Por LA LIBRERIA

Nuestro colega y amigo Luis Alberto Lacalle Herrera, las más de las veces socio y en ocasiones caballeresco adversario, se ha lanzado a escribir una memoria política en tres tomos, de la que acaba de salir el primero. (*) Arranca en 1980, el histórico año del plebiscito, en que comenzó su carrera hacia el liderazgo, con un herrerismo empequeñecido frente al frenesí avasallador del wilsonismo, que desde el fin de los 60' había asumido una posición abrumadoramente mayoritaria. Luis Alberto y un puñadito de amigos comenzó una aventura cuyo futuro parecía más que neblinoso pero que alcanzó la cima presidencial, reconstruyendo una visión modernizada del herrerismo que llega hasta nuestros días. Viví de cerca esta etapa, tanto como que colaboró, en el período final de la dictadura, en este "Correo de los Viernes" que por entonces dirigía Luis Alberto Solé, proscriptos como estábamos nosotros. Fueron tiempos duros, pero de esperanza y de hermosa confraternidad, donde no faltaban en nuestra redacción hasta algunos conspicuos frenteamplistas del ámbito cultural como Wilfredo Penco o Ruben Castillo.
En el camino de la salida, el Herrerismo de Lacalle -que había estado desde el primer día en contra de la dictadura- asumió siempre una posición más conciliadora que la del wilsonismo. Conducido éste desde el exterior por su líder, derivaba hacia un radicalismo verbal que le quitaba margen de maniobra en lo político. Se lo dijimos a Wilson con todas las letras en Santa Cruz de la Sierra y noblemente siempre reconoció que nuestra línea le había sido claramente anunciada: solo veíamos posible una salida negociada, batallando porque no hubiera ningún proscripto, pero asumiendo que ninguno de nosotros, por importante que fuera, valía el precio de llegar a una elección democrática. Posición en que estábamos los colorados y también el general Seregni. Wilson me previno del riesgo de "quemarme" y yo del de que se quedara "marginado". Todo claro, entonces, como se consigna en el libro. En lo que no concordamos es que se diga que dejamos por el camino "los principios tantas veces proclamados como fundamentales o aun innegociables", porque nuestro límite no era otro que una solución digna para el gobierno que naciera de la elección. Hubo sí quienes asumían radicalismos absolutos, pero no nosotros, los colorados, que siempre fuimos claros, diciendo que la prioridad era llegar a una elección libre. Que iba a haber imperfecciones era absolutamente inevitable: quienes pensaban -y todavía piensan- que era posible tener toda la democracia antes de llegar a la democracia, simplemente se estrellan contra la pared de la lógica política más elemental. Nunca hubo acuerdo de paz o salida de dictadura sin algo "rengo"; lo que importaba es que se pudiera caminar lo necesario para cumplir su cometido y eso fue colmado con éxito. Así lo entendió la gente, además, porque los grupos del Pacto del Club Naval obtuvieron un 70% de los votos y eso es concluyente en cuanto a legitimidad.
En otra parte del libro se habla de que en el Club Naval los militares recibieron "algunas certezas nunca aclaradas por los participantes, pero sin duda existentes". De lo que allí se habló y acordó ha estado claro y aclarado todo el tiempo. Como también de lo que no se habló, estratégicamente, para que el diálogo no se frustrara. Si nuestra palabra no es suficiente, están las del Dr. Chiarino, del Dr. Tarigo y del Dr. Cardozo, que no creo que merezcan sombra alguna de dudas. Si nosotros planteábamos la amnistía a los tupamaros, se terminaba la sesión; si ellos hacían lo propio pidiéndola para los militares, también. Ese capítulo quedó para que la democracia lo afrontara y así ha sido, para bien o para mal, pero así ha sido.
El otro punto de diferencia con su relato es considerar que "el temido desacato" se produjo y que él explica la ley de caducidad. Una y otra vez dijimos que el tal desacato no llegó a consumarse porque el teniente general Medina hablaba machaconamente de que "las citaciones están en la caja fuerte", pero que jamás le arrancaron una palabra diciendo que no se las acataría si ellas se produjeran. Por supuesto que los colorados nos hacíamos cargo, así lo dijimos pública y reiteradamente, con soluciones que nos prosperaron y en las que recaía sobre nosotros todo el peso de la responsabilidad. En cuanto a lo previsto para el caso, el primero en saberlo era el propio Wilson, a quien incluso reunimos con los generales (sin nuestra presencia), para que pudieran sincerarse. Nuestra idea era que de concretarse la citación, se haría responsable el Comandante en Jefe y si la Justicia no se satisfacía con ello, él mismo y el Presidente, como mando superior, irían a ejecutar la citación, cualquiera fueran las consecuencias. Lo de que ya se había producido el desacato y que el Ejército estaba en rebeldía, fue un exceso retórico y así lo seguimos considerando, porque lo hubiéramos enfrentado sin titubeos. Ahora bien: que había un riesgo institucional, sin duda; el país miraba en la pantalla lo que ocurría en Argentina, con los "carapintadas" y otros rebeldes, a lo que aludían nuestros generales, expresando su razonable temor de que pudiéramos caer en actos de esa naturaleza. Esa fue la razón de la famosa ley de caducidad, propuesta por el Partido Nacional con una fórmula que a nuestro juicio no era la mejor pero que fue la posible.
Como en todo acuerdo de este tipo siempre se podrá discutir. Hoy podemos preguntarnos si en 1872 estuvo bien o mal "repartir" Jefaturas... pero no tiene sentido. Fue lo que la historia hizo posible. Y en nuestro caso, basta mirar los resultados y compararlos con la turbulenta transición argentina, la silenciosa brasileña o la chilena con el dictador de Comandante en Jefe en ejercicio, para reconocer que la nuestra fue superior desde el lado que se la quiera mirar.
Se recuerda , con razón, que el golpe de Estado no fue un clavel del aire sino la consecuencia de un proceso de desestabilización iniciado por los tupamaros. Sin su presencia no se explica el protagonismo militar y aunque este hecho es rotundo, ha de repetirse una y otra vez ante la leyenda fantasiosa de que los tupamaros luchaban contra una dictadura que no existía cuando ellos se lanzaron a destruir la democracia "burguesa", detrás de la ensoñación cubana.
El relato del libro es naturalmente el de un actor. Lo hace con fluidez de estilo y amenidad. No pretende hacer historia sino memoria. Su propia memoria política y el relato de una trayectoria sin duda notable, cuando se mira la pobreza del principio y los brillos que hasta hoy llegan. Bienvenida memoria, en todo caso. Porque circulando tanta fantasía sobre los hechos, rescatar su "majestad", aunque tengamos algunas interpretaciones diversas, no hace mal a la democracia. Si quienes miran de afuera reconocen que la nuestra es la más sólida del continente, asumamos entre todos que el esfuerzo ha valido la pena. Y que ese edificio se construyó ladrillo a ladrillo. Como el tan valioso de ese nuevo herrerismo que fundó Luis Alberto Lacalle Herrera.
J. M. S.
(*) "La historia vivida. El Herrerismo. 1980-1995". Ed. Aguilar. Montevideo, 2021. 245 páginas.