Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

Batllismo, marxismo, peronismo

Por Julio María Sanguinetti

Ahora se puso de moda que quienes siempre apostrofaron al Batllismo, pretendan presentarse como sus herederos legítimos. De incuestionable matriz liberal, el Batllismo supone una extensión progresista del liberalismo clásico, tan alejado de la visión marxista como de los populismos corporativistas como el peronismo. El Batllismo estuvo y seguirá estando siempre en el Partido Colorado, sin perjuicio de que haya llegado a formar parte del cerno filosófico de la identidad nacional uruguaya.

Está de moda comparar al Batllismo, con otras corrientes políticas. Ha sido tan fuerte la impronta de la ideología batllista, tan incuestionable su importancia en la construcción del primer Estado de Bienestar de América, que muchos que otrora lo cuestionaron hoy desean aproximarse. En el caso extremo de este fenómeno de “descubrimiento” se encuentra el movimiento tupamaro, que pretendió por medio de la violencia derribar el sistema democrático y construir una sociedad a la cubana.

Hoy las cosas han cambiado y desde el frentismo, es usual la comparación de batllismo y socialismo, con un burdo intento de compartir la revolución social que, en paz, hizo el Batllismo. Es evidente que poco tienen que ver. La mayoría de las corrientes internas del Frente Amplio no tienen tradición democrática y no creen en el sistema, pese a que hoy circunstancialmente operen dentro de él. No son demócratas y por eso pueden seguir admirando la tiranía cubana o la satrapía populista de Venezuela. Por lo mismo, viven cuestionando a Israel, directa o indirectamente, alabando en cambio a las corrientes totalitarias y aun terroristas que pretenden su desaparición. Por lo mismo, también, han desconocido dos plebiscitos incuestionables que ratificaron la ley de caducidad y llevan el record histórico de leyes inconstitucionales votadas a sabiendas de su falta de juridicidad.

La diferencia, entonces, es tajante. Como lo es la visión de la sociedad que en las corrientes mayoritarias del Frente (y especialmente en el PIT CNT, que formalmente no lo integra pero, en realidad, es parte inseparable del mismo) sigue asentándose en la lucha de clases, que el Batllismo jamás aceptó como motor de la historia. Su matriz liberal propone la ciudadanía republicana como elemento de cambio a través del ejercicio democrático.

En los últimos ha aparecido, además, una aproximación que el frentismo ha hecho hacia el peronismo, corriente que se inspiró en el estado corporativo de Mussolini y por lo mismo construyó un sistema en que el poder público y de los gremios compartían el ejercicio del gobierno. Por eso en Argentina los sindicatos tienen un rol público, más allá de lo gremial: administran seguros, poseen hospitales y hoteles y de ese modo comparten con el Estado roles fundamentales. Hacia allí vamos en nuestro país, con una dirigencia sindical inamovible por ley, que practica una prepotencia capaz de doblar la mano de legisladores, a los que se les han impuesto leyes en contra de su misma convicción. Ejemplo contundente lo ha sido la reciente norma sobre responsabilidad penal de los empleadores, cuyo inesperado primer episodio se ha dado justamente contra una Intendente comunista.

Ni el marxismo ni el peronismo tienen que ver con el Batllismo, cuyo pensamiento social es un desarrollo de su filosofía liberal. La legislación obrera fundamental de comienzos del siglo XX no fue socialista sino una expansión progresista del liberalismo, que incorporó la idea de justicia social a la de libertad política. Pero no es historia antigua esta idea. Si observamos los últimos años, fueron gobiernos batllistas los que crearon los centros CAIF para la atención de la infancia desvalida, los que crearon las escuelas de tiempo completo, los que universalizaron la enseñanza preescolar, los que bajaron drásticamente la mortalidad infantil, los que llevaron al interior los centros de formación docente, los que erradicaron las altas inflaciones, que han sido –y son— el peor impuesto a los pobres. Ningún gobierno logró bajar el índice de pobreza en proporción mayor a nuestra primera presidencia; y si ella subió cuando la crisis de 2002 que nos vino de Argentina, el manejo valeroso e inteligente de ese cataclismo permitió rápidamente retornar a los guarismos anteriores.

No estamos frente a disquisiciones históricas. Se trata de deslindar claramente el manejo de ideas que luego son llevadas a la práctica y afectan directamente la vida ciudadana. Por su errónea concepción de la sociedad es que el Dr. Vázquez, en su presidencia, pudo disponer aquella célebre suelta de presos, basada en la vieja idea socialista de que es la sociedad y no el delincuente el responsable del delito. Por su misma aproximación al corporativismo peronista, le entregó a gremios docentes atrasados la conducción de la educación, cuyos resultados son hoy los peores de la historia .Del mismo modo que hoy el gobierno de Mujica le confió un gigantesco plan de viviendas, de 400 millones de dólares, en que los fondos públicos son administrados por sindicatos cuya caída a la corrupción ha sido denunciada desde adentro mismo del PIT –CNT.

Que todos los partidos uruguayos estemos participando del mismo sistema democrático no quiere decir que nuestras ideologías se aproximen. No es lo mismo una cosa que la otra, aunque sigamos funcionando dentro de la misma Constitución. Se puede vivir adentro de la economía de mercado, pero no aceptar sus reglas, del mismo modo que se acepta la convivencia democrática, porque hoy conviene, pero se la viola no bien se presenta la primera ocasión. De todo lo cual hay cumplidos ejemplos, que deben llevar a la sana reflexión al ciudadano, muy especialmente a una juventud que escucha justicieros discursos, almibarados y deliberadamente confusos, que pretenden arrastrarlos hacia ese autoritarismo latente que está detrás de quienes dicen llamarse izquierda y nada tienen de verdadero progresismo.



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