Edición Nº 1102 - Viernes 16 de octubre de 2026

Un libro, un gesto

Con esas palabras, el ex Presidente Sanguinetti tituló su habitual columna para el diario El País que compartimos con nuestros lectores.

Con el Presidente José Mujica fuimos enemigos, cuando el país estaba en la guerra que desencadenó el movimiento tupamaro en los hoy lejanos años 60.

Él estaba con las armas en la mano y yo era Ministro de los gobiernos democráticos de Pacheco Areco y Juan María Bordaberry (en su etapa constitucional), que tuvieron que enfrentar esa insurgencia considerada insensata, hasta por el Che Guevara, en el pacífico Uruguay de entonces.

Vino la dictadura, pasó la dictadura y los viejos guerrilleros se incorporaron a la vida política. En 1995, Mujica entró a la Cámara de Diputados. No olvido que, cuando asumimos la Presidencia por segunda vez, el 1º de marzo de 1995, mientras salía por el pasillo central de la sala de la Asamblea General, a la pasada le saludé y me dijo: "Presidente, mire que estamos con usted...". Fue la primera vez que hablamos y no fueron más que un saludo y esa frase. Ya no éramos enemigos sino adversarios políticos. La vida siguió, él llegó a la Presidencia y puedo decir que en los últimos años hemos devenido colegas amistosos.

En octubre del año pasado, nos retiramos juntos del Senado, en una sesión rodeada de una gran expectativa, que pretendió ser un mensaje de republicanismo. Felizmente así fue entendido y nuestros breves discursos fueron un "best-seller" en las redes sociales, especialmente en Argentina, donde el episodio fue torrencialmente divulgado como expresión de un clima de convivencia política inédito para sus prácticas.

En ese mismo espíritu, Alejandro Ferreiro y Gabriel Pereyra, dos reconocidos periodistas, nos propusieron hacer un libro de conversaciones. La idea era una charla, en base a preguntas y comentarios de los proponentes, con la idea clara de no mirar hacia nuestras enormes distancias del pasado sino intercambiar impresiones sobre el país y nuestro tiempo histórico. Cada uno por su lado aceptó y entre junio y agosto nos reunimos seis martes en la Editorial Random House.

Personalmente pensaba que terminaríamos haciendo una conversación de café y que eso quizás fuera algo desabrido, pero igualmente nos sumamos al proyecto. El resultado es ese, una charla que los lectores dirán cuánto tiene de interesante, pero que en todo caso cumple cabalmente la intención buscada: mostrar, especialmente a los jóvenes, que se puede tener historias, ideas y estilos distintos, pero que siempre hay espacio para conversar civilizadamente.

Se procuró un gesto y este ha tenido una repercusión ampliamente generosa tanto en nuestro país como en Argentina y otros lugares de nuestra América. Se explica el hecho: en Brasil venimos de una campaña de agravios entre Lula y Bolsonaro, en Argentina Macri y Cristina Kirchner se descalifican mutuamente y ni en EE.UU. se pueden sentar juntos Obama y Trump. Basta recordar que este ni siquiera fue a la trasmisión de mando. En ese contexto histórico y cuando la crispación política parece ser la nota de estos tiempos, la idea de esa conjunción resulta excepcional. Lo que debía ser normal, desgraciadamente no lo es, y de ahí entonces la resonancia de este libro.

Naturalmente, no han faltado quienes de un lado y otro deslizaran algunas críticas, o no entienden el valor de los simbolismos en la democracia, pero felizmente la generalidad lo ha mirado con beneplácito.

El hecho es que nuestro mundo adolece de una democracia particularmente cuestionada. Los populismos de izquierda y derecha han erosionado su esencia. Normalmente nacidos de una elección, esa legitimidad de origen se pervierte en un ejercicio abusivo, que incluso puede terminar en dictadura como pasó con el chavismo venezolano o en episodios tan grotescos como la invasión del Congreso, en Washing-ton, por una turba alentada por el Presidente que entregaba el mando e intentó generar una desestabilización. A ello se añade un debilitamiento de los partidos más tradicionales o de pensamiento moderado, sean liberales o socialdemócratas, como lo hemos visto últimamente en Chile, Colombia y el propio Brasil.

Nuestro país también ha cambiado su demografía electoral en torno a dos grandes coaliciones que parecen ser no solo nuestra realidad contemporánea sino el futuro más próximo. Lo importante es que ambas no han desvanecido las fronteras partidarias, que preservan identidades claramente definidas. Es el caso del socialismo o el comunismo en el Frente Amplio, o el de los Partidos Nacional, Colorado e Independiente en la llamada Coalición Republicana, que suma también la novedad de Cabildo Abierto.

Es fundamental que esta diversidad se mantenga, especialmente en la coalición que hoy gobierna el país. Es la primera elección en que opera y, llamada a perdurar, solo podrá mantener el éxito inicial alcanzado si logra preservar los matices diferenciales. La circunstancial mayoría nacionalista (29% en la primera vuelta de la elección nacional), logró que su candidato llegara a presidir el país, como lo hace hoy con brillo, por la inestimable colaboración de los demás partidos (12% el Partido Colorado, 11% Cabildo Abierto, 1% Partido Independiente). La segunda vuelta fue ajustadísima, pero se obtuvo mayoría y el referéndum de la LUC ratificó esa misma mayoría.

Lo importante, entonces, es que el Uruguay preserve esa ecuación electoral y muy especialmente su estilo tradicional, debate vigoroso pero respetuoso, competencia de ideas y de méritos pero nunca un torneo de descalificaciones.

A eso es que pretende contribuir este libro.




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