Un hombre de Estado

Cada nación elige a sus conductores conforme a sus valores, a lo que siente como su identidad. Así como los EE.UU piensan en el hombre común, Francia lo hace desde la perspectiva de la jerarquía de su Estado, el primer gran Estado nacional de Occidente, sea en la visión monárquica de Luis XIV o la republicana de Charles de Gaulle. En esa memorable lista figura con luz propia Jacques Chirac, quien acaba de fallecer a los 86 años, luego de 40 años de servicio a la República.

Fue voluntario en la guerra de Argelia y, más tarde, egresado de la Escuela Nacional de Administración, de la que salieron los grandes gobernantes durante un largo medio siglo.

Bajo la presidencia de De Gaulle, actuó como Secretario de Trabajo en el gabinete de Georges Pompidou y de Economía en el de Maurice Couve de Murville. Durante la presidencia de Pompidou es Ministro de Agricultura y luego Primer Ministro en la presidencia de Valery Giscard D’Estaing.

En 1977 alcanza la Alcaldía de París, electiva por vez primera desde 1874, sucediendo así, a la distancia, a Jules Ferry. Será reelecto más de una vez y comenzará, desde allí, una competitiva convivencia con François Mitterrand. Así es que en 1986 gana la elección legislativa y pasa a ser su Primer Ministro. Fue la primera y célebre “cohabitación” de Presidente socialista y jefe de gobierno gaullista.

En ese tiempo realizamos nuestra primera visita de Estado y disfrutamos de la esgrima constante entre esos dos grandes ciudadanos, que no dejaban pasar ocasión de mostrar sus matices de diferencia. Mitterrand ofreció su gran cena en el Palacio del Elíseo y Chirac su almuerzo en el hermosísimo Palacio d’Orsay. También con Chirac vivimos un gran acto en el Hotel de Ville, con una enorme concurrencia de uruguayos, que me escucharon sacar  pecho recordando que, al término de la Primera Guerra Mundial, Uruguay le había perdonando a Francia una muy respetable deuda externa, generada por aprovisionamientos…

Poco después Chirac intentó llegar a la Presidencia y perdió con Mitterrand. La alcanzaría en 1995 y sería reelecto siete años después. Le imprimiría al cargo ese dinamismo que le era bien propio, con iniciativas constantes y pasos políticos más de una vez arriesgados.

El inventario de actos y servicios sería interminable. Sus intereses eran variados y por eso podía desempeñarse en los temas rurales como en los del mundo del trabajo. En los internacionales, como heredero de De Gaulle, hizo valer siempre la relevancia de Francia, su opinión independiente. Fue así en 2003, cuando se opuso —lúcidamente— a la invasión a Irak, amenazando con su veto. Fiel también a la tradición laica de la República, propuso la prohibición legal del velo islámico para asegurar la neutralidad religiosa del espacio público. Este es un aspecto muy interesante de nuestro vínculo con Francia, que todos sus gobernantes siempre apreciaron, por coincidir en una posición poco común en el mundo occidental.

Como político de raza gustaba de aparecer lejos del mundo intelectual. Sin embargo, cultivaba la historia y el arte orientales, con ribetes de erudición, al tiempo que su pasión africana le hacía indagar sobre sus costumbres y símbolos. Fue así que, en la mejor tradición de la presidencia de Francia, dejó un monumento cultural: el Museo de Artes Primitivas del Quai Branly, magnífica exhibición de esas tendencias artísticas en los diversos continentes. También un enorme gesto simbólico: el reconocimiento de las responsabilidades del Estado en el Holocausto, cuando la deportación de hombres, mujeres y niños, en su mayoría ciudadanos franceses.

Amable y simpático, cortés y agudo, poseía un particularísimo encanto. Su imagen de político audaz, combativo y habilidoso no se correspondía con ese trato de refinada cortesía, que hacía cómoda cualquier reunión.

Como orador, brillante, preciso, hacía gala de una dicción perfecta y una claridad de exposición poco común. Así se le escuchó en Montevideo, cuando habló en nuestra Asamblea General.

Su aperitivo —muy discutido— solía ser una “Coronita” mexicana, que naturalmente no excluía el vino francés en la comida.

Se ha recordado estos días en la prensa uruguaya el episodio de su visita a Montevideo, en marzo de 1997, cuando puso la piedra fundamental, en la rambla, de lo que se pensaba sería la nueva Embajada de Francia y luego fue el hermoso edifico del Liceo Francés. En esa ocasión, un contestatario Presidente de la Junta Departamental, Jorge Zabalza, pronuncio unas palabras apostrofando al “imperialismo francés”. Nada respondió y cuando, ya en el automóvil, le presenté mis excusas, me dijo: “No es problema. Es igual a nuestros «soixante-huitards»” (“sesentayochistas”, los veteranos nostálgicos de la rebelión sesentista). Y agregó: “El que no es folclórico es Le Pen”, aludiendo al líder de la extrema derecha, por entonces en una fuerte arremetida contra las tradiciones liberales.

Guardo de él, en la memoria, los mejores recuerdos. También su obsequio de una primera edición francesa del libro “Uruguay” de Jules Supervielle, la primera de las obras completas de Lautremont, y una especialísima de los poemas de Jules Laforgue, los tres grandes literatos que compartimos con Francia. En nombre de nuestra República le ofrecimos, a nuestra vez, un magnífico retrato suyo, de Osvaldo Leite.

En estos tiempos turbulentos de la vida política de nuestro Occidente, asediado por la vulgaridad populista, celebramos en este ilustre amigo francés los grandes valores de la mejor cultura republicana y laica, la de la liberté, égalité, fraternité.

J. M. S.



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