Edición Nº 1097 - Viernes 11 de setiembre de 2026

AfD: el triunfo que la etiqueta no explica

Edición Nº 1097 - Viernes 11 de setiembre de 2026. Lectura: 7'

El 43,8% obtenido por Alternativa para Alemania en Sajonia-Anhalt coloca por primera vez al partido a las puertas de gobernar un Estado alemán. Pero el dato más inquietante para sus adversarios quizá no sea ese, sino otro: seis de cada diez obreros votaron por AfD. La condena moral podrá ser legítima; como explicación política resulta manifiestamente insuficiente.

Alemania acaba de atravesar una elección que difícilmente pueda ser despachada con los lugares comunes habituales. Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo en Sajonia-Anhalt el 43,8% de los votos, más que duplicando su resultado de cinco años atrás. Logró 39 de las 83 bancas del Parlamento regional y quedó apenas a tres de la mayoría absoluta. La CDU, que durante décadas dominó políticamente el Estado, cayó al 17,2%.

La respuesta más extendida ha sido recurrir una vez más a la etiqueta: ganó la “extrema derecha”. El término no carece enteramente de fundamento. La organización de AfD en Sajonia-Anhalt está oficialmente considerada por la Oficina para la Protección de la Constitución del propio Land como una organización de extrema derecha comprobada, a la que atribuye concepciones étnicas incompatibles con principios constitucionales. Y sería absurdo ignorar que dentro del partido conviven personajes y corrientes cuyo radicalismo es evidente. Björn Höcke, uno de sus dirigentes más notorios, fue condenado incluso dos veces por emplear un lema de las SA nazis.

Pero una cosa es constatar que AfD contiene corrientes extremistas y otra muy diferente utilizar la expresión “extrema derecha” como si ella explicara por sí sola el fenómeno político que acaba de producirse.

Porque cuando un partido alcanza casi el 44% de los votos, deja de ser posible explicar su resultado describiendo únicamente a sus dirigentes. Y cuando el 61% de los trabajadores manuales de Sajonia-Anhalt vota por ese partido, mientras el SPD —la socialdemocracia que nació precisamente para representarlos— recoge apenas el 6% entre ellos, la pregunta relevante ya no puede ser exclusivamente cuánto de extremo hay en AfD. Hay que preguntarse qué ocurrió con Alemania, con su sistema político y, especialmente, con la izquierda que durante un siglo reclamó para sí la representación del mundo del trabajo.

Es el punto que plantea con particular agudeza Hernán Iglesias Illa en un artículo [https://seul.ar/afd-ultraderecha/] publicado este jueves en Seúl. La reacción automática de buena parte de las élites políticas y mediáticas europeas consiste en denunciar a los electores de los nuevos partidos nacionalistas antes de intentar comprenderlos. El obrero industrial que teme por su empleo, el habitante de una pequeña localidad que percibe el deterioro de los servicios públicos o el ciudadano inquieto por la inmigración termina siendo tratado no como alguien cuyas preocupaciones deben ser atendidas, sino como un racista que necesita ser educado.

Los resultados sugieren que esa pedagogía moral está funcionando bastante mal.

Sajonia-Anhalt pertenece a la antigua Alemania Oriental. Tiene salarios inferiores a los occidentales, ha sufrido pérdida de población y arrastra la sensación persistente de haber sido incorporada a una Alemania cuya prosperidad se decidió en otra parte. A ello se añaden ahora la crisis industrial alemana, los costos de la energía, la inseguridad sobre empleos manufactureros y una inmigración que una parte considerable de la población considera excesiva. AfD consiguió además movilizar a unos 170.000 ciudadanos que anteriormente no votaban y arrebató alrededor de 82.000 votos a la CDU. Su crecimiento, por tanto, no procede de un pequeño reservorio neonazi que repentinamente multiplicó su tamaño. Procede de una recomposición bastante más profunda del electorado.

Tampoco el perfil de su principal dirigente nacional encaja demasiado cómodamente en la caricatura convencional. Alice Weidel es economista, trabajó en Goldman Sachs, vivió varios años en Asia, habla mandarín y es abiertamente lesbiana. Mantiene desde hace años una unión civil registrada con Sarah Bossard, productora cinematográfica suiza nacida en Sri Lanka, y ambas crían dos hijos. Weidel es además una liberal económica admiradora de Margaret Thatcher que propone menos impuestos y un Estado más reducido.

