A propósito de la nostalgia
Por Gustavo Rodriguez Tabó
Observando los acontecimientos que se producen alrededor del 24 de agosto, en la tranquilidad de mi mesa de trabajo, me puse a reflexionar sobre la nostalgia. No caeré en consideraciones frívolas pues no es mi estilo. Pero me he inmerso en su definición para indagar más acerca de su significado, para así poder determinar si lo que yo creía como tal era así. Para mí nostalgia fue siempre un sentimiento entre lo que pudo haber sido o fue y ya no es y esa tristeza que se genera cuando se produce el recuerdo de ello. En Wikipedia encontramos una definición que se adapta a la que acabamos de expresar: “La nostalgia es el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una etapa y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado”. O como lo define la Real Academia Española: “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”.
Por tanto, en las diversas definiciones vemos que existen tres elementos que la constituyen: el recuerdo, refiere siempre a hechos vividos en el pasado, la tristeza por la pérdida de esos elementos que vienen del pasado.
La tristeza pues es un recuerdo cargado de melancolía, de añoranza de lo vivido que no retorna más. Es entonces un sentimiento normal en las personas, alimentado por la memoria que de los hechos se tiene.
Mas allá de la frivolidad del día de la nostalgia, creo que integro el núcleo cada día más amplio de personas que tienen nostalgia los 365 días del año acá en Uruguay. Nostalgia no del Uruguay que se fue sino del que no vendrá.
Por ejemplo, nostalgia de no tener opciones comerciales, más allá que con el Alba (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) que es un club de amigos progresistas — léase Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Cuba, y observadores como Irán y Siria— mientras miramos con desprecio a la Alianza del Pacifico.
Tengo la tristeza de no tener un buen acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos de América pues a un señor Vázquez y su grupo se les ocurrió no tenerlo y dejarnos, en cambio, atados a un impresentable MERCOSUR.
Tengo nostalgia de estar orgulloso de la enseñanza pública que teníamos, donde un egresado del sector público competía de igual a igual con un egresado del sector privado a donde muchas veces los padres enviaban a sus hijos más rebeldes para que, mediante una estricta educación y disciplina, los enderezaran para llegar a ser personas de bien en la sociedad.
Tengo añoranza, más allá de lo que se opinara en el momento y que se estuviese de acuerdo o no, de sentirme perfectamente bien representado en el exterior por lo mejor de mi país, no por quien hoy ocupa ocasionalmente el sillón presidencial. Nostalgia de pertenecer a un país pequeño pero con un lugar bien marcado en el concierto mundial, con dignidad y no un hazmerreír mundial. Hoy tengo temor cuando sale al exterior, pues dicho impresentable sujeto sé que nos va a dejar muy mal parados y —lo peor— que muchos van a pensar que acá somos similares. Añoro aquello de sentirme orgulloso de ser uruguayo que hoy con tristeza se ha transformado en nostalgia.
Tengo nostalgia de aquel país que conocí donde se caminaba sin peligro por las calles de cualquier ciudad, donde las cosas medianamente funcionaban y donde cada día —aunque fuese con pasos cortos— se hacían las cosas cada día mejor.
Añoro, en definitiva, un país que funcionaba. Un país que festejaba la declaratoria de la independencia, con alegría y solemnidad, no olvidándola o haciendo actos a espalda de la ciudadanía.
Tengo nostalgia de los gobiernos que no eran rehenes de los sindicatos, que ejercían la autoridad.
Tengo nostalgia de los gobiernos que no avasallaban mis derechos de ciudadano desconociendo el resultado de plebiscitos.
Tengo nostalgia de aquellos Presidentes con mayúscula y, a la vez, con sencillez republicana, que se traslucía en que anduvieran libremente por la ciudad, sin una guardia pretoriana que los escoltara, pero sin confundir sencillez con ordinariez ni suciedad ni desaliño.
Siento nostalgia de aquellos que respetaban el trabajo no solamente el mío, sino de todos aquellos honestos ciudadanos que cada día aportaban lo mejor de sí para progresar en la vida y hacer progresar al país.
Hoy creo que tenemos realmente, gracias a quienes ocasionalmente gobiernan, mayor nostalgia que en tiempos pasados, donde muchas veces veíamos el futuro con esperanza. Hoy tenemos la desesperanza y la incertidumbre de no saber cuál es el rumbo y tememos que el mismo sea un rumbo de colisión.
|
|
 |
La línea roja cruzada: la incertidumbre previsional empieza a cotizar
|
La enfermedad “infantil” Julio María Sanguinetti
|
Humanidades: cuando la consigna reemplaza al pensamiento
|
30%: la cifra que debería encender todas las alarmas
|
Lula negocia, ¿y Uruguay...?
|
Cuando la memoria es frágil y la ideología necia
|
PachaLeaks: el misterioso país donde la nafta uruguaya es barata
|
Cosse y el síndrome del gasto público compulsivo
|
Salud Pública en ebullición: renuncias, blindajes y un ministerio cada vez más cerrado
|
Competitividad: los deberes que Uruguay no puede seguir postergando
|
El antiyanquismo Luis Hierro López
|
Nathalie Barbé: si no gano, no vale Santiago Torres
|
Brasil y su denuncia de dumping lácteo, burda expresión de proteccionismo primario Tomás Laguna
|
Cuando el Estado decide por usted Juan Carlos Nogueira
|
1o. de Mayo: una reflexión sobre el Día de los Trabajadores Jonás Bergstein
|
Montevideo, ¿qué te han hecho? Angelina Rios
|
La comunicación política Alfredo Menini
|
La estación vuelve, el tren no Alicia Quagliata
|
El valor de lo cotidiano Susana Toricez
|
Irán abre otro frente y deja al descubierto sus fisuras internas
|
Una medida simbólica... y profundamente equivocada
|
Adorni: un escándalo en expansión
|
Trump y su fracaso en Irán
|
Frases Célebres 1079
|
Así sí, Así no
|
|