La batalla cultural

El “relato” antiliberal, que comenzó a entronizarse en nuestra cultura a fines de los años 50, persiste en su propósito de socavar las señas de identidad histórica de nuestro país.

La llegada del Frente Amplio al poder fue el éxito de una batalla cultural que, paso a paso, logró el descrédito de los partidos tradicionales y la construcción de un idílico imaginario colectivo que nos conducía al paraíso terrenal. Nos alejábamos quienes presuntamente representábamos a la oligarquía, al capital extranjero, la gran propiedad, desplazados por el pueblo que construiría la utopía.

La descripción de ese paraíso se ha hecho de modo descarnado en el libro que para 6° año se difunde en varios institutos privados y que firma una profesora que ya ha aparecido en textos escolares con un claro flechamiento frenteamplista. En este caso, se compara al comunismo con el mundo de los Pitufos, de los que se ofrece un dibujo gracioso y una descripción maravillosa de una sociedad en que todas las necesidades están cubiertas y la igualdad resplandece. En todo el libro se respira el “relato” frenteamplista, su interpretación de la historia lejana y reciente.

Este texto no es una casualidad. Responde a una opción estratégica que viene desde años y que se expresa de modos bien diversos, pero que finalmente se concentra en la educación, en la que se ha introducido de modo abusivo la llamada “historia reciente”, esa que tradicionalmente se soslayaba en la escuela (y aun en el liceo) para no introducirse en el ámbito del debate político. Bajo el paraguas de explicar la dictadura, a fin de evitar su repetición, aun en la enseñanza primaria se forma a los alumnos en visiones realmente distorsionadas de la realidad.

Así es que para la mayoría de los adolescentes, los Tupamaros luchaban contra la dictadura militar y se quedan asombrados cuando se les explica que su guerrilla fue contra la democracia, que la idea era sustituirla por un régimen a la cubana y que cuando vino la dictadura ya estaban desmantelados. Tan profundo ha sido el lavado de cerebro, que ni aun mostrándose la rotundidad de los hechos, muchos de ellos no se muestran cabalmente convencidos. A lo sumo se logra, en esas ocasiones, hacerlos dudar.

La dictadura también está explicada en clave frenteamplista. La adhesión de todo el Frente Amplio y la central sindical (entonces CNT) a los comunicados militares de febrero de 1973, es olímpicamente ignorada. En ese momento, en que realmente irrumpe el poder militar, toda la gloriosa “izquierda” uruguaya aceptaba una dictadura siempre que tuvieran un lugar en el gobierno “nacional y popular”. Luego viene la oposición a la dictadura y allí los dirigentes del Frente Amplio son los héroes. Se ignora el rol de los partidos tradicionales y de figuras democráticas que se enfrentaron al golpe militar con coraje y decisión. Algo se le reconoce a Wilson Ferreira, pero se ignora a Amílcar Vasconcellos, que hizo la primera denuncia; a Jorge Batlle, que fue el primer dirigente político preso; a Enrique Tarigo, de formidable oposición a la propuesta constitucional del régimen plebiscitada en 1980; apenas aparece, incluso, un gran líder militar, profundamente batllista, el Vicealmirante Zorrilla, que resistió el golpe con el bloqueo histórico de la Ciudad Vieja.

Es verdad que los tupamaros, que estaban presos y bien procesados por la Justicia en el período democráticos, fueron maltratados y eso les envolvió en una aureola de víctimas que desvaneció su acción violenta y reaccionaria contra las instituciones. También es verdad que se persiguió estúpidamente a los comunistas, que nunca habían estado a favor de la guerrilla. Allí está uno de los peores legados de la dictadura militar: transformar en víctimas a los victimarios; regalarles una legitimidad política que carecían, cuando entraron a la cárcel repudiados por la gran mayoría de la población.

La historia del “neoliberalismo” es otro gran concepto falsamente acuñado. En un país que históricamente tuvo los mejores indicadores sociales de América Latina, que no privatizó ninguna de las grandes empresas del Estado y que preservó un Estado Benefactor que con bienes y males, logros y carencias, ha sostenido una mayoritaria clase media, seguir machaconamente hablando de un conservadurismo rampante es una mentira grande como una catedral. Pero se repite y se repite. Felizmente, ahora empieza a asomar su falacia, cuando resulta que los pilares de la vieja “oligarquía” han sido asumidos con fervor por el frentismo. La vituperada inversión extranjera es elogiada y buscada con fruición; el consumismo tan cuestionado, aun moralmente, sustenta las grandes recaudaciones que le han permitido a los dos últimos gobiernos nadar en la abundancia; la maldecida globalización nos regaló diez años de una bonanza de precios internacionales nunca vista y ni hablemos de la gran propiedad agropecuaria —monstruo latifundista— que hoy muestra la mayor presencia de tierra en manos de extranjeros y aun de concentración de la propiedad. Los gobiernos frentistas viven de lo que han odiado, ahora se abrazan a lo que han repudiado y eso es lo que comienza a advertirse a nivel de una ciudadanía que se asombra ante la voltereta o bien que advierte como aquella mentalidad marxista corrompe, en la aplicación, buenos principios liberales.

Los textos como el comentado siguen manteniendo como un ideal la concepción marxista de la sociedad y desacreditan todo el pasado nacional vinculado a los partidos tradicionales. Ni hablar del gran caudillo de la independencia, Fructuoso Rivera, al que la “mala fe y la ignorancia” —como decía Maiztegui— acusa de un “genocidio charrúa” por un enfrentamiento en que la ya diezmada tribu perdió una veintena de integrantes, aunque luego logró asesinar al hermano del Presidente, figura militar y política de gran relevancia.

El tema no es de intelectuales. Lo acunan algunos intelectuales, lo trasmiten a la docencia y de ahí a los alumnos. Se comenzó a vivir este proceso antes de la dictadura y, retomado con fuerza luego de ella, sigue hoy su machacona pérdida, torturando la historia para que diga lo que ellos quieren que diga. Difícil será el futuro nacional con esta tergiversación que ha degradado la educación pública y la ha transformado en una herramienta de adoctrinamiento, incompetente para formar ciudadanos demócratas, capaces de adaptarse al vertiginoso dinamismo del mundo que nos toca vivir.



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