Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

Ejército y laicidad republicana

Por Julio María Sanguinetti

La realización de una misa en homenaje al Ejército, a la que se convocó por canales institucionales y se concurrió de uniforme, no constituye un episodio menor. Hiere la imprescindible neutralidad religiosa que las FFAA deben mantener como expresión de soberanía de un Estado constitucionalmente laico.

Ha generado polémica la asistencia de dos comandantes en jefe y varios generales, uniformados, a una misa celebrada por el Cardenal Sturla en la Catedral de Montevideo, en ocasión de la patriótica celebración del 18 de mayo, cuyo acto central ocurrió en el Comando del Ejército. Tengo por costumbre asistir a las celebraciones militares de ese día, por adhesión a esa institución fundamental en la vida de nuestro Estado y que en los diez años en que me correspondió el honor de presidir la República, ejercimos —con orgullo, como lo dijimos desde el 1º de marzo de 1985— su mando superior.

Desgraciadamente, este año no pudimos estar presentes. Sí leímos el discurso del Comandante en Jefe, sin duda interesante, con referencias históricas de particular valor.

Hasta allí nada —o casi nada— para cuestionar y lo más para coincidir. Creemos, en cambio, que el uso de la red oficial por los comandantes para invitar a todos sus subordinados a una misa y que ellos asistan uniformados, es una actitud divisionista, que quiebra una tradición largamente sostenida. Desde 1917 hasta hoy —con alguna solitaria excepción en los años de la dictadura— nunca ocurrió nada análogo. Hacer una invitación por la red oficial es prácticamente una orden para un militar subordinado. Ir uniformado es una expresión simbólica rotunda, que hiere la necesaria neutralidad del Ejército ante el fenómeno religioso, impuesta por la Constitución de un Estado que “no sostiene religión alguna”. Cualquier militar, como ciudadano que es, puede ejercer con libertad el culto que desee. Es obvio que eso no está en cuestión. Lo que sí lo está es el modo de la convocatoria y la ostensible presencia, invocando la condición de militar. No olvidemos que la Constitución hasta le prohíbe a los funcionarios públicos usar, en cualquier asociación, la pertenencia a una dependencia estatal .

Nada le agrega —o le quita— a la transgresión el hecho de que la misma se haya realizado en la Catedral, a la que tantas veces hemos asistido a homenajes a los Generales Rivera y Flores, a Joaquín Suárez y a Jaime Zudáñez. La Catedral es un monumento histórico nacional, al que respetamos profundamente quienes, aun no siendo católicos, reconocemos su valor tradicional.

El tema es de principio y se equivocan quienes restan importancia al episodio. No advierten que esos principios constitutivos del Estado deben preservarse con estrictez, especialmente por los servidores públicos. Suele ocurrir que quienes desprecian la majestad constitucional en algo episódico luego se lamentan cuando les corresponde a ellos sufrir su violación. Por ejemplo, mucho daño le hizo al país, en los centros de educación, la tergiversación de hechos y principios que, en los años 60 y 70, ambientaron el auge de la guerrilla, como más tarde —en la dictadura— ocurrió a la inversa. También, entonces, ante los primeros episodios, se les restaba importancia, hasta que un día fue tarde.

Lo mismo sostuvimos, no hace mucho, cuando niñas musulmanes concurrían con velo islámico a la escuela pública. La autoridad escolar no aceptó nuestro razonamiento. Basta ver, sin embargo, lo que ocurre en Europa para entender que esas actitudes de principio son las únicas que pueden preservarnos de transformar las aulas del Estado en ámbitos de división y encono entre partidarios de religiones diversas. Allí no debe haber símbolos religiosos. Simplemente ninguno. Que cada uno ejerza su libertad y profese la creencia que quiera, pero fuera de ese espacio en que la neutralidad del Estado es fundamental para la formación de la conciencia ciudadana y su clima de tolerancia democrática.

Ante esas críticas a la polémica misa, no han faltado quienes hablaran de anticlericalismo. No nos duelen prendas. Fuimos los proponentes de que la Cruz, en Tres Cruces, quedara allí como referencia histórica de la primera visita de un Papa al Uruguay. También consolidamos la instalación de la Universidad Católica, paso trascendente en el desarrollo de una pluralidad educativa que le ha hecho mucho bien al país. Por lo mismo que hemos procurado servir a ese concepto moderno y abierto de laicidad, también somos muy estrictos frente a transgresiones que pueden arrastrarnos a peligrosos enfrentamientos.

El Ejército, por su propia definición, es una institución íntimamente ligada a la soberanía del país, a su paz y a su Constitución. Es, además, una estructura funcional estrictamente jerárquica. Razón de más para que los superiores sean particularmente cuidadosos. Evadirse de la imparcialidad, de la abstención en materia tan delicada como la creencias, supone embanderar la institución y condicionar la libertad de cultos de los subordinados. Los militares católicos de jerarquía deben entender que sus convicciones personales, respetables por si mismas, no pueden invadir el ejercicio de la autoridad que ostentan en nombre de un Estado neutral e imparcial ante las religiones.

Anhelamos, con la mayor buena fe, que así lo entiendan.



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