BASF y el espejo de la competitividad
Edición Nº 1068 - Viernes 13 de febrero de 2026. Lectura: 4'
La reestructura global de BASF no se originó en Uruguay, pero evidencia que el país necesita reducir costos estructurales si quiere sostener inversión y empleo.
La reestructura anunciada por la multinacional alemana BASF en Uruguay ha generado preocupación en el ámbito empresarial y sindical. Sin embargo, conviene ordenar el análisis: la decisión responde principalmente a factores globales de mercado y no a un evento puntual o a una coyuntura doméstica específica. Eso no impide —más bien obliga— a utilizar el caso como disparador de una discusión más amplia sobre los problemas estructurales de competitividad que arrastra el país.
Según informó El País, la empresa explicó a sus trabajadores que el proceso forma parte de una reorganización internacional orientada a adecuar estructuras a nuevas condiciones de mercado. La multinacional, con operaciones en numerosos países, enfrenta cambios en la demanda, ajustes en cadenas de suministro y una revisión global de costos. En las reuniones internas realizadas en Uruguay se transmitió que la medida no obedecía a un problema particular de la filial local, sino a una estrategia corporativa de alcance mundial.
En la misma línea, la diaria consignó que BASF comunicó a los trabajadores que la reestructura es “global” y que Uruguay no constituye una excepción dentro del rediseño organizacional. Es decir, la decisión no puede leerse como un “castigo” al país ni como una reacción aislada a la coyuntura económica local, sino como parte de un proceso más amplio que la compañía viene ejecutando en distintos mercados.
No obstante, como señalaron empresarios consultados por El Observador, el episodio volvió a encender alarmas sobre el clima de competitividad en Uruguay. En una de las notas publicadas por ese medio, se mencionó la preocupación por un “Estado ineficiente y caro”, expresión que sintetiza una inquietud extendida en el sector privado: aun cuando una decisión sea global, el entorno local puede influir en la capacidad de amortiguar o agravar sus efectos.
En otra cobertura de El Observador se detallaron los motivos de la reestructura, entre ellos la necesidad de optimizar recursos y reducir costos en un contexto internacional más exigente. Ese punto es clave. En un mercado global donde las multinacionales comparan permanentemente localizaciones, la estructura de costos relativa importa, incluso cuando el disparador de la decisión no sea exclusivamente local.
Aquí aparece el debate de fondo. Uruguay suele discutir competitividad en términos de tipo de cambio. Cada vez que una empresa anuncia ajustes o dificultades, reaparece la tentación de reclamar un dólar más alto como solución. Sin embargo, manipular el tipo de cambio impacta directamente en el nivel general de precios y erosiona el poder adquisitivo, trasladando el problema a consumidores y asalariados. No es una herramienta neutra ni sostenible.
La competitividad estructural pasa por otros carriles. En primer lugar, por la reducción significativa del gasto público. Un Estado pesado y costoso termina trasladando cargas al sector productivo vía impuestos, tarifas y regulaciones. No se trata de achicar por achicar, sino de mejorar eficiencia y priorizar funciones esenciales. El debate no es ideológico: es aritmético.
En segundo término, el costo de la energía sigue siendo un factor determinante. Las tarifas energéticas impactan transversalmente en la industria, la logística y los servicios. Si el precio de la energía se ubica sistemáticamente por encima de los competidores regionales o internacionales, la desventaja es estructural. Ajustar este componente requiere decisiones de política pública que trascienden coyunturas.
Un tercer eje es la política salarial. En un país pequeño y abierto, la evolución de los salarios debe guardar coherencia con la política fiscal y monetaria. Desacoplar salarios de productividad y de las posibilidades macroeconómicas puede generar tensiones acumulativas que terminan afectando el empleo. Ajustar la política salarial a los equilibrios fiscales y monetarios no implica resignar derechos, sino evitar espirales que comprometan la sostenibilidad.
El caso BASF, leído con serenidad, no es una señal de colapso ni una excepción dramática. Es una advertencia. Las empresas globales toman decisiones en función de estrategias internacionales, pero el atractivo relativo de cada país depende de sus fundamentos internos. Cuando una compañía revisa estructuras, la pregunta inevitable es qué tan competitiva resulta cada plaza en la comparación global.
Uruguay no puede controlar la demanda mundial de químicos ni las decisiones corporativas de una multinacional alemana. Lo que sí puede controlar es su estructura de costos, su eficiencia estatal, su política energética y la coherencia entre salarios, productividad y estabilidad macroeconómica.
Reducir el análisis a la cotización del dólar es simplificar un problema complejo. La competitividad no se construye con atajos cambiarios, sino con reformas profundas y consistentes. BASF decidió reestructurarse por razones globales. Pero el desafío de fondo sigue siendo local.
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