Baltasar Brum, el gesto que fundó una conciencia
Edición Nº 1074 - Viernes 27 de marzo de 2026. Lectura: 3'
A 93 años de su muerte, la figura de Baltasar Brum vuelve a erigirse como símbolo mayor de la tradición republicana uruguaya: un hombre de gobierno que, ante la ruptura institucional de 1933, eligió transformar su destino en un acto de denuncia extrema. Su sacrificio no solo marcó una época, sino que dejó una referencia moral que aún interpela sobre el valor —y el costo— de defender la libertad.
El Uruguay recuerda —y debería recordar siempre— que hubo un día en que la República fue defendida no con discursos ni con cálculos, sino con la vida misma. Hace 93 años, en la mañana gris del 31 de marzo de 1933, Baltasar Brum decidió que la libertad no se negocia, y que cuando las instituciones caen, alguien debe levantarse para dar testimonio.
No fue un arrebato. Fue una decisión.
Aquel día, el presidente Gabriel Terra —con el decidido respaldo del líder nacionalista Luis Alberto de Herrera— consumaba el golpe de Estado, disolviendo el parlamento, el Consejo Nacional de Administración (la rama colegiada del Poder Ejecutivo), quebrando así el orden constitucional. La República, cuidadosamente edificada durante décadas, se desplomaba en silencio, sin resistencia efectiva, sin épica, sin pueblo en la calle. Y en ese vacío —más moral que político— emergió la figura solitaria de Brum.
Había sido presidente entre 1919 y 1923. No era un outsider ni un agitador. Era, precisamente, lo contrario: un hombre de instituciones, formado en el batllismo, convencido de que el progreso solo es legítimo si se apoya en la legalidad y en la libertad. Su trayectoria —desde el Ministerio de Instrucción Pública hasta la conducción del Consejo Nacional de Administración— lo había consagrado como un estadista de vocación republicana.
Pero fue en su muerte donde su figura adquirió dimensión histórica.
Acorralado en su casa de la calle Río Branco, rechazó la detención, enfrentó a la policía y esperó —quizá con una mezcla de fe y lucidez— una reacción que no llegó. Comprendió entonces, tal vez, que el país no estaba dispuesto a defender, en ese momento, lo que él consideraba irrenunciable. Y eligió transformar su destino personal en un acto público.
Salió a la calle. Gritó por la libertad. Y se disparó.
Ese gesto —tan dramático como deliberado— no fue una fuga, sino una acusación. No fue desesperación, sino doctrina. Como señalarían luego quienes lo conocieron, su muerte no fue impulsiva, sino la “máxima protesta” posible frente a la ruptura del orden institucional.
Brum entendió algo que no siempre las generaciones comprenden: que las instituciones no se sostienen solas. Que necesitan, llegado el caso, de hombres capaces de encarnarlas hasta las últimas consecuencias.
Su sacrificio, sin embargo, no debe eclipsar su obra. Porque antes del mártir estuvo el gobernante. Y ese gobernante fue moderno, reformista, comprometido con la expansión de derechos, con la educación, con la equidad social y con la construcción de un orden internacional para la paz basada en el Derecho. Fue heredero y continuador de una tradición que veía en el Estado no un botín, sino una herramienta de civilización.
Pero la historia —con su lógica a veces injusta— eligió fijar su imagen en ese último instante. Tal vez porque los pueblos necesitan símbolos. Y Brum se convirtió en uno de los más poderosos de la tradición republicana uruguaya: el hombre que, ante la dictadura naciente, decidió no sobrevivirla.
No logró detener el golpe. La dictadura se instaló.
Pero logró algo distinto: dejó una referencia moral indeleble.
A 93 años de su martirio, su figura interpela. No desde la nostalgia, sino desde la exigencia. Porque cada tiempo tiene sus propias formas de claudicación, sus propias tentaciones autoritarias, sus propios silencios cómodos.
Y frente a ellos, la pregunta sigue siendo la misma:
¿Quién está dispuesto a sostener la República cuando deja de ser conveniente?
Baltasar Brum respondió con su vida.
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