Edición Nº 1102 - Viernes 16 de octubre de 2026

A propósito de la marcha del 8 de octubre y la movilización por Palestina

Viernes 16 de octubre de 2026. Lectura: 4'

Por Jonás Bergstein

La referencia del Frente Amplio a unas supuestas fronteras acordadas en 1967 sirve de punto de partida para revisar los antecedentes históricos del conflicto de Medio Oriente y cuestionar el rigor técnico y político de su Mesa Política Nacional.

Días pasados cayó en nuestras manos la resolución de la Mesa Política Nacional del Frente Amplio, mediante la cual se convocó a la movilización del 8 de octubre “por Palestina” (en adelante, la Resolución).

Entre los fundamentos invocados para sustentar la convocatoria, la referida Resolución —fechada el 14 de setiembre— expresaba:

“Por la promoción de una solución de paz duradera, que garantice la existencia de dos estados basado en las fronteras acordadas en 1967”.

Me temo que en el texto transcripto se deslizó una inexactitud que merece ser señalada:

Hasta donde nos consta, en el 67’ no hubo ninguna clase de “fronteras acordadas”. Más bien todo lo contrario. De hecho, mal podría haber sido de otra manera.

Hagamos un poco de historia y vayamos a los olvidados de siempre —los hechos—, aunque más no sea por un instante:

Tras la victoria israelí en la Guerra de los Seis Días (concluida el 10 de junio de 1967), Israel ofreció a los países árabes vecinos (Egipto, Jordania y Siria) el retiro de todos los territorios legítimamente ganados en la guerra -léase la Península del Sinaí, Cisjordania (Judea y Samaria) y los Altos del Golán- a cambio de acuerdos de paz que respetaran (i) las fronteras reconocidas a Israel por el Derecho internacional; y (ii) las necesidades de seguridad de Israel. En síntesis, nada que no fuera sentido común puro.

Vale la pena detenerse en la fecha de la resolución del gabinete israelí: 19 de junio de 1967. No es un detalle menor: cuando aún no habían siquiera transcurrido diez días de finalizada la guerra; cuando Israel estaba todavía bajo los efectos de la embriaguez de su triunfo; y sobre todo, cuando de la noche a la mañana Israel se había hecho de territorios que triplicaron su tamaño (y con los cuales -y por lo mismo- nadie en Jerusalem tenía la menor idea de qué hacer con ellos), Israel ratificó una vez más, bajo el liderazgo de Leví Eshkol, su vocación de paz: la disposición a “devolver todo contra un acuerdo de paz”.

Una vez más, la respuesta de los países vecinos no se hizo esperar (Al decir del recordado Abba Eban, los árabes jamás dejaron de desechar una oportunidad en todas y cada una de las ocasiones en que una oportunidad se presentara): reunida en Jartum (Sudán), el 1 de setiembre de 1967, la Liga Árabe emitió su famosa declaración de los “tres no”: no a la paz con Israel, no al reconocimiento de Israel y no a las negociaciones con Israel.

Quiere decir que, contra lo que dice la Resolución que nos convoca, en 1967 no se acordaron fronteras de ningún tipo y ésa fue -y sigue siendo- una parte importante del problema.

En tren de especulaciones, uno podría conjeturar que la Resolución apuntó a la famosa Resolución 242 de Naciones Unidas, del 22 de noviembre de 1967. Excepto que la Resolución 242 —que marcó un punto de referencia en el derecho internacional sobre el tema—no fijó ninguna clase de fronteras en el mapa; por el contrario, se limitó a dejar sentados los mismos principios generales vigentes aún al día de hoy: a saber, “el derecho de los Estados de la zona a vivir en paz dentro de fronteras seguras y reconocidas y libres de amenazas”.

En suma. Hace ya tiempo que el FA se ha apartado de los nobles ideales de justicia social que inspiraran su fundación. Hace ya tiempo que ha dejado de aglutinar a los sectores más ilustrados de la intelectualidad uruguaya. Y hace tiempo también que no ha vacilado en abrazar las causas de algunos de los regímenes más recalcitrantemente reaccionarios del planeta; es el caso de Hamás, que, bajo los auspicios de la Hermandad Musulmana, se ubica en las antípodas de la protección de los derechos humanos de la mujer, de las comunidades homosexuales y, más ampliamente, de la libertad en general (A fin de cuentas, todo es parte de lo mismo).

Por eso, nada sorprendió cuando la honorable Mesa Política adhirió a una marcha que nada tuvo que ver con los postulados de paz y derechos humanos que decía promover.

Sin embargo, que lo haya hecho sin el menor rigor técnico, sin siquiera detenerse a corroborar la exactitud de los hechos -hubieran bastado 30 segundos para consultar a la IA y rectificar el texto-, se nos hace lisa y llanamente inaceptable. Y sobre todo, nos dice muy poco del pretendido genocidio que la convoca, y mucho del estado actual de esa mesa política: el franco deterioro de su factura técnica, y su más absoluta irresponsabilidad a la hora de convocar a este tipo de movilizaciones.



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