Venezolandia
Por Julio Aguiar Carrasco
Había una vez una vez un precioso país llamado Venezuela. Con el tiempo, sin embargo, su suerte cambió para mal; y luego para peor, es decir, una dictadura.
Sus actuales gobernantes, imbuidos por una enorme soberbia, uniformes por doquier con condecoraciones de todo tipo, discursos grandilocuentes y actitudes rimbombantes, fueron socavando y arrasando con todo lo que encontraron en su camino.
Aquello se terminó transformando en un sainete y aquél país pasó a llamarse Venezolandia.
En un gobierno con tantos pajarones, un pajarito se robó el corazón de la gente. Por su intermedio, el dictador recibía noticias del más allá que le enviaba su amigo muerto, el ex presidente Chávez.
El pajarito pasó a ser declarado de interés nacional y héroe de Venezolandia. Sin embargo, había algo que tenía recaliente a Maduro: el pajarito traía noticias pero no llevaba ninguna.
Todas las mañanas, mientras se arreglaba trabajosamente el bigote, Maduro recordaba a Chávez:”tremendo clavo me dejaste, camarada. ¿Este es el famoso Socialismo siglo XXI?”.
Un día, durante un desfile militar, algo raro y sospechoso sucedió. Se produjeron dos explosiones mientras Maduro llevaba dos horas hablando.
La primera versión hablaba de que habían hecho estallar dos bombas brasileras para que se callara.
Luego, vino la versión de una explosión de gas en un edificio de apartamentos cercanos.
Finalmente, los alcahuetes de Maduro tildaron las explosiones como un intento de asesinato al dictador.
¿Quién, en su sano juicio, podía creer esto? Maduro, claro, quien abrazó la idea calurosamente.
Si el atentado existió, la primera conclusión es la falta de profesionalidad del Ejército: ¡los mandos roban pero no mandan!
Ante las explosiones, la desbandada de todos los soldados que estaban formados frente al Palco Oficial, fue histórica.
En dicho Palco, las mismas tomaron de sorpresa a la gente, pero curiosamente nadie se movió. Solo un grupito de empleados trajo unas láminas para rodear a Maduro y se lo llevaron rápidamente.
Ni la primera dama fue protegida. Una foto de ella, a metros de distancia del pálido de su marido, la muestra con una ligera mueca: “el tonto se va a salir con la suya”.
En tiempo récord, el gobierno de Venezolandia echó la culpa del supuesto atentado a Colombia y a gente que vive en Miami. ¡Tal fue el apuro que enviaron ambas notas a Disneylandia!
El gobierno uruguayo no se quedó atrás. Si se demoraron meses en decidir sobre el TLC con Chile, con el camarada Maduro no iba a pasar lo mismo.
Lo que no se puede dejar de preguntar, sin mala leche, es quien comandaba los drones. Parece obvio que no tenía claro que hacer, pues uno de los drones reventó contra un edificio. Y el otro, a pesar de llegar cerca de la Tribuna, reculó y allí fue cuando lo derribaron, ¿Por qué lo hizo? No se sabe pero da que pensar.
¡Así se manejan los populismos de izquierda! ¡Así matan, roban y terminan mal!
Como sostuvo Martin Luther King, “nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”.
Venezuela es un sainete, no hay ya otra forma de adjetivarla. Maduro es un grotesco personaje, en medio de un terrible drama, que solo puede conducir a un final trágico.
Miles de venezolanos derramados por toda América, lo atestiguan. Una o dos generaciones serán frustradas manteniendo un régimen inviable, una dictadura cruel, un sistema mantenido por Cuba para subvencionar sus necesidades.
Que el Uruguay apoye esta payasada demuestra la división interna del Frente Amplio. No puedo creer que la gente moderada apoye un régimen de esta naturaleza: son rehenes de una estructura partidaria muy peculiar.
A todos les llega su fin. Maduro no es una excepción. Pero va a dejar detrás de él, sufrimiento y desolación. Quienes lo han apoyado sin condicionamientos seguramente dirán lo de siempre: el Imperio tuvo la culpa. Pero en su interior deben saber ya que han apoyado a un dictador fascista: ya nadie ni siquiera discute si es una democracia o no. ¡A tales extremos hemos llegado! Lamentable.
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