Edición Nº 1100 - Viernes 2 de octubre de 2026

Argentina no consigue arrancar

Viernes 2 de octubre de 2026. Lectura: 9'

La economía argentina vuelve a mostrar señales preocupantes. La actividad se contrae, el consumo pierde fuerza, la industria retrocede y la pobreza vuelve a aumentar. Los avances en la lucha contra la inflación y el ordenamiento fiscal no han sido suficientes para sostener la recuperación. A las dificultades económicas se agrega un escenario político dominado por la confrontación y la incertidumbre, cuando el país comienza a aproximarse a las elecciones presidenciales de 2027.

La economía argentina atraviesa un momento particularmente delicado. Después de la fuerte contracción de 2024 y de la recuperación experimentada durante buena parte de 2025, los indicadores más recientes muestran que el crecimiento ha perdido impulso y que existen señales de una nueva fase recesiva. El problema para el gobierno de Javier Milei es que este deterioro se produce cuando los principales instrumentos de su programa económico ya han sido aplicados y cuando la proximidad de las elecciones presidenciales de 2027 comienza a condicionar las decisiones políticas.

Los números son elocuentes. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el producto bruto interno cayó un 0,6% en el segundo trimestre de 2026 respecto del trimestre anterior. El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), por su parte, registró en julio una contracción desestacionalizada del 2,9% respecto de junio, la más pronunciada en seis años. En la comparación interanual, la caída fue del 1,4%.

El deterioro no se distribuye de manera uniforme. En julio, el comercio mayorista y minorista retrocedió un 5,1% interanual, mientras que la industria manufacturera cayó un 4,6%. El índice de producción industrial manufacturera, que mide específicamente la evolución de la producción fabril, registró una disminución del 5% en el mismo período.

Se trata de actividades que tienen una incidencia particularmente importante en el empleo y en el mercado interno. Su contracción repercute sobre los ingresos de los hogares, las ventas de las empresas y la recaudación tributaria, alimentando un círculo de debilitamiento de la demanda.

La situación es diferente en algunos sectores vinculados con los recursos naturales. La minería y las canteras crecieron un 8,4% interanual en julio, mientras que las exportaciones de bienes y servicios aumentaron un 28,2% en el segundo trimestre. Sin embargo, el dinamismo exportador no ha conseguido compensar el retroceso de las actividades orientadas al mercado interno.

Esta disparidad pone de manifiesto uno de los problemas de la economía argentina: los sectores que muestran mayor capacidad de expansión no necesariamente son los que generan más puestos de trabajo. El crecimiento de la producción petrolera y minera, por ejemplo, requiere importantes inversiones de capital, pero su capacidad de absorción de mano de obra es relativamente reducida frente a la industria, el comercio o la construcción.

El costo social del estancamiento

El deterioro de la actividad ya se refleja en los indicadores sociales. La tasa de desocupación alcanzó el 7,9% en el segundo trimestre de 2026, frente al 7,6% registrado un año antes. Paralelamente, el empleo privado formal viene mostrando dificultades persistentes.

Todavía más preocupante es la evolución de la pobreza. Después de haber descendido durante 2025, volvió a aumentar en el primer semestre de este año, pasando del 28,2% al 32,3% de la población. Es decir, aproximadamente uno de cada tres argentinos vive en un hogar cuyos ingresos no alcanzan para cubrir la canasta básica.

Este retroceso tiene una importancia económica y política considerable. La reducción de la pobreza había sido uno de los principales resultados que el gobierno exhibía para demostrar que el sacrificio inicial de su programa de estabilización comenzaba a dar frutos. Su reciente aumento indica que aquellos beneficios no han conseguido consolidarse.

A ello se agrega el debilitamiento del consumo. Las ventas de los supermercados retrocedieron un 2,1% interanual en julio y los indicadores privados correspondientes a agosto muestran que la demanda de los hogares continúa perdiendo fuerza.

La desaceleración de la inflación, aunque importante, no ha sido suficiente para compensar el deterioro del empleo y de los ingresos de numerosos sectores de la población. Los precios siguen aumentando, aunque a un ritmo considerablemente menor que en el pasado, mientras que muchas familias deben afrontar mayores costos de servicios, transporte y otros gastos esenciales.

Los logros y las limitaciones del programa económico

Sería incorrecto desconocer los resultados que el gobierno de Milei ha obtenido en materia de estabilización macroeconómica.

La inflación, que al comienzo de su gestión había alcanzado niveles extraordinariamente elevados, se redujo hasta el 1,7% mensual en agosto. El ordenamiento de las cuentas públicas y la eliminación del financiamiento monetario sistemático del déficit constituyen, asimismo, modificaciones relevantes respecto de las políticas que durante años contribuyeron a alimentar los desequilibrios de la economía argentina.

El problema es que la estabilización, por sí sola, no garantiza el crecimiento.

Durante la primera etapa de la recuperación, la disminución de la inflación permitió cierta recomposición de los salarios reales. A ello se agregaron la expansión del crédito y el dinamismo de algunas actividades exportadoras. Sin embargo, esos impulsos fueron perdiendo fuerza y comenzaron a aparecer nuevas restricciones.

La política fiscal restrictiva limita la posibilidad de utilizar el gasto público para estimular la demanda. Al mismo tiempo, la debilidad del consumo desalienta las inversiones de las empresas que dependen del mercado interno. Las dificultades financieras y la incertidumbre sobre la evolución de las tasas de interés y del tipo de cambio también condicionan las decisiones empresariales.

El frente externo constituye otra fuente de preocupación. Aunque las exportaciones muestran resultados favorables, la acumulación de reservas internacionales sigue siendo insuficiente para despejar completamente las dudas sobre la capacidad del país para afrontar sus compromisos financieros.

