Aserrín y pan rallado
Por Santiago Torres
No ha habido filosofía que haya hecho más por la mujer que el liberalismo. Y es penoso que ello no se advierta desde el nuevo “feminismo”, que subordina la búsqueda del justo empoderamiento de la mujer a los intereses políticos de la izquierda.
Históricamente, la defensa de la mujer y la lucha por el reconocimiento de sus derechos en un plano de igualdad con los hombres, nació en el seno de las corrientes liberales. Cumplido ejemplo de ello fueron, entre las mujeres, Harriet Hardy, más conocida como Harriet Taylor Mill, en Inglaterra, y Clara Campoamor, en España.
La primera escribió junto a su marido, John Stuart Mill, el libro “El sometimiento de la mujer”, publicado en 1869, en el que se postula la “perfecta igualdad que no admitiera poder ni privilegio para unos ni incapacidad para otros”.
La segunda luchó como diputada por la consagración del voto femenino en España. Sí, aunque parezca un contrasentido, en la Segunda República las mujeres podían ser electas diputadas pero no podían votar. Quienes se opusieron a su iniciativa —a la postre victoriosa— fueron todos partidos políticos de la izquierda.
Ese feminismo liberal fue el que encarnó el batllismo, traducido en su obra emancipadora, como se evoca en otro artículo de esta edición. Es que ninguna filosofía ha hecho más por la causa de los “colectivos” discriminados o subordinados que el liberalismo.
En los últimos años, empero y a caballo de la posmodernidad, ha surgido el llamado “feminismo de tercera generación”. El mismo desprecia la legislación igualitarista porque entiende que la misma oculta las asimetrías reales y constituye una suerte de engañifa dirigida a perpetuar el sistema de dominación patriarcal. Ese feminismo, entonces, sustituye los sujetos de la dialéctica del materialismo histórico (las clases sociales) por los sexos, propiciando una visión básicamente misándrica. En rigor, más que sustituir a las clases, superpone la lucha de sexos a la lucha de clases, como un subproducto de ésta. Y en una nueva vuelta de tuerca, se ha entroncado con la moda frívola pero sumamente peligrosa —por su brutal autoritarismo— de la “corrección política”, empleando giros y expresiones seudo-inclusivas, deformando el idioma, y buscando silenciar, cuando es posible, todo enfoque diferente.
Curiosamente, este nuevo “feminismo”, a la vez que afirma perseguir el empoderamiento de la mujer, la trata como si el sexo femenino constituyera una discapacidad, buscando protecciones legales extraordinarias.
Expresión de esta nueva tendencia es la proclama que, para hoy, preparó la llamada “Coordinadora de Feminismos del Uruguay”. Proclama que, dicho sea de paso, más o menos reproduce los mismos conceptos —y hasta palabras— que las proclamas publicadas por organizaciones análogas de otros países.
No vamos a analizar párrafo a párrafo la proclama para no extendernos, pero sí destacaremos algunos pasajes y conceptos.
“Estamos en Huelga feminista, porque deseamos deconstruir la maternidad como institución opresiva. ¡Radicalicemos las formas de maternar para construirlas feministas y anticapitalistas!”, señalan.
¿Por qué la maternidad sería opresiva? Salvo que se trate de una condición no buscada, es difícil advertir en qué reside la opresión de la maternidad y que, en todo caso, la viven tanto mujeres como hombres que, con sentido de responsabilidad y compromiso, cuidan y educan a sus hijos. ¿Cómo sería “maternar” —verbo inexistente pero de moda— para “construir” personas “feministas” y “anticapitalistas”? ¿No sería mejor intentar “construir” (verbo que en ese contexto queda espantoso) personas con capacidad de pensar por sí mismas y, así, elegir libremente cómo vivir su “feminidad” o “masculinidad”, entre muchas otras aristas de su personalidad?
De paso: el rechazo al capitalismo permea todo el texto. ¿Pero el capitalismo qué tiene que ver? ¿Cómo le fue a la causa de las mujeres en los países socialistas? ¿No había machismo y “heteropatriarcado” detrás de la Cortina de Hierro o en la Cuba castrista? ¿No será que el tema no pasa por formas de propiedad o modos de producción sino por la cultura?
Estos radicalismos incurren en un serio problema: socavan su propia causa, que es legítima y justa. Cuando en el mismo texto condenan la esclavitud sexual y la trata de personas —lo que está muy bien— y, por otro, condenan al capitalismo y determinados modelos productivos —que serán ciertamente debatibles pero ajenos al tema “de género” —, enajenan voluntades y diluyen su causa.
Es una pena que un fundamentalismo de cuño marxista les impida advertir que mezclando aserrín con pan rallado, diluyen el objetivo proclamado y lo subordinan a otros de muy diferente naturaleza.
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