250 años de La riqueza de las naciones: el libro que cambió la economía y la idea de prosperidad
Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026. Lectura: 8'
Por Santiago Torres
El 9 de marzo de 1776 se publicó «La riqueza de las naciones», la obra maestra de Adam Smith que sentó las bases de la economía moderna. Dos siglos y medio después, sus ideas sobre la libertad económica, el comercio, la división del trabajo y el papel de las instituciones siguen influyendo en el pensamiento político y económico del mundo. Menos conocida, pero igualmente relevante, es su reflexión sobre la educación como fundamento moral y cívico de una sociedad libre.
El 9 de marzo de 1776 apareció en Londres un libro destinado a cambiar la historia intelectual de Occidente: Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones (“An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations”), conocido universalmente como La riqueza de las naciones.
La obra del pensador escocés Adam Smith se convirtió en el primer intento sistemático de explicar cómo se genera la riqueza en las sociedades modernas y por qué algunos países prosperan mientras otros permanecen pobres.
A 250 años de su publicación, sigue siendo una de las obras más influyentes en la historia del pensamiento económico y político.
Adam Smith: un filósofo moral antes que economista
Adam Smith nació en 1723 en Kirkcaldy, Escocia, y fue una de las figuras centrales de la Ilustración escocesa, uno de los movimientos intelectuales más fértiles del siglo XVIII.
Aunque la posteridad lo recuerda principalmente como economista, Smith fue ante todo un filósofo moral. Durante años fue profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow, donde enseñó ética, jurisprudencia y economía política.
Su primera gran obra, publicada en 1759, fue La teoría de los sentimientos morales. En ese libro desarrolló una profunda reflexión sobre la naturaleza humana, la simpatía, la ética y la convivencia social.
Smith sostenía que los seres humanos poseen una capacidad natural de empatía moral, lo que permite la cooperación y el orden social incluso sin una autoridad omnipresente. Esa visión ética sería el fundamento filosófico de su posterior teoría económica.
Lejos de defender un egoísmo sin límites, Smith entendía que el mercado y la sociedad funcionan dentro de un marco moral e institucional que incluye justicia, normas sociales y responsabilidad cívica.
La obra que fundó la economía moderna
Cuando La riqueza de las naciones fue publicada en 1776, Europa estaba dominada por la doctrina mercantilista, que sostenía que la riqueza de un país dependía de acumular metales preciosos y proteger su economía mediante monopolios y regulaciones.
Smith cuestionó radicalmente esa visión.
Argumentó que la verdadera riqueza de una nación no radica en el oro o la plata acumulados por el Estado, sino en la capacidad productiva de su sociedad.
El libro —resultado de más de una década de trabajo— ofrecía una explicación sistemática del funcionamiento de los mercados, el comercio, la producción y el papel de las instituciones en el desarrollo económico.
Entre sus ideas más influyentes se destacan varias que siguen siendo pilares del pensamiento económico.
Algunas de las principales son las siguientes:
- La división del trabajo
Uno de los conceptos centrales del libro es la división del trabajo. Smith observó que la productividad aumenta enormemente cuando las tareas se especializan.
Su famoso ejemplo es el de la fábrica de alfileres, donde la producción se multiplica cuando cada trabajador se ocupa de una operación específica.
Este principio se convertiría en uno de los motores de la Revolución Industrial y del desarrollo económico moderno.
- La “mano invisible”
Otra de las ideas más célebres asociadas a Smith es la de la “mano invisible”.
Según esta metáfora, cuando las personas persiguen su propio interés dentro de un mercado libre y bajo reglas justas, sus decisiones individuales pueden contribuir al bienestar colectivo.
Smith no estaba defendiendo el egoísmo sin restricciones —caricatura fogoneada a izquierda y derecha—, sino describiendo cómo la coordinación espontánea de millones de decisiones individuales puede generar orden económico sin planificación central.
- El comercio y la prosperidad
Smith fue también un firme defensor del libre comercio.
Criticó los monopolios, las restricciones comerciales y los privilegios otorgados por los gobiernos a ciertos grupos económicos. Por eso miraba con desconfianza las asociaciones corporativas de comerciantes y productores, a las que veía inclinadas a formar monopolios o conspiraciones contra el público, sin perjuicio de reconocer a los empresarios como los dinamizadores del sistema: “Las personas del mismo oficio rara vez se reúnen, ni siquiera para divertirse, sin que la conversación termine en una conspiración contra el público o en algún plan para subir los precios”.
