Valorar el sistema electoral
Durante toda la campaña electoral pero con mayor intensidad el día de la elección y luego a largo del escrutinio definitivo, se fueron publicando en las redes comentarios que arrojaban dudas acerca de la eventual comisión de prácticas fraudulentas. Esos comentarios desafortunados revelan cuánto debe avanzarse en cultura cívica, porque no se está valorando debidamente el sistema electoral de nuestro país, que hace del fraude una práctica imposible.
Si hay un sistema electoral que ofrece garantías, es el uruguayo. Difícilmente haya en el mundo un sistema que ofrezca mayores garantías.
Luego de que la llamada “Comisión de los 25”, presidida por don Andrés Martínez Trueba, sentara las bases de nuestro sistema, se aprobó la creación de la Corte Electoral en 1924 y, al año siguiente, se votó la ley de elecciones.
La Corte Electoral está integrada por nueve miembros. Cinco miembros “neutrales” y cuatro en representación de partidos políticos. Pero, además, todos los funcionarios de la Corte y las Juntas Electorales Departamentales, aunque ingresan por riguroso concurso, deben hacer explícita su adscripción político-partidaria. De esa manera se asegura que todos y cada uno de los procedimientos que se siguen en materia electoral cuenten con la presencia de funcionarios de diferentes partidos políticos.
Nuestro sistema electoral ha sido criticado por su vetustez y pesadez. Tal vez sea "pesado", pero esa “pesadez” —que ha sido muy alivianada con la justa y adecuada incorporación de tecnología digital sin alterar la sustancia— es fruto de todas las garantías de las que el acto electoral está rodeado.
En cada elección son invitados por nuestra Corte Electoral jerarquías y funcionarios de autoridades electorales de diferentes partes del mundo. Todos, unánimemente, quedan sorprendidos y admirados por las características del sistema, especialmente por la calidad de las garantías que el mismo brinda para asegurar la pureza del sufragio.
Desde ya que siempre son detectados errores cometidos durante el escrutinio primario. Es natural —los integrantes de las “mesas” son seres humanos— pero, precisamente, la existencia del escrutinio definitivo, que supone la revisión de la actuación de todas y cada una de las “mesas” (comisiones receptoras de votos), permite detectar los errores y enmendarlos. Aún si esos errores no fueran tales sino burdos intentos de torcer la voluntad ciudadana, éstos son detectados con precisión y corregidos.
Una vez más: nuestro sistema es a prueba de fraudes. Organizar uno con la capacidad de dar vuelta una elección, supondría montar una conspiración de tal magnitud, involucrando a personas de diferentes partidos políticos, que es prácticamente imposible.
Valoremos la fortaleza de nuestra institucionalidad electoral. No sembremos dudas, siempre infundadas, sobre sus garantías.
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