Acuerdo a favor del cambio
Por Julio María Sanguinetti
El Dr. Jorge Larrañaga ha recapacitado y ahora se muestra favorable a un acuerdo entre colorados y blancos para la Intendencia de Montevideo. Es una buena noticia, porque esa eventualidad política plantea una disputa distinta en el terreno electoral, con mejores posibilidades para la alternativa de cambio que la población de Montevideo está reclamando. Por cierto que ese acuerdo no asegura una victoria pero sí rescata una posibilidad importante.
Resulta gracioso oír a algunos frentistas cuestionar el acuerdo porque es simplemente un entendimiento “en contra” y no “a favor”, revelador —según el inefable comunista Castillo— de que los dos partidos tradicionales traducen idénticas ideologías. Es realmente cómico que digan eso quienes hace más de cuarenta años, desde las posiciones más disímiles, resolvieran sumarse para ganarle a los partidos tradicionales. En efecto, el Frente Amplio fue, estrictamente, una opción “en contra de”, sostenida a lo largo de los años por una oposición sistemática que mantenía unidas agrupaciones tan distintas como la que lideraba —y lidera— Astori, los tupamaros, los comunistas, los socialistas, núcleos de origen batllista y herrerista y hasta demócrata-cristianos.
Así como durante años los unió la “contra”, hoy sólo los une el poder, aun cuando notoriamente piensan tan distinto que todos los días el país asiste a los choques entre el socialista Olesker y el Ministro Lorenzo, el equipo de Planeamiento y el de Economía o —en un plano bien general y profundo— el Vicepresidente Astori con la dirección del MPP o del Partido Comunista.
En el caso, no se trata simplemente de estar “en contra” de la administración frentista capitalina simplemente por el hecho de serlo. La cuestión es su gigantesco fracaso, luego de cinco períodos que han degradado la ciudad en su urbanismo y calidad de vida. El desafío, entonces, es superar esa situación con otras ideas, sin el sometimiento al corporativismo de ADEOM, con un acento puesto en la eficacia de los servicios básicos (limpieza, pavimento, iluminación) hoy en drástica crisis.
Es preciso construir una alternativa a favor del cambio, que supere la resignación de la ciudadanía montevideana y ofrezca una visión moderna, sin prejuicios ideológicos, que supere la arcaica concepción clasista que —procurando igualar para abajo— pretende degradar lo que es próspero para acercarlo a lo que aún está atrasado. Naturalmente, es un planteo electoralmente muy complejo. Descartado que haya un lema partidario que se preste para este camino o que uno de los partidos cambie de nombre, la legislación sólo ofrece la posibilidad de constituir un nuevo partido. Ello requiere la firma de un 0,5% del electorado y la adhesión de un mínimo de 1.300 personas inscriptas en el Registro Cívico Nacional. Asimismo, deberá constituir autoridades como cualquier otro partido y sus integrantes no deben haber participado en las anteriores elecciones nacionales o departamentales (prohibición bastante excluyente, por cierto).
Más allá de estas complicaciones técnicas, indudablemente pesadas, por esta vía se abre una esperanza de cambio en un gobierno departamental absolutamente hipertrofiado e ineficaz y de renovación en los partidos tradicionales, que habrán de buscar en sus filas a jóvenes activistas o figuras de cierto relieve que no han integrado hasta ahora los cuadros de la militancia.
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