Nada de eso convierte automáticamente a AfD en un partido moderado. Su programa migratorio contiene medidas excepcionalmente duras; algunas de las propuestas formuladas en Sajonia-Anhalt ni siquiera podrían aplicarse legalmente desde un gobierno regional. Ulrich Siegmund promete acelerar las expulsiones de quienes carezcan de derecho de residencia, crear clases separadas para determinados niños refugiados, reformar profundamente la radiotelevisión pública y emprender una campaña para recuperar el orgullo nacional alemán.

También hay razones sobradas para discrepar de su política exterior. AfD mantiene una marcada proximidad hacia Moscú, reclama recomponer las relaciones con Rusia, cuestiona el apoyo alemán a Ucrania y alberga una hostilidad hacia la Unión Europea que, llevada a sus últimas consecuencias, podría resultar económicamente desastrosa para un país cuya prosperidad depende extraordinariamente del mercado europeo y del comercio exterior. El propio canciller Friedrich Merz ha insistido, después de las elecciones, en combatir políticamente a AfD antes que confiar en su eventual prohibición.

Y aquí aparece una de las paradojas más interesantes de la elección.

Los tres escaños que le faltan a AfD para gobernar podrían proporcionárselos, directa o indirectamente, no los conservadores de la CDU sino una pequeña fuerza procedente de la izquierda: el Bündnis Sahra Wagenknecht (BSW).

La formación fundada por Wagenknecht nació de una escisión de Die Linke (“La Izquierda”, heredero del antiguo Partido Socialista Unificado de Alemania, el partido gobernante de la extinta RDA) y representa una combinación desconcertante para las categorías tradicionales. Es estatista en economía, defensora del Estado social y heredera cultural de la izquierda alemana, pero simultáneamente nacionalista, crítica de la inmigración masiva, hostil a buena parte de la agenda cultural progresista, contraria al envío de armas a Ucrania y partidaria de restablecer relaciones normales con Rusia. En otras palabras, una suerte de izquierda nacional-populista que comparte con AfD más cosas de las que permitiría imaginar la vieja división entre derecha e izquierda.

El BSW obtuvo el 5,3% y cinco diputados. AfD tiene 39. Una alianza reuniría 44 bancas sobre 83 y permitiría investir a Siegmund como primer ministro regional. La posibilidad existe aritméticamente; políticamente está lejos de estar resuelta.

Thomas Schulze, candidato del BSW en Sajonia-Anhalt, afirmó que su partido está dispuesto a conversar con todas las fuerzas, incluida AfD, y calificó de antidemocrática la negativa previa a cualquier diálogo con ella. Sahra Wagenknecht ha reivindicado, además, posibles mayorías parlamentarias para cambiar la política energética, terminar con las sanciones a Rusia y reformar la radiotelevisión pública. Sin embargo, otros dirigentes del BSW subrayan que existen importantes diferencias programáticas y prefieren hablar de acuerdos concretos antes que de una coalición formal.

Ahí puede estar la verdadera ruptura histórica.

Durante años, la política alemana se organizó alrededor de una Brandmauer, una “muralla cortafuegos” que impedía cualquier cooperación con AfD. Mientras el partido obtenía un 10 o un 15%, el mecanismo podía funcionar. Cuando roza el 44%, su mantenimiento obliga a construir combinaciones cada vez más artificiosas entre partidos que fueron derrotados abrumadoramente en las urnas.

El dilema no es sencillo. Nadie está obligado a coaligarse con AfD y existen motivos serios para desconfiar de sectores del partido. Pero tampoco resulta sostenible responder indefinidamente a millones de electores diciéndoles, en esencia, que han votado mal y que los demás partidos se asociarán entre sí para impedir que su voto tenga consecuencias.

Lo ocurrido en Sajonia-Anhalt debería preocupar a la socialdemocracia bastante más que cualquier proclama de AfD. Cuando un partido de raíz obrera consigue apenas el 6% de los trabajadores y su adversario nacionalista alcanza el 61%, algo mucho más importante que una elección regional ha cambiado.

Puede seguir llamándose “extrema derecha” a AfD. Hay razones objetivas para aplicar esa denominación, particularmente a algunas de sus organizaciones regionales y dirigentes. Pero convertir la etiqueta en explicación es otra cosa.

Los adjetivos describen. No sustituyen el análisis.

Y probablemente el dato esencial de Sajonia-Anhalt no sea que casi el 44% haya votado por la “extrema derecha”, sino preguntarse por qué casi el 44% de los ciudadanos —y seis de cada diez obreros— decidió que ese era el único lugar donde alguien parecía estar escuchándolos.



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