América Latina se prepara para despegar. ¿Y Uruguay para cuándo?
Edición Nº 1102 - Viernes 16 de octubre de 2026. Lectura: 4'
Un reciente informe del banco Citi identifica condiciones excepcionalmente favorables para el crecimiento de América Latina. Sin embargo, Uruguay aparece en el último lugar de su clasificación regional sobre las posibilidades de aprovechar esta oportunidad. Una advertencia que obliga a reflexionar sobre las dificultades estructurales de nuestra economía.
América Latina podría encontrarse ante una oportunidad económica como no se presentaba desde hace dos décadas. Así lo sostiene un reciente informe del banco Citi, que identifica una combinación particularmente favorable de circunstancias internacionales: debilitamiento del dólar, precios elevados de las materias primas, reconfiguración del comercio mundial y mayores oportunidades para atraer inversiones.
El diagnóstico es alentador para la región. Pero contiene una advertencia inquietante para nuestro país: Uruguay ocupa el último lugar en el indicador elaborado por el banco para evaluar las condiciones de cada economía latinoamericana a efectos de aprovechar este nuevo ciclo de crecimiento. El Salvador, Chile y República Dominicana encabezan la clasificación.
Conviene precisar que no se trata de una evaluación general de la calidad de las economías ni de sus instituciones, sino de una medición de las oportunidades de crecimiento y de las condiciones existentes para aprovecharlas. Pero la distinción no le quita relevancia al resultado. Por el contrario, obliga a preguntarse por qué un país tradicionalmente reconocido por su estabilidad aparece tan rezagado.
El Citi reconoce expresamente algunas de nuestras fortalezas: Uruguay presenta el mayor nivel de preparación en inteligencia artificial de la región, se destaca por su Estado de derecho y mantiene el grado inversor, acompañado de un perfil crediticio favorable. Son ventajas importantes, construidas a lo largo de muchos años y que distinguen al país en el contexto latinoamericano.
Sin embargo, esas virtudes no se traducen automáticamente en crecimiento económico. Y allí reside, precisamente, el núcleo del problema uruguayo.
Nuestra economía arrastra dificultades conocidas: problemas de competitividad, costos de producción elevados, insuficiente dinamismo de la inversión y un crecimiento que desde hace años resulta demasiado modesto para sostener aspiraciones de desarrollo más ambiciosas. A ello se agregan las restricciones fiscales, que reducen el margen de maniobra de los sucesivos gobiernos.
El propio Citi había formulado otra advertencia en julio pasado, cuando ubicó a Uruguay entre los países que enfrentan mayores dificultades políticas para concretar las reformas necesarias. En aquella oportunidad, señaló las limitaciones derivadas de la situación fiscal y de las condiciones políticas para impulsar transformaciones, en un contexto de mayorías parlamentarias insuficientes.
Los dos informes, aunque elaborados desde perspectivas diferentes, convergen en una cuestión fundamental: Uruguay dispone de fortalezas institucionales indiscutibles, pero encuentra dificultades para convertirlas en crecimiento sostenido.
La experiencia histórica de América Latina debería servir de advertencia. Según el Citi, en 1990 el producto por habitante de la región equivalía al 28% del estadounidense. En 2025 había descendido al 26,4%. Más de tres décadas después, lejos de acercarse a los niveles de prosperidad de las economías desarrolladas, América Latina había retrocedido en términos relativos.
No alcanza, entonces, con que los vientos internacionales soplen a favor. Las condiciones externas pueden facilitar el crecimiento, pero no sustituyen las decisiones internas. La competitividad, la productividad, la calidad de la educación, la modernización del Estado y la capacidad para atraer inversiones dependen, fundamentalmente, de lo que cada país sea capaz de hacer.
En Uruguay, además, el problema no puede atribuirse exclusivamente a una administración. Buena parte de sus dificultades son estructurales y vienen acumulándose desde hace tiempo. Pero ello no exime al actual gobierno de la responsabilidad de enfrentarlas. Por el contrario, cuanto más favorable resulte el contexto internacional, menos justificable será resignarse a tasas de crecimiento mediocres.
La estabilidad institucional y la seguridad jurídica, que tanto nos distinguen, deben ser una plataforma para el desarrollo y no un motivo de complacencia. Preservarlas es indispensable, pero también lo es encarar reformas que mejoren la competitividad, eleven la productividad y permitan recuperar un ritmo de expansión más vigoroso.
El informe del Citi no constituye una sentencia sobre el futuro uruguayo. Es una advertencia sobre las condiciones presentes y, por lo tanto, sobre la necesidad de modificarlas.
Si América Latina está efectivamente ante una oportunidad histórica, Uruguay no puede conformarse con ser un país confiable que crece poco. Tiene que aspirar a ser también un país dinámico, competitivo y capaz de generar prosperidad.
Porque lo verdaderamente preocupante no sería que la región volviera a desaprovechar una oportunidad. Sería que esta vez América Latina consiguiera despegar y Uruguay permaneciera en tierra.
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