanza con instalar programas nuevos en las oficinas públicas, organizar cursos de capacitación o pedirle a una IA que redacte un informe. Hay que preguntarse qué tareas cambiarán, qué empleos se transformarán, qué decisiones podrán automatizarse y qué garantías tendrán los ciudadanos. También debemos revisar cómo educamos a las nuevas generaciones: ¿las preparamos para pensar, investigar y resolver problemas o seguimos privilegiando la memorización de información que una máquina puede procesar en segundos?

No se trata de aceptar cualquier novedad ni de prohibirla por miedo. Se trata de comprenderla, aprender a utilizarla y decidir democráticamente qué queremos hacer con ella.

¿Quién tendrá el poder?

La inteligencia artificial no se desarrolla en un mundo neutral. Detrás hay empresas que concentran capital, infraestructura, datos y capacidad de investigación. Por eso, la discusión no puede limitarse a cuánto produciremos gracias a la IA. También debemos preguntarnos quién se apropiará de esa productividad, quién soportará los costos de la transición y quién decidirá cómo se utiliza.

Una empresa puede emplear estos sistemas para mejorar servicios y eliminar tareas tediosas. También puede utilizarlos para vigilar a sus trabajadores, intensificar los ritmos de producción o reducir puestos sin hacerse cargo de las consecuencias sociales. La misma tecnología que libera tiempo puede convertirse en un instrumento de control.

Y hay algo más. El poder tecnológico está también en manos de empresarios como Elon Musk y Peter Thiel, cuyas intervenciones públicas muestran que la discusión no se limita a desarrollar productos: abarca también la regulación, el poder político y la concepción de la sociedad que queremos construir. Cuando quienes concentran semejantes recursos cuestionan los límites que las instituciones democráticas pretenden imponerles, tenemos motivos para prestar atención.

No se trata de demonizar a los empresarios ni de negar el valor de sus innovaciones. Se trata de no confundir capacidad técnica con autoridad moral, fortuna personal con derecho a decidir por todos, ni libertad de innovar con inmunidad frente a las consecuencias.

Aquí vuelve Don Zoilo. La comparación no consiste en equiparar sin más a los magnates tecnológicos con quienes lo despojaron de sus tierras. El paralelismo está en la asimetría: unos conocen las reglas, tienen capacidad para influir sobre ellas y juegan con ventaja; otros descubren demasiado tarde lo que está en juego. Si no sabemos comprender, regular y negociar esta transformación, podemos terminar aceptando decisiones que nadie nos consultó y cuyas consecuencias pagaremos entre todos.

Empresarios, sindicatos y partidos: ¿qué harán con la IA?

Sería interesante conocer qué están pensando los empresarios uruguayos sobre estas transformaciones. No solamente cómo pueden reducir costos, sino también cómo mejorarán la productividad, qué ocurrirá con sus trabajadores y cómo se distribuirán los beneficios. Y sería igualmente importante saber qué está estudiando el PIT-CNT sobre el futuro del empleo, los salarios y las condiciones laborales.

Los sindicatos tienen que defender derechos sin convertir esa defensa en una resistencia automática a cualquier innovación. Los empresarios, por su parte, deben comprender que los beneficios tecnológicos no los eximen de sus responsabilidades sociales. La transformación necesita negociación, formación y políticas públicas. Si esperamos a que desaparezcan puestos de trabajo para empezar a discutir, llegaremos tarde.

¿Y nuestros partidos políticos? La IA ya puede ayudar a redactar documentos, preparar proyectos de ley o producir publicidad gráfica que, a veces, es francamente espantosa. Pero esos usos son modestos frente a la magnitud del cambio. ¿Están estudiando sus consecuencias económicas, educativas, laborales y democráticas? ¿Forman dirigentes capaces de comprenderlas? ¿Preparan propuestas legislativas?

La IA puede ayudar a un legislador a redactar un proyecto. No puede sustituir el debate democrático sobre sus objetivos ni decidir qué derechos estamos dispuestos a proteger. La política no debe limitarse a aprender a usar la tecnología: necesita decidir qué lugar debe ocupar en la sociedad.

La ética no puede llegar después del negocio

Dejar que las corporaciones tecnológicas establezcan por sí solas los límites de la inteligencia artificial sería tan ingenuo como confiar exclusivamente en la buena voluntad de cualquier otro poder económico.

Necesitamos protección de datos, transparencia cuando estén en juego derechos, auditorías independientes, responsabilidades claras por los daños y mecanismos para impugnar decisiones automatizadas. También debemos discutir qué usos son aceptables en ámbitos como la salud, la educación, el empleo, la seguridad y la Justicia.

Cuando una decisión perjudica a una persona, no puede servir de excusa que la haya tomado un algoritmo. Deben responder quienes diseñan, comercializan, implementan y utilizan esos sistemas, de acuerdo con sus responsabilidades.

La ética no puede ser un adorno que se agrega cuando el producto ya está vendido y el daño ya está hecho. Y las reglas no pueden depender exclusivamente de quienes tienen más dinero, más datos y mayor capacidad para influir sobre los gobiernos.

No se trata de elegir entre el pasado y la máquina

Hay dos respuestas insuficientes frente a la inteligencia artificial. Una consiste en creer que todo cambiará para mejor y que basta con dejarse llevar. La otra supone que todo cambio amenaza lo que somos y que la mejor defensa es resistirse. Ambas evitan la discusión importante: cómo aprovechar las posibilidades de la tecnología sin entregar derechos, libertades y decisiones colectivas a quienes la controlan.

Uruguay todavía tiene margen para actuar. Puede formar gente, investigar, legislar, negociar y abrir un debate público que no quede restringido a especialistas, empresarios o funcionarios. Puede aprovechar su tradición republicana para exigir transparencia y controles democráticos, sin convertir esa tradición en una excusa para conservar cada procedimiento como si fuera sagrado.

No sabemos exactamente qué mundo nos espera. Precisamente por eso necesitamos pensar antes, no después. La estabilidad no consiste en que nada cambie, sino en contar con instituciones capaces de afrontar los cambios sin dejar a la sociedad a merced de los más poderosos.

Don Zoilo no encontró cómo sobrevivir en el mundo que se le venía encima. Uruguay todavía está a tiempo de prepararse para el suyo. No tenemos que someternos al futuro, pero tampoco podemos permitirnos ignorarlo. Porque el futuro no va a esperar a que estemos preparados. Y negarse a verlo venir no hará que desaparezca.



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