Un llamado a la paciencia

Por Ruth Furtenbach

Uno de los temas que más se debate en la opinión pública en estos días, es si estuvo bien o no, suspender la presencialidad en la educación, a causa del recrudecimiento de la pandemia causada por el Covid-19.

Mientras algunos pedían la suspensión y ya habían optado por no mandar a sus hijos a los centros educativos por precaución -cuando se suspendió la obligatoriedad-, otros, que aparentan ser la voz más resonante en las redes sociales en este momento, claman por la tan deseada presencialidad.

Argumentan básicamente que, "no es lógico que shoppings, comercios y casinos sigan abiertos mientras que la esencial educación cierre hasta nuevo aviso"; que "los niños pequeños no pueden vivir sin juegos, abrazos e interacción"; que "para chicos de contexto crítico la escuela es un lugar de contención"; que "debieron cumplir lo prometido respecto a la presencialidad"; que "no se entiende esa postura mientras no se prohíben otras actividades"; y un largo etcétera de contenido similar.

Inquietudes todas muy razonables y que no van en contradicción con la visión del gobierno ni con las medidas adoptadas.

Si hay algo que ha sido la insignia de este gobierno hasta el presente, es la defensa de la libertad sin descuidar la protección de los más vulnerables. Y en este contexto, es que ha demostrado tener la más absoluta convicción de que la educación es uno de los vectores fundamentales para el desarrollo del individuo y la sociedad.

Basta observar la situación de América Latina y del resto del mundo en relación a lo que viene pasando con la educación durante la pandemia. No dejemos de observar la situación de Europa y Estados Unidos, si nos queremos comparar con el mundo desarrollado. En ninguno de estos lugares se ha podido mantener la presencialidad plena en la educación; el fenómeno de la "virtualidad" es inevitable y mundial.

Lo cual también debemos agradecer, porque hace no muchos años atrás sin la utilización de esta herramienta hubiera sido imposible seguir con ningún curso. Si nos hubiera tocado vivir la pandemia en épocas pasadas, las consecuencias del aislamiento sobre la educación serían mucho peores. Y así las cosas, Uruguay es uno de los pocos países que no solo ha demostrado sortear muy bien las dificultades que la educación virtual acarrea, sino que fue de los primeros que en el año 2020 logró volver a la tan ansiada presencialidad en forma gradual, comenzando por las escuelas rurales que más lo necesitaban, como suele destacarlo el Presidente del Codicen, Dr. Robert Silva.

Si bien no podemos afirmar que en la educación virtual todos los alumnos aprenden por igual ni que esta situación no vaya a dejar a cierto número de estudiantes rezagados, opinamos que estas dificultades - indeseadas pero subsanables- son las menos que podemos esperar en una situación inédita como la que estamos viviendo. Muchos se olvidan que quienes gobiernan, deben adoptar decisiones responsables. Cuando está en juego la salud de las personas, con la amenaza que constituye la presencia de la cepa brasileña P1, que aparenta ser más contagiosa entre los niños, las exigencias sobre la calidad educativa deberían moderarse. Y por sobre todas las cosas, porque nos encontramos ante una situación transitoria.

El año pasado, cuando debieron suspenderse las clases, la incertidumbre sobre qué pasaría en los meses venideros era muy alta. No había información acerca del comportamiento de virus, ni de la enfermedad y tampoco se contaba con vacunas ni medicamentos para su tratamiento.

Ahora el panorama es más claro, se comenzó con la campaña de vacunación, se conoce la evolución de la enfermedad y sus riesgos, y si las autoridades decidieron cerrar los centros educativos por unos días, es porque nos están cuidando y tienen fundamentos para hacerlo. Hay datos de que hubo brotes intraescolares, los chicos pasan muchas horas allí, por lo cual no es comparable lo que sucede en un centro educativo con lo que sucede en un centro comercial, donde la asistencia no es indispensable y es absolutamente voluntaria.

Los días que se mantenga la modalidad virtual o que algunos pierdan alguna hora de estudio por no poderse conectar, no serán tan graves frente al riesgo de enfermar y saturar los centros de salud y de que los padres de muchos escolares se queden sin trabajo. Porque cerrar centros comerciales, como muchos reclaman a la ligera, implica afectar miles de puestos de trabajo, que en definitiva afecta directamente la vida de las familias y de los educandos.

Como expresaba Jean-Jacques Rousseau: "La paciencia es amarga, pero su fruto es dulce". Tengamos paciencia, que tiempos mejores vendrán.




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