1o. de Mayo: una reflexión sobre el Día de los Trabajadores
Viernes 8 de mayo de 2026. Lectura: 4'
Por Jonás Bergstein
Entre consignas previsibles y enemigos externos de manual, el 1.º de mayo volvió a eludir lo esencial: la pérdida de competitividad y el deterioro del trabajo en Uruguay. Mientras empresas se van y el mundo aprieta, el discurso insiste en mirar hacia afuera y no hacia adentro, postergando —una vez más— las reformas que el país no puede seguir evitando.
Toda fecha del calendario marcada como día feriado se nos hace proclive a la reflexión. Uno quisiera creer que esa es la razón primordial por la cual los feriados se instituyen. El 1.º de mayo, Día de los Trabajadores, no es la excepción.
Nuestra primera reflexión es puramente semántica: ¿es el 1.º de mayo el Día de los Trabajadores, o es más bien el día del trabajo, o ambas cosas? ¿Cuál debiera ser la razón de ser de este feriado: congratular a los trabajadores o celebrar el trabajo como un mandato que ennoblece el alma, que dignifica a quien lo ejerce, como ya enseñara Marx en el siglo XIX y el propio Primo Levi más acá en el tiempo?
Estas reflexiones para nosotros adquieren singular relevancia en este 1.º de mayo que acaba de transcurrir. Porque la coyuntura reciente —y ojalá sea simplemente una coyuntura— pone al trabajo en alerta. Y con esto me refiero a los desafíos de la inteligencia artificial, a los desafíos de la competencia de China y del mundo, y a los desafíos emergentes de las consecuencias que las guerras y la geopolítica mundial están teniendo sobre el planeta todo, Uruguay incluido.
Algo de todo ese combo ya hemos visto: UKG ya levantó campamento el año pasado; BASF anunció la desvinculación de un par de cientos de sus funcionarios; Oracle hizo lo propio, aunque en un número algo menor. Quienquiera de nosotros vinculado al sector servicios ya habrá visto en carne propia las varias empresas que han anunciado cierres de operaciones, fusiones o achiques de todo tipo.
El reclamo ha sido bastante generalizado: somos un país caro; y, siendo así, ¿por qué voy a producir o procesar en Uruguay aquello que puedo producir o procesar en otros países a un costo más accesible?
La pelota quedó en nuestra cancha: ¿una vez más vamos a volver a criticar a la empresa que levanta amarras y nos deja, tal como lo hicimos en el caso del Royal Bank of Canada hace 10 años —ahí las circunstancias eran otras, pero lo cierto es que no movimos un dedo para intentar retenerlos—? ¿O más bien vamos a hacer lo que en su momento no hicimos, que es justamente reflexionar, ver qué podemos hacer mejor y enmendar el rumbo sobre la marcha?
He aquí los temas, las grandes cuestiones que uno, pecando seguramente por ingenuo, esperaba que en la jornada cívica del 1.º de mayo fueran tratados por los distintos y reputados oradores.
A juzgar por la compulsa de la prensa, infelizmente nada de eso sucedió. Vimos muchas referencias a los lugares de siempre: Trump, la guerra, la injerencia extranjera, bloqueos, imperialismo, genocidio en Irán (rectius: en Gaza) y un largo etcétera.
No estamos diciendo que todas esas cosas dejen de ser relevantes. Claro que lo son. Pero todas esas cuestiones, a nuestro juicio, desplazan el tema de sus verdaderos ejes.
Primero, porque vuelcan la responsabilidad sobre los demás y no sobre nosotros: y por los demás me refiero a Estados Unidos, a la guerra, a Israel, a los imperialistas, a los genocidas de siempre, etcétera. De esa manera, no solo desviamos el tema de su centro —concretamente nosotros: ¿qué debemos hacer aquí y ahora?—, sino que en cierta forma nos alejamos de las cuestiones, porque ¿qué podemos hacer nosotros con Trump, con la guerra en Medio Oriente o con la guerra en Ucrania? Muy poca cosa, más que criticar a todo aquel que ande en la vuelta. Pero con criticar no hacemos patria. Nos distanciamos de las causas de nuestros problemas y, por lo mismo, deslindamos nuestras propias responsabilidades, que nunca debieran ser menores.
Segundo, porque podemos criticar a este, al otro y al de más allá, pero con eso poco habremos de avanzar. Esto es: uno esperaría que de una jornada de estas características todos y cada uno de nosotros nos hubiéramos llevado deberes a casa, tareas a realizar, responsabilidades: ¿qué podemos hacer cada uno de nosotros para ser mejores y no perder competitividad día tras día?
Nada de eso vimos en este 1.º de mayo. A juzgar por los discursos, a juzgar por los pocos deberes que nos llevamos a casa, uno debiera inferir que lo que estamos haciendo está maravillosamente bien. Pero todos bien sabemos que no es así.
Para concluir, me tomo sí la libertad de llevarnos un deber: para que el próximo 1.º de mayo no sea una jornada perdida, propondría que todos redobláramos el trabajo y obsequiáramos su producto a nuestro querido Estado, que tanto lo necesita.
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