Edición Nº 1082 - Viernes 29 de mayo de 2026

A 170 años de Batlle: la dignidad como idea de país

Viernes 29 de mayo de 2026. Lectura: 4'

Por Angelina Rios

De la Ley de la Silla a los desafíos de seguridad y reinserción social del Uruguay actual.

Hay leyes que parecen pequeñas, pero terminan explicando una época entera.

En 1918, Uruguay aprobó la llamada “Ley de la Silla”, una norma que obligaba a los comercios y lugares de trabajo a disponer de asientos para que las empleadas pudieran sentarse cuando la tarea lo permitiera. Vista desde hoy, podría parecer una disposición menor, casi simbólica. Pero en realidad representaba algo mucho más profundo.

Porque aquella ley no hablaba solamente de una silla.
Hablaba de dignidad.

Hablaba de un país que comenzaba a comprender que los trabajadores no eran simplemente mano de obra, sino personas con derechos, con cansancio y con límites humanos. En una época de largas jornadas laborales y escasa protección social, aquella norma significó reconocer algo elemental pero revolucionario para su tiempo: que el trabajo también debía tener humanidad.

La ley fue promulgada durante el gobierno de Feliciano Viera, sucesor de José Batlle y Ordóñez. Y aunque con los años ambos terminarían distanciados políticamente —al punto de que Viera consideraba que algunas reformas batllistas avanzaban demasiado rápido para la época—, lo cierto es que el Uruguay seguía respirando el clima reformista que Batlle había instalado.

Ese quizás sea uno de los aspectos más impresionantes del legado batllista.

Batlle y Ordóñez no solo impulsó leyes. Cambió la sensibilidad social del país.

A 170 años de su nacimiento, vale la pena mirar más allá de los grandes discursos o las disputas históricas. Porque muchas veces el verdadero legado político no queda únicamente en las estructuras institucionales, sino en la forma en que una sociedad comienza a mirar a las personas.

La Ley de la Silla fue hija de esa mirada. Igual que la jornada de ocho horas, el descanso semanal, las primeras normas de protección laboral y tantas reformas sociales que colocaron a Uruguay a la vanguardia regional a comienzos del siglo XX.

Y quizás lo más interesante es que, más de un siglo después, el país sigue enfrentando debates que en el fondo remiten a la misma pregunta: ¿cómo construir convivencia sin abandonar la dignidad humana?

Hoy, en el siglo XXI, los uruguayos vivimos preocupados —y con razón— por la seguridad, la violencia y el avance de la exclusión social. Las noticias policiales ocupan buena parte de la agenda cotidiana y muchas veces generan la sensación de que la sociedad se endurece al ritmo del miedo.

Pero al mismo tiempo, aparecen discusiones que vuelven a poner sobre la mesa el papel del Estado frente a quienes quedan más vulnerables.

En estos días, el gobierno presentó el programa “Libertad Segura”, un plan piloto destinado a personas liberadas de las cárceles, que incluye formación, empleo y prestaciones sociales para facilitar la reinserción. El debate naturalmente divide opiniones. Algunos lo verán como una necesidad; otros, como una apuesta riesgosa. Pero más allá de las posiciones políticas, el tema vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta profundamente nuestra, que nos interpela: ¿qué hacer para romper el círculo entre pobreza, exclusión, violencia y delito?

Y ahí es donde la historia vuelve a dialogar con el presente.

Porque el batllismo entendió tempranamente que una sociedad no se construye solamente castigando o administrando conflictos. También se construye generando condiciones mínimas de integración, dignidad y oportunidades.

Antes fue una silla para una trabajadora agotada después de horas de pie. Hoy puede ser una oportunidad laboral para alguien que intenta no volver al delito.

Los contextos son distintos. Los problemas también. Pero en ambos casos aparece la misma discusión de fondo, que hace que pensemos en qué responsabilidad tiene el Estado frente a las fracturas sociales y qué responsabilidad tenemos nosotros como ciudadanos, que fuimos incapaces de mirar a nuestro alrededor.

Quizás por eso la Ley de la Silla, con más de cien años de su promulgación, sigue teniendo tanta fuerza simbólica. Porque recuerda que las sociedades avanzan cuando son capaces de humanizar incluso los temas más difíciles.

Y tal vez esa sea una de las vigencias más profundas de José Batlle y Ordóñez a 170 años de su nacimiento.

La idea de que el progreso no puede medirse solamente por la economía, el orden o el crecimiento, sino también por la manera en que una sociedad trata a quienes quedan más expuestos.

Porque a veces los grandes cambios históricos no empiezan con estridencia.

A veces empiezan, simplemente, permitiendo que alguien pueda sentarse.



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