Edición Nº 1094 - Viernes 21 de agosto de 2026

Un relato sobre Argentina en 1948 que anuncia la decadencia del país vecino

En el reciente libro de Diego Fischer "El robo de la historia", que cuenta la trayectoria de la familia Mailhos y el robo, por los tupamaros, de las famosas libras, se incluye una carta de un argentino -que figura en el Archivo de la Nación- escrita en 1948 y dirigida a Luis Mailhos, que tiene una profunda clarividencia. Transcribimos este texto.

"Buenos Aires, 10 de noviembre de 1948

Estimado don Luis:

Cumplo en responderle su consulta de su atenta del pasado 5 de noviembre.

Hoy es muy difícil hacer un análisis de la situación de argentina. Desde que asumió, hace ya dos años, Juan Domingo Perón, todo lo que era previsible se ha vuelto incierto y cada día su gobierno nos sorprende con medidas que atentan contra la credibilidad del país. Trataré de explicarme. Hasta 1946 Argentina se regía por un ordenamiento jurídico establecido y las autoridades de turno actuaban tanto en el orden interno como externo de acuerdo a Derecho. Hoy el escenario ha cambiado radicalmente. Perón parece estar decidido a liquidar de raíz la estructura jurídica y económica de un país que hasta hace quince años era la quinta economía más poderosa del planeta y el granero del mundo.

Es cierto que Argentina hoy no está viviendo una crisis económica (sus reservas son las más altas en mucho tiempo y la balanza comercial es favorable, la última cosecha de trigo fue récord) pero le puedo asegura que, de continuar en el camino que se ha embarcado, sí la habrá a mediano plazo y será el fin del país de riqueza infinita y de oportunidades.

La crisis que vivimos hoy es de confianza. No tengo que explicarle a usted lo que ello significa. Perón gobierna para la muchedumbre que lo aclama un día y otro también en la Plaza de Mayo. El mundo empresarial está desconcertado ante el avance de los sectores obreros. Se ha propuesta liquidar a los estancieros y a los industriales, que han sido siempre el potente motor de la economía y el desarrollo de este país.

El poder que concentra es absoluto. Su apego a las normas democráticas es inexistente. La oposición política se ha reducido a una simbólica participación en el Congreso. La prensa está amordazada y, como usted sabrá, suman ya varias decenas los políticos opositores que han tenido que afincarse en Montevideo, para no ser encarcelados por el gobierno.

El presidente se mueve al compás de los reclamos de las masas y está conformando una clase sindical que arremete contra sus empleadores y recluta afiliados en sus sindicatos a través del amedrentamiento. Si, como argumenta el gobierno, la Argentina necesita una reforma en sus leyes sociales, esta no puede llevarse adelante vulnerando la propiedad privada, acorralando a los empresarios y haciendo crecer al Estado en forma sideral.

La semana pasada llegó a mis manos las bases de la reforma constitucional que Perón se propone aprobar a comienzos del año próximo. Ya se le llama la Constitución peronista. En ella pretende incluir, y estoy seguro que lo logrará porque tendrá mayoría absoluta en la Asamblea Constituyente, una batería de reformas sociales. Lo más preocupante es el capítulo titulado "La función social de la propiedad, el capital y la actividad económica". Allí establece que el capital debe estar al servicio del bienestar social y reserva para el Estado la potestad de intervenir en la economía. Declara el monopolio estatal del comercio exterior, la propiedad de la Nación sobre las minas y fuentes de energía, la obligación del Estado de prestar los servicios públicos de forma directa y reglas para calcular la indemnización por expropiación de empresas en base a los excedentes sobre una "ganancia razonable".

Como usted verá, estamos en los albores de un Estado socialista.

Y aún más. Me tiene muy preocupado cómo el gobierno está llevando a cabo una política de adoctrinamiento en las escuelas y fábricas que nada tiene que envidiarle a lo que Mussolini hizo en Italia. Ya sabemos cómo terminó. Perón, con su indudable carisma, cuenta además con su mujer, Eva Duarte, una aliada incondicional. Es una mujer de baja estofa, actriz de radioteatros y con una capacidad histriónica sin parangón. Su resentimiento y su odio de clase es muy peligroso. Nada bueno puede esperarse de alguien que hace del rencor y la venganza una de sus principales armas.

Estimado don Lis, afortunadamente usted vive en el Uruguay, ese pequeño y querido país siempre respetuoso de los valores democráticos y de la libertad. No sabe con cuánta admiración y, si me permite, también con un poco de envidia, lo vemos desde esta orilla.

Reciba usted un abrazo de su affmo.

Augusto P. Dubecq"




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