El riesgo país, que había descendido hasta aproximadamente 400 puntos básicos en julio, volvió a superar los 600 puntos durante setiembre. Esta evolución encarece el financiamiento y dificulta el retorno de Argentina a los mercados internacionales de crédito, precisamente cuando se aproximan importantes vencimientos de deuda.

El banco estadounidense JP Morgan redujo recientemente su proyección de crecimiento para 2026 del 2,7% al 1,5% y anticipó una contracción anualizada del 4% para el tercer trimestre. Se trata de una previsión, no de un resultado consumado, pero ilustra el deterioro de las expectativas.

En definitiva, Argentina enfrenta una combinación compleja: necesita recuperar la actividad económica, pero dispone de un margen fiscal limitado, debe fortalecer sus reservas y procura mantener la estabilidad monetaria sin provocar nuevas perturbaciones cambiarias.

Una política que agrava la incertidumbre

A las dificultades económicas se agrega un escenario político caracterizado por la confrontación entre el oficialismo y la oposición, las disputas parlamentarias y las tensiones entre el gobierno nacional y los gobernadores provinciales.

Milei ha convertido la confrontación política en uno de los rasgos distintivos de su gestión. Su discurso contra lo que denomina la casta le ha permitido construir una identidad política y movilizar a sus partidarios, pero también ha contribuido a profundizar las dificultades para alcanzar acuerdos con otros sectores.

Por su parte, la oposición peronista, que tiene en el gobernador bonaerense Axel Kicillof a una de sus figuras más visibles, cuestiona los efectos sociales del ajuste y procura presentar una alternativa de gobierno. Sin embargo, también debe afrontar las divisiones internas y el peso de su propia responsabilidad en los desequilibrios económicos heredados por la actual administración.

Entre ambos polos se encuentran los gobernadores y las fuerzas políticas que han mantenido una relación variable con el oficialismo, acompañando algunas reformas y oponiéndose a otras, especialmente cuando afectan los recursos provinciales o determinadas partidas presupuestales.

Las controversias sobre el gasto público, las iniciativas parlamentarias que comprometen el equilibrio fiscal y las dificultades para construir mayorías estables introducen un factor adicional de incertidumbre.

A este panorama se agregan las polémicas que han involucrado a integrantes del entorno presidencial y las disputas dentro del propio oficialismo, que han ocupado buena parte de la agenda pública y dificultado la concentración del debate en los problemas económicos.

La respuesta del Presidente a los últimos indicadores tampoco ha contribuido a reducir las controversias. Milei cuestionó las mediciones del INDEC y sostuvo que la economía no atraviesa una recesión, sino una desaceleración del ritmo de expansión. Argumentó, además, que las transformaciones estructurales de su programa producen una reasignación de recursos entre sectores y que los indicadores tradicionales no reflejan adecuadamente ese proceso.

Es cierto que una transformación económica profunda puede provocar la contracción de determinadas actividades mientras otras se expanden. También es cierto que los indicadores mensuales pueden experimentar oscilaciones importantes. Sin embargo, el aumento de la pobreza y del desempleo, junto con el deterioro del consumo y de la producción industrial, plantea problemas que no desaparecen por cuestionar la metodología estadística.

La discusión política se desarrolla, además, con la mirada puesta en las elecciones presidenciales de 2027. El oficialismo necesita demostrar que su programa puede traducirse en mejoras sostenidas de las condiciones de vida, mientras que la oposición busca capitalizar el descontento social. Esa competencia electoral puede dificultar los acuerdos necesarios para afrontar los problemas económicos.

Una encrucijada que trasciende al gobierno

La situación argentina no admite explicaciones simplistas. Buena parte de los desequilibrios que Milei se propuso corregir fueron acumulándose durante décadas, bajo administraciones de diferentes orientaciones políticas. El déficit fiscal crónico, la inflación persistente, las restricciones cambiarias, la falta de inversión y la desconfianza en la moneda nacional constituyen problemas estructurales que ningún gobierno puede resolver de manera inmediata.

Tampoco corresponde desconocer que la reducción de la inflación y el ordenamiento fiscal representan avances importantes. Pero sería igualmente equivocado considerar que esos resultados bastan para asegurar el éxito del programa económico.

La estabilidad macroeconómica debe crear las condiciones para que aumenten la inversión, la productividad, el empleo y los ingresos reales. Si esa transformación no se produce, el ajuste corre el riesgo de convertirse en una situación prolongada de estancamiento, con consecuencias sociales y políticas cada vez más difíciles de administrar.

Por ahora, los indicadores disponibles no permiten afirmar que Argentina haya ingresado formalmente en una nueva recesión. Para ello será necesario conocer la evolución de la actividad durante los próximos meses. No obstante, la magnitud de la contracción de julio, el retroceso del segundo trimestre y la debilidad del consumo constituyen señales que justifican una preocupación creciente.

El desafío del gobierno es conseguir que la estabilización se transforme en crecimiento sin comprometer los equilibrios alcanzados. El de la oposición es ofrecer alternativas económicamente sostenibles, en lugar de limitarse a explotar el malestar que generan las dificultades actuales.

Y el desafío de Argentina, que trasciende a sus actuales protagonistas, sigue siendo el mismo que ha frustrado a sucesivas generaciones: construir una economía estable, capaz de crecer de manera sostenida y de ofrecer perspectivas de progreso a su población.

La experiencia de las últimas décadas demuestra que ni el desorden macroeconómico ni la estabilidad acompañada de un estancamiento prolongado constituyen soluciones satisfactorias. Encontrar un camino que permita superar esa disyuntiva es, una vez más, la gran cuestión pendiente de la economía argentina.



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