Edición Nº 1071 - Viernes 6 de marzo de 2026

Amnistía bajo presión: el perdón selectivo que no cambia el régimen

Viernes 27 de febrero de 2026. Lectura: 4'

Presentada como un gesto de reconciliación, la nueva ley de amnistía venezolana llega cargada de exclusiones, condiciones y cálculos políticos. Más que un verdadero intento de sanar heridas, parece una maniobra para aliviar la presión internacional —especialmente la de Washington— sin alterar el núcleo del poder chavista.

La Asamblea Nacional de Venezuela, dominada por el chavismo, aprobó por unanimidad una nueva ley de amnistía que pretende liberar a personas encarceladas por motivos políticos y suspender procesos judiciales vinculados con protestas y hechos sociales desde hace más de dos décadas. La medida ha generado titulares sobre posibles liberaciones y “un nuevo comienzo político”, pero un análisis más atento de su contenido y de su contexto revela que estamos ante una norma con restricciones considerables, límites claros y más destinada a responder a presiones externas que a construir una verdadera reconciliación nacional.

Un instrumento limitado y condicionado

La ley, conocida formalmente como Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, fue aprobada el 19 de febrero de 2026 y cubre delitos políticos cometidos en un amplio período que va de finales del siglo XX hasta la actualidad. Según su texto, la norma incluye la posibilidad de liberar presos políticos, extinguir procesos en curso, anular antecedentes penales y levantar alertas internacionales, facilitando que exiliados puedan regresar o solicitar protección legal.

Sin embargo, este alcance general convive con exclusiones significativas. La ley deja fuera de su beneficio a quienes hayan sido procesados o condenados por delitos graves, como homicidio, narcotráfico, corrupción, violaciones graves de derechos humanos y otros crímenes serios. También excluye a quienes hayan participado en acciones armadas o en hechos considerados de violencia extrema.

Es decir, aunque la norma se presenta como “amplia”, no constituye una amnistía irrestricta. Personas que han sufrido persecución política pueden quedar al margen, dependiendo de cómo se interpreten las categorías de delitos, y muchas de las figuras más perseguidas por el Estado, en particular aquellos acusados de rebelión o delitos muy graves, seguirán fuera del beneficio.

Tensiones en su aplicación y reacciones mixtas

Organizaciones de derechos humanos han recibido la ley con una mezcla de esperanza y cautela. Grupos como Foro Penal han señalado que la verdadera libertad dependerá no solo de la publicación de la norma sino de su implementación efectiva y de que no se convierta en un instrumento para mantener la impunidad en casos graves.

Además, la propia aplicación práctica de la ley se ha visto empañada por dudas sobre los requisitos para acogerse a ella, como la necesidad de presentarse personalmente ante tribunales, lo que puede resultar difícil para exiliados o figuras perseguidas. Los familiares de presos políticos han protestado y organizado acciones para reclamar la liberación de sus seres queridos, mostrando que la expectativa ciudadana supera las limitaciones jurídicas.

¿Respuesta a presión externa?

Más allá de su letra, el contexto político en el que surge esta ley es clave para comprender su verdadera naturaleza. Venezuela vive una situación de enorme tensión interna y presión internacional, particularmente desde la intervención militar estadounidense que resultó en la captura del expresidente Nicolás Maduro. Ese acontecimiento alteró de manera drástica el equilibrio político y obligó al Gobierno interino a realizar gestos que puedan contribuir a un “reajuste” de su imagen y relación con potencias como Estados Unidos.

Líderes de la oposición, como María Corina Machado, han señalado que el proyecto no surge de una voluntad genuina de reconciliación nacional, sino como respuesta a la presión y al contexto geopolítico, buscando aliviar tensiones internacionales y mejorar la percepción de Venezuela en el exterior.

Este punto de vista encuentra respaldo en organizaciones de derechos humanos que observan que la ley se diseñó más como una herramienta de normalización política que como un proceso de verdad, justicia y reparación integral. La ausencia de mecanismos sólidos de reparación para las víctimas, la falta de comisiones de la verdad independientes y la ausencia de garantías para evitar futuros abusos reducen la ley a un gesto formal más que a un camino hacia la convivencia democrática.

Reconciliación aplazada

En suma, la ley de amnistía para presos políticos en Venezuela es, en buena medida, una norma de compromiso y cálculo político, con beneficios reales para algunas personas, pero con restricciones claras que limitan su alcance. Su aprobación ha sido presentada como un paso hacia la libertad y la convivencia, pero sus exclusiones y condicionamientos dejan en evidencia que no se trata de un verdadero intento de reconciliación nacional, sino de una respuesta medida —y en parte forzada— ante la presión interna y externa, muy especialmente de Washington y otros actores internacionales.

Mientras familias y activistas aplauden cada liberación individual, la ley en su conjunto plantea más preguntas que certezas sobre la voluntad real del Estado venezolano de enfrentar su pasado reciente con amplitud y justicia. La iniciativa puede ser un paso táctico en la escena política, pero está lejos de ser la base sólida de una transición democrática profunda.



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