Para él, el comercio abierto permitía aprovechar las ventajas productivas de cada región y expandir la riqueza global.
En una época dominada por imperios coloniales y economías cerradas, estas ideas eran profundamente revolucionarias.
- El papel del Estado
A diferencia de interpretaciones simplistas, Smith no defendía la ausencia del Estado.
En La riqueza de las naciones identificó funciones esenciales para el gobierno: la defensa nacional, la administración de justicia, la protección de los derechos de propiedad y la construcción de infraestructuras públicas necesarias para el funcionamiento de la economía.
El Estado debía ser limitado, pero eficaz en aquellas áreas donde el mercado por sí solo no podía garantizar el orden y el desarrollo.
Es más: Smith entendía que los mercados sólo funcionan adecuadamente dentro de un marco institucional sólido. La justicia, la seguridad jurídica y los derechos de propiedad no eran para él un detalle secundario, sino el fundamento mismo de la prosperidad económica.
- Adam Smith y la educación
Una dimensión menos conocida del pensamiento de Smith es su reflexión sobre la educación pública.
En el Libro V de La riqueza de las naciones, Smith dedicó un capítulo completo al análisis de los gastos del Estado, incluyendo la educación de los jóvenes.
Su preocupación surgía de una paradoja del progreso económico.
La división del trabajo —motor de la productividad— podía tener también efectos negativos sobre los trabajadores, cuyo empleo repetitivo corría el riesgo de empobrecer sus capacidades intelectuales. Smith advirtió que un trabajador dedicado toda su vida a una operación simple podía volverse intelectualmente limitado si no tenía acceso a educación.
Por eso defendió que la educación básica debía ser accesible para la población común.
Smith sostenía que en una sociedad comercial la educación del pueblo es de interés público, tanto por razones económicas como políticas y morales.
Una población educada, afirmaba, es menos susceptible al fanatismo, la manipulación y la superstición.
Sin embargo, su posición era matizada: no proponía un sistema completamente estatal de educación. Más bien imaginaba un modelo mixto donde el Estado pudiera subvencionar o facilitar el acceso a la educación, especialmente para los sectores más pobres, sin eliminar la participación de instituciones privadas.
Para Smith, la educación cumplía una función civilizadora esencial: formar ciudadanos capaces de participar responsablemente en una sociedad libre.
Un libro que cambió el mundo
La influencia de La riqueza de las naciones fue enorme.
El libro inauguró la tradición de la economía política clásica e influyó en pensadores como David Ricardo, Thomas Malthus y John Stuart Mill.
Pero su impacto trascendió el ámbito académico.
Sus ideas ayudaron a consolidar un modelo económico basado en la iniciativa individual, el comercio libre y la competencia, principios que acompañaron el desarrollo del capitalismo moderno y el crecimiento económico de Occidente y de todas las economías que prosperan en el mundo entero, incluso de aquellas nominalmente socialistas (v. g., China, Vietnam, Laos).
Estas ideas inspiraron reformas económicas, la eliminación de privilegios corporativos y la expansión del comercio internacional.
250 años después
Cuando Adam Smith publicó La riqueza de las naciones en 1776 ofreció al mundo algo más que un tratado económico. Ofreció una nueva manera de pensar la prosperidad. Y no fue casual que La riqueza de las naciones apareciera el mismo año que la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Ambos acontecimientos expresaban una misma transformación intelectual: la emergencia de una concepción del orden social basada en la libertad individual y en la limitación del poder político.
Y no es que esas ideas no existieran antes del genial filósofo escocés. Desde ya que sí. Pensemos, por ejemplo, en el jesuita Juan de Mariana y la fermental Escuela de Salamanca, en pleno Siglo de Oro español, donde se desarrollaron ideas precursoras del pensamiento económico moderno, especialmente en materia de valor, moneda, propiedad y comercio. O la maravillosa experiencia de libertad que significó la República de los Siete Provincias Unidas de los Países Bajos en la misma época. Pero Adam Smith en La riqueza de las naciones sistematizó y fundamentó de manera didáctica aquellas ideas.
Doscientos cincuenta años después, ese libro continúa recordando que el progreso no es solamente una cuestión de recursos o de poder estatal.
Es, sobre todo, una cuestión de libertad, conocimiento y creatividad humana.
Y su intuición central sigue siendo extraordinariamente vigente: la riqueza de las naciones surge del trabajo productivo, de instituciones justas y de la libertad de los individuos para intercambiar, innovar y cooperar.
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