Por LA LIBRERIA

El Dr. Edgardo Ettlin, prolífico jurista y juez en activo, Ministro de Tribunal, se asoma al asesinato de Idiarte Borda, nuestro único magnicidio, ocurrido en un lejano 25 de agosto de 1897, en plena guerra civil. Es un caso singular, por lo dicho, y porque se trata de un presidente electo constitucionalmente, que gobernó también adentro de la Constitución, pero que vituperado por tirios y troyanos, como se ha dicho, murió dos veces, el día del balazo y el de la convocatoria a la audiencia con la historia.
Es el libro (*) de un juez. Un enorme expediente de 900 páginas, abrumador a la vista, pero que cuando se empieza a desplegar, adquiere un extraño encanto: el de la vivencia documental. En cada episodio, aparecen todos los testimonios, todos los diarios, todas las opiniones, construyendo un gigantesco friso sobre ese tiempo que culminó con una guerra y un asesinato presidencial. Se vive el clima de tensión política de esos años, llevada a lo máximo con el levantamiento armado de los Saravia y Lamas.
El trabajo documental es formidable y adquiere esa relevancia pese a lo copioso. Más bien a la inversa, su atracción está en lo exhaustivo, porque nos desnuda el microclima de una época, en todos sus matices, cuando justamente eso siempre es lo más difícil para el historiador, amenazado constantemente por el anacronismo. Con una larga vida vivida en la política, con episodios que observamos ya con perspectiva histórica, pero que de cuya realidad tenemos la vivencia, tenemos claro lo difícil que es ese rescate del ambiente en que ocurren los hechos principales que se desean narrar. Eso es lo más importante de esta obra.
A Idiarte Borda le pasa que los claroscuros de su vida se distorsionan por la guerra de 1897, en que aparece como el gran responsable, desdibujándose todo lo que pudo hacer en su gobierno, que no fue poco. Suele pasar: el golpe de Estado y el sacrificio de Baltasar Brum, le han borrado a Gabriel Terra, por ejemplo, su larga vida política en el Batllismo, junto a don Pepe incluso, y su calidad de hombre de Estado.
La obra muestra un Presidente serio, con capacidad de realización y un hombre honesto, pese a los cuestionamientos feroces que hubo sobre su rectitud moral. El hecho es que no era un político hábil. Persistente sí, porque por algo estaba donde estaba cuando las peculiares circunstancias políticas le permitieron llegar a la Presidencia, en una elección indirecta en que ocho candidatos distintos fueron votados 40 veces a lo largo de increíbles 21 días de suspenso. Su posición política ya era equívoca desde el primer momento, porque lucía como el hombre de Julio Herrera y Obes cuando en la realidad no había sido su candidato, pese a pertenecer a su "colectividad". De modo que su posición política quedaba confusa y él también trató de aparecer alejado del brillante Herrera y Obes, quizás sin advertir que carecía de sus luces y que el cargo, si bien le daba expectativa y responsabilidad, por comparación lo condenaba a una agrisada apariencia de mediocridad.
El hecho es que si la revolución de 1897 fue blanca y blancaza, no por ello dejaba de tener un espectro más amplio de opinión. El sector colorado "popular", que ya lideraba Batlle y Ordóñez, no acompañó el movimiento por sentir que en los blancos había mas ambición por el poder que afán de regeneración de los hábitos políticos del exclusivismo. Dicho de otro modo: Idiarte Borda tenía el gobierno y un gabinete muy serio, con figuras como Juan José Castro, enorme realizador; pero muy poco más. La mayoría de los diarios, de los "doctores", de la dirigencia política aun colorada, no lo quería. Y luego, la guerra le fue acumulando los odios de sus inevitables dolencias.
Que es injusto atribuir a su intransigencia el mantenimiento del conflicto, es bastante creíble si se examina el contenido de las negociaciones y las propuestas. Idiarte Borda era duro pero no el más duro. Sí lo eran, en cambio, los blancos que, prácticamente derrotados militarmente, ponían absurdas condiciones, que llegaban hasta el delirio de proponer un candidato a la Presidencia, en el lugar de quien estaba ganando el conflicto y como premio tenía que irse...
En cuanto al episodio criminal en sí, la información es conocida pero aquí es exhaustiva. Y allí el libro entra a nuestro juicio en su parte más débil porque a esa comprobación de hecho exhaustiva, le agrega comentarios discutibles o especulaciones sobre hechos notorios que no dejan de ser especulaciones. Que un hombre de salud normal, que va caminando y recibe un balazo en el pecho, muriendo poco después, genere tantas dudas sobre la causa de su fallecimiento, es buscarle cinco patas al gato. A Idiarte Borda es obvio que lo mató el tiro de Avelino Arredondo y no son los errores procesales los que puedan invalidar el hecho notorio, tan grande como la Catedral de la que acababa de salir. Lo mismo pasa con el matador: no hay el menor indicio de que haya actuado como parte de una conspiración, ¿por qué entonces darle tantas vueltas al asunto, cuando están sus declaraciones, sostenidas a lo largo de los años y no hay la menor evidencia de otra cosas? Es más, los atentados anteriores, las amenazas constantes, todas documentadas, el clima político pasional en su contra, hacían más que posible un atentado y si fue posible es por la intransigencia valerosa y porfiada de un vasco que se expuso a lo que todo el mundo veía venir.
De todos sus adversarios, en esas apreciaciones del autor , aunque no se diga expresamente, aparece Batlle y Ordóñez como el principal sospechoso. No hay razón para ello. A nadie le puede asombrar su dureza. Era la de siempre. Lo fue con José Pedro Varela por colaborar con Latorre o con José Pedro Ramírez por el cumplimiento del acuerdo de 1903. Tan audaz, lúcido y hasta genial como era en su visión de estadista, lo era de intransigente con quienes se le pusieran enfrente. En todo caso, en el episodio diarte Borda no fue él peor que todos los "doctores" de la época, blancos o colorados, desde Eduardo Acevedo Díaz a Carlos María Ramírez, Luis Melián Lafinur o el propio Julio Herrera y Obes. En su llegada a la presidencia pesaron otros factores que nada tuvieron que ver con esta situación, porque ni Idiarte Borda ni aun Julio Herreras y Obes eran competidores para el joven Batlle, que alcanzo la presidencia por el apoyo de Eduardo Acevedo Díaz.
No compartimos el juicio de que el asesinato abrió un nuevo tiempo histórico. La paz del 97 fue como todas las anteriores. Y quedaban intactos los dos mundos históricos que aún pugnaban, el declinante del caudillismo rural, liderado por Aparicio, y el ascendente de los líderes civiles, como Batlle y Ordóñez. La guerra de 1904 fue sí la divisorias de aguas.
En todo caso, es un libro curioso y valioso. Curioso por su tema, valioso por su notable trabajo de investigación. Confieso que lo abordamos con temor por su tamaño. Sin embargo, terminamos su lectura con satisfacción, embargados por la sensación de que realmente habíamos revivido hoy un tiempo apasionante de nuestro pasado político.
J. M. S.
(*) "Qué solos se quedan los muertos. Crónicas sobre Juan Idiarte Borda, 13.º Presidente Constitucional de la República Oriental del Uruguay, y sobre su agresor criminal Avelino Arredondo", Dr. Edgardo Ettlin, Fundación de Cultura Universitaria, Montevideo, 2021. 550 páginas.