Edición Nº 1084 - Viernes 12 de junio de 2026

Un águila derrotada

Por Julio María Sanguinetti

Se ha replanteado el tema de la posible venta del “águila” del acorazado Graf Spee, hundido por su capitán en diciembre de 1939, luego de haber sido seriamente averiado por tres cruceros ingleses en la llamada Batalla del Río de la Plata. Desde el punto de vista del patrimonio histórico del país, no parece ser la mejor opción.

La Batalla del Río de la Plata fue un episodio muy importante de la guerra naval, porque hasta ese momento la armada británica no había logrado enfrentar con éxito el ataque de los submarinos alemanes y de estos “acorazados de bolsillo” que, dentro de las normas derivadas del Tratado de Versailles que limitaban el porte de los buques, habían sustituido tamaño por eficacia ofensiva.

Que una batalla de la Segunda Guerra Mundial haya ocurrido en nuestro mar territorial es realmente relevante. Nadie podría negarlo del punto de vista histórico. Como tampoco desconocer ese momento culminante de nuestra diplomacia que, conducida por el Dr. Alberto Guani, nos mantuvo dentro del derecho internacional a la vez que impidió que el buque alemán pudiera rearmarse para enfrentar a quienes le acechaban, condenándolo así al suicidio que buscó el Capitán Hans Langsdorff, suicidio de su buque primero y de él mismo más tarde. Final que es una leyenda de los últimos romanticismos del mundo del mar.

Conservar ese testimonio del buque alemán es simplemente preservar la traza histórica de un momento fundamental de la historia del siglo XX. Imaginar, como dicen algunos, que su exhibición podría conducir a un cierto culto nazista es bien absurdo cuando se trata, justamente, de lo contrario: de un monumento a su derrota. No es un águila vencedora sino un águila derrotada.

Esa danza de millones que significaría su eventual venta no pasa de ser la ingenua fantasía que ocurre en casos como éste. Ya nos pasó con el tesoro de l buque “Preciado”, o “Nuestra Señora de la Luz”, en que la mitad del oro amonedado que allí había y que era del Estado uruguayo, se remató y el dinero obviamente se gastó en la tormenta de gastos públicos. Se llegó hasta a proponer que se pagara la deuda externa con el resultado de un remate que dio apenas 3 millones de dólares, suma interesante pero que al Estado no le cambia la vida. La permanencia de esas monedas hubiera sido, en cambio, un magnífico aporte al patrimonio histórico del país, como testimonio de lo que era en el Río de la Plata el tránsito de recursos que evadían el monopolio de Lima. Amén del interés que despertaría un “tesoro” de esa magnitud, tanto en los jóvenes como en los visitantes. Ahora se habla también de millones y millones que, a la hora de la verdad, difícilmente aparezcan.

El hecho es que, según pronunciamiento judicial definitivo, la discutida “águila” es propiedad del Estado uruguayo. Ya no hay más recursos judiciales. Bien puede pensarse, entonces que, junto a otros testimonios del Graf Spee y las magníficas fotos de Testoni, configurarían una muestra de reconocible valor.

Cuando se produjo el rescate, hubo una exhibición temporaria. Luego se guardó el mascarón y allí esta, en el silencio de un cajón, sin que nada signifique. Parecería llegada la hora de volverlo a mostrar, con una adecuada explicación del contexto histórico, como se hace en todos los museos del mundo.

No ignoramos que el rescate lo hicieron particulares y que, como consecuencia, sus intereses tienen. Habrá que ver cómo el gobierno negocia con ellos, si es que corresponde.

Lo que nos importa hoy es preservar el valor histórico del objeto. Mostrar a las nuevas generaciones testimonios visibles de una guerra mundial que llegó a nuestras costas y que su consecuencia fue la derrota de una ideología totalitaria, es de enorme provecho. No ignoramos que aparecerán voces diciendo que hay cosas más importantes para ocuparse, en esa visión limitada, aldeana, que no aprecia los valores que hacen a nuestra condición de República independiente y democrática.

El Ministro ha dicho que la voluntad del Estado no sería vender la pieza. Bienvenida la intención y bienvenido también el interés de los legisladores en un tema que no es superficial